Polo, L., Hegel y el posthegelianismo, Eunsa, 3ª edición, 2006, Pamplona, España, 341 pp.

Juan J. Padial

Las universidades medievales institucionalizaron algunos días festivos en que disputar académica y públicamente alguna cuestión. Fruto de tales enfrentamientos tenemos los que quizá sean los mejores tratados y estudios que nos ha legado aquella institución en esos siglos: las cuestiones disputadas. Creo que Hegel y el posthegelianismo encaja en este género. Se trata de una lucha o una discusión sostenida con largueza y prolongada a lo largo de casi cuatrocientas páginas sobre el idealismo y la dialéctica, ya hegeliana, ya posthegeliana. Pero se trata de una disputa global.
No aborda Polo en estas páginas parcialmente la obra de Hegel, ora centrándose en aquel pasaje, o en esa otra obra, en un período u en otro. Tal tarea sería imposible en un número de páginas tan reducido. El empeño por comprender globalmente la obra de un filósofo es hacedero desde la concentración en los modos de pensar con los que tal autor alumbra u enfoca sus temas. No atendiendo tanto al contenido (Gehalt), sino a la forma (Form, en terminología del mismo Hegel) según la cual un contenido es pensable. Si la forma genera y conduce, si es conceptual (conceptus, lo engendrado según el alma o concebido mentalmente), o metódica (méthodos, camino que va de un sitio a otro), entonces caben dos posibilidades: bien ejercer el pensamiento según ese método y encender tales temas. En el caso que nos ocupa tal quehacer fue llevado a cabo por Hegel. También cabe concentrar la atención en el método, hacer tema el ejercicio intelectual en cuestión. Esta reditio in seipso se lleva a cabo con un método diferente del que conduce a los temas, porque ha de conducir al método con que se avivaban unos temas, para enjuiciar su alcance, sus límites, y su congruencia con aquella materia. Por eso si la cuestión disputada tiene como título “Hegel” entonces parece oportuno intentar conocer su mente. Y esto es el ejercicio filosófico de la historia de la filosofía: un itinerario mental a la mente de otro autor.
Este quehacer para el historiador de la filosofía no lo dispensa del estudio en concreto de las inflexiones que la obra de un autor experimenta. En este libro, Leonardo Polo examina los Escritos de juventud, la Fenomenología del Espíritu, la Ciencia de la Lógica, los escritos berlineses, etc., Tan sólo que no los aborda in recto, sino buscando aquello oculto que suponen. Nótese que no afirmo que el ejercicio sea in oblicuo, pues entonces cabría detectar temas no atendidos adecuadamente por Hegel. No se trata de ello. La atención poliana se concentra no en lo que ve Hegel, sino en la mirada de Hegel. Y más aún, en cada una de las miradas que arrojó Hegel a su mundo, que es el nuestro, pues nadie puso mayor interés y dedicación por elevar a concepto su momento histórico. Por esto, Hegel y el posthegelianismo es un libro al que posiblemente Hegel habría estado gustoso de contrarreplicar, pues cumple varios requisitos muy de su agrado. En primer lugar no es un libro vaporoso. No es la noche en la que todos los gatos son pardos. Se abren los ojos a cada una de las miradas del genial idealista. Y en segundo lugar Hegel saboreaba mucho la circularidad, la flexión hacia lo ya alcanzado, hacia atrás. Y este aguzar los oídos a los movimientos realizados por el pensar, que lleva a cabo Polo, desde luego no habría dejado indiferente a nuestro autor.
Pero la cuestión disputada además lleva otro título: “el posthegelianismo”. Y vuelve a aparecer el amor a lo concreto. Kierkegaard, Marx, y Heidegger son estudiados desde los supuestos de sus temas, centrando la atención en alguna obra particularmente relevante: Aut-aut , El concepto de angustia, y La enfermedad mortal para Kierkegaard, o la Introducción a El ser y el tiempo en el caso de Heidegger. Sucede con el posthegelianismo lo mismo que con Hegel. Su estudio se emprende globalmente, atendiendo al problema con que nace el pensar de cada autor. Por eso el capítulo IV trata de “el problema de justificación del posthegelianismo”. Filosofías presocráticas, precríticas, posthegelianas o postkantianas, todos estos pre o post indican el carácter focal de un filósofo respecto de otros que pueden ser representados gravitando u orbitando entorno a aquel. Así toda la fuerza con que irrumpió la filosofía en los milesios, en los jonios, o en los eleatas apunta a Sócrates quien ajusta tanto la episteme a que apuntaban las averiguaciones sobre la Physis, como el Noûs al que atiende por una admiración que incitó en él Anaxágoras y que lo lleva al autoconocimiento délfico. De aquí que los grandes pensadores socráticos son postsocráticos, se ocupan del noûs kai episteme, de la sophia. Son postsocráticos porque reciben la comprensión socrática de la historia de la filosofía. Y aquellos son presocráticos porque sólo con el hallazgo socrático de la definición (la Physis, las causas que hacen que sea, to ti en einai), y del vuelco hacia los problemas humanos, se aclaran y dejan de ser una nebulosa de filosofemas para ser una constelación definida en el cielo de la gran aventura del saber y la sabiduría humana. Lo mismo cabe decir de racionalistas y empiristas previos a Kant o Fichte, y de los empeños idealistas, vitalistas y positivistas postkantianos.
Se comprende así el título del libro. Como señala Polo “el problema de la justificación de los posthegelianos afecta a los que efectivamente lo son, es decir, a los que han experimentado su influjo sin revisar la fidelidad de la comprensión hegeliana de la historia de la filosofía –y para los cristianos de la dogmática-” (pág. 256). Por diversos que sean los intereses filosóficos de Kierkegaard, Dilthey, Marx, Engels, Heidegger, Gadamer, Schultz, Comte, la escuela de Frankfurt, Freud, Mao, Sartre o Wittgenstein; por radicalmente opuestos que sean en sus declaraciones explícitas al espíritu que alentó la construcción hegeliana, no obstante Polo advierte en todos ellos una constelación. Que los astros estén a distancias muy considerables no implican que en la analítica de la curva que los une no se averigüe, con pasmosa admiración, que la elipse que los cierra a todos tiene un foco común, aunque otros diversos. Foco geométricamente es tanto como origen. Quizá no el único fundamento, pero origen al fin y al cabo. Y lo que origina entonces el problema posthegeliano es la comprensión hegeliana del espíritu absoluto, esto es del saber (la historia de la filosofía) del arte (la filosofía de las formas simbólicas), y de la religión (la dogmática teñida de gnosticismo). Se trata por tanto de una aceptación tácita, indiscutida por gran parte de la contemporaneidad sobre lo inteligible y lo factible, sobre la conciencia y la objetividad que le es correlativa. Y esto es lo que Polo se propone precisamente discutir. Vuelve a aparecer el característico aroma a cuestión disputada de este libro.
Así uno de los puntos de mayor interés de este volumen radica en la dilucidación del vínculo que secretamente une a pensadores tan dispares con Hegel. Así puede entenderse globalmente el propósito que inspira todo el escrito. Hegel y el posthegelianismo, lo realmente difícil es precisamente la “y”. La atadura de los posthegelianos a Hegel implica: mostrar la consanguinidad de quienes no veneran el mismo origen (por ejemplo Wittgenstein o Comte), de quienes cometen cierto parricidio (Marx o Kierkegaard), de quienes reconocen cierto aire de familia pero niegan su hermandad (Heidegger, Sartre, Dilthey, etc.). Podrá maravillarse el lector al comprobar la paternidad hegeliana, la fecundidad enérgica de Hegel en planteamientos que se le oponen, pero de cuyo campo gravitatorio no pueden escapar. Si esta es la temática del libro, se comprende su rotundo carácter filosófico. No trata de coleccionar un conjunto de filosofemas, intitulándolos bajo especies, géneros, órdenes, superórdenes y familias, como si de un escrito de botánica o zoología se tratase. El historiador de la filosofía no es un cazador de mariposas. Su pensar no es taxonómico. Y esta es una característica de Polo que habría agradado también a Hegel. En estas páginas Polo está proponiendo una teoría de la historia de la filosofía en sus últimos doscientos años. Está disputando con Hegel sobre qué verse la filosofía. Si la presencia es lo más alto, entonces lo inteligible se convierte sin resquicios con la conciencia. Pero entonces el futuro está gravado con la hipoteca hegeliana de elevar a concepto, de llevar a conciencia. Pero, y ¿si lo máximamente inteligible no pudiera ser llevado a conciencia jamás, por un límite que afectase precisamente a la conciencia, y no a lo inteligible? Ya Aristóteles señaló repetidas veces, por ejemplo en el Peri Psicheos o en la Ética a Nicómaco la relación entre lo más inteligible y la dificultad de nuestra inteligencia para hacerlo objeto. Ya muchos filósofos notaron la limitación de la inteligencia, pero no de tal modo que pudieran abandonar la altura y el privilegio concedido a la conciencia como lugar privilegiado de mostración (¿o quizá mejor de postración?) de lo inteligible. Parece que este fue el hallazgo poliano en El acceso al ser, para lo cual tuvo que luchar denodadamente contra Hegel en sus años romanos y de joven catedrático en la Universidad de Granada. Y precisamente a la lucha mantenida esos años se refiere en la nota preliminar Polo. Trátase por tanto de una obra inesquivable para tres tipos de público. Aquellos que particularmente están interesados en los estudios polianos, pues encontrarán las claves históricas de la pertinencia de abandono del límite mental en nuestro enclave histórico. Importa también al senado hegeliano, por cuanto se examina la dialéctica, lo real y lo inteligible en Hegel de un modo leal, sumamente atento y respetuoso al pormenor del período, o de la obra hegeliana. Y por último al auditorio filosófico que busque un diagnóstico de la situación histórica del saber humano desde la que renovar y proseguir el ejercicio teorizante o filosófico, en el caso de que tenga razón Polo y haya un modo genuino de filosofar sin teorizar.

Juan José Padial Benticuaga
Universidad de Málaga
jjpadial@uma.es