Daniel Boxó, Universidad de Málaga
El presente libro titulado
``Metafísica tras el final de la metafísica” es una
obra póstuma del filósofo Fernando Inciarte, redactada
inicialmente por él, que exageraba en caracterizar como
“aforismos malogrados” por el incipientísimo
estado en que se encontraba y que, tras su empeorado estado
de salud, no pudo clausurar; confiándola a Alejandro Llano,
quien reelaboró y completó honrando su memoria con la
colaboración de la profesora Lourdes Flamarique, que
conocía las obras publicadas e inéditas del filósofo
hispano- germano.
Asumida la paradoja del título, la obra nos propone una
filosofía primera de índole aristotélica sin pretensiones
de exclusividad y con aspiraciones de validez, sin
confundir necesidad con posibilidad. Sobreponiéndose a las
impugnaciones que han tratado de sepultarla y haciéndose
cargo de las razones del escepticismo.
Este sentido de no exclusividad, se enfrenta a una (pero no
única) de las muchas exposiciones posibles de entre muchas
posibles metafísicas. Esta metafísica denominada
-metafísica mínima- consiste en la posesión de la pobreza
de las inmediaciones que se nutre de la riqueza de la
mediación como exposición gradual de ésta; sustrayéndose de
la omnipresencia de las mediaciones multiculturales que
tiñen todo con su acervo de interpretaciones y
comprensiones del mundo, privando al acceso de las
dimensiones más radicales de la realidad. Esto es, la
inmediatez que posibilita la mediación, pues no hay
mediación sin inmediación.
En último término viene a sostener, tomando un escrito
póstumo de Husserl que una filosofía autónoma como era la
aristotélica conduce a una teología filosófica, como camino
no confesional hacia Dios, así una metafísica que emerja
tras el final de la metafísica pertenece indeciblemente a
la teología natural.
La interpretación propuesta en este libro sobre la creación
desde una metafísica mínima, es decir, tratando siempre de
abarcar una cantidad mínima de la realidad por parcial y
finita que esta fuera, pues siempre es algo
desconcertantemente inmenso e insondable, se priva de casi
todo a la realidad de la creación pero concuerda con la
teoría tomista que saca todas las consecuencias de su
planteamiento ontológico.
La creación es siempre ser de la nada por lo que no es de
algo y Dios no es algo. No habría nada si no hubiera nada
más que algo. Es interesante captar el sentido espiritual,
ver que la nada sigue operando, incluso cuando ya hay algo.
El mundo como icono es presencia óntica de lo divino,
enigmática presentativa no representativa, el mundo hace
presente a Dios en cuanto que es de la nada o creado.
A la creación, la nada le es propia naturalmente no
temporalmente antes que el ser, es un después sin antes, no
es antes de sí misma, de ahí que lo creado para ser tenga
que huir de la nada, huir de sí mismo. Tiene que coexistir
de algún modo el ente que no es de nada suyo del no ente
que le precede naturalmente en el mundo, pues éste huye de
la contradicción ya que el principio de no-contradicción es
ineluctable.
Lo que le da entidad al mundo que de suyo es nada es la
actualidad pura de Dios, así lo asume Aristóteles pues
caería en la contradicción de la nada. Esta dependencia no
es inmediata como ontológicamente causados sino que se
muestra según su modo limitado de ser y cabe reconocerlos
como originados.
El libro en cuestión, es editado por Ediciones Cristiandad
en el año 2007 en que se acoge bajo el epígrafe de
“Pensamiento y Teología” rama de filosofía,
expresamente destinada a presentar títulos especialmente
idóneos para configurar una conciencia intelectual rigurosa
e íntegra.
Daniel Boxó
Universidad de
Málaga