POSADA, Jorge Mario, Lo distintivo del amar. Glosa libre al planteamiento antropológico de Leonardo Polo, Cuadernos del anuario filosófico, serie universitaria, nº 191, Universidad de Navarra, Pamplona 2007; 67 pp.

Juan A. García González

El autor nos presenta en este cuaderno un interesante escrito sobre el amor humano, enfocado según la antropología poliana. El bagaje principal de este enfoque y objetivo principal del libro parece ser -a él obedece su título- el de distinguir el amar del querer; por ejemplo, porque el querer se dirige a todos los bienes, y el amar sólo a personas (p. 41). Con este mismo sentido ha distinguido Polo en ocasiones amor y amar; en este libro ambos términos se asocian, y en cambio se los distingue respecto del querer.
El fondo de esta posición remite a la índole creada del hombre; según la cual se distinguen la esencia de la persona humana, a la que pertenece la voluntad, el querer del yo, del acto de ser personal, al que corresponde el amar como un trascendental suyo.
Para establecer la distinción entre amar y querer, el libro se divide en dos partes que comparan inversamente el querer y el amar (parte I), y el amar y el querer (parte II). Y al hilo de tales comparaciones, el autor va examinando la relación del querer con el bien, las distintas formas de amor (eros, philia, benevolentia, agapé), la constitución de lo voluntario, el refrendo de éste por el amor, la libertad en el querer y en el amar, la donalidad del amor o su redundancia afectiva; es decir, toda una amplia gama de temas que aparecen al considerar el amor humano y su destinatario final.
Para tal amplitud temática, el libro es breve, demasiado sucinto; y quizás algo desordenado, por cuanto los temas aparecen y reaparecen de distinta manera según las ocasiones. Además está escrito con una literatura que al mismo tiempo que clara es también compleja, quizá con excesivas oraciones coordinadas; por lo que requiere cierta atención en la lectura. Pero el esfuerzo que ambos extremos conllevan merece la pena: por las sugerencias que sobre el querer y el amar esboza.
Entre ellas, se apunta a la voluntad como salvaguarda de la esencia humana en su peculiar estatuto antropológico, o en su estricta dependencia de la persona humana, al señalar su conexión con la sindéresis (syntereo es guardar conjuntamente, p. 13). Se amplía el carácter motor del amor sobre la voluntad (p. 30) en orden a señalar el refrendo personal del querer con el amar. O se distingue con acierto el querer del pensar, por el compromiso personal que aquél requiere para constituirse y del que éste se exime al ser suscitado (p. 32). Discutible me resulta en cambio la idea de encauzar el amor mediante el inteligir, y no sólo a través del querer (p. 56), como si el inteligir fuera involuntario, no sólo al suscitar su tema sino en su ejercicio. Interesante encuentro además la idea de sueños, morales más que cognoscitivos, que el autor propone en la nota 25 de la p. 36. Es muy poliano también considerar la sentencia tomista que exige matar el amor no correspondido (p. 62).
Me permito simplificar lo más novedoso de la filosofía poliana respecto al amor humano aludiendo a las repercusiones de los hábitos innatos superiores sobre los inferiores.
La primera repercusión es la del hábito de los primeros principios sobre la sindéresis, y explica que el ámbito del querer propio de la persona sea el del bien operable; de acuerdo con esta primera repercusión, se distingue el querer del entender, y como miembro superior de la dualidad esencial del hombre. A ésta repercusión alude el autor en la p. 13.
Porque la voluntad es una potencia puramente pasiva, relación trascendental con el bien; es decir, el hombre está enteramente abierto al bien: al propio, al ajeno y al común; al que ya hay y también al que puede haber.
Pero para que la voluntad se active y se constituya como potencia, para pasar del ámbito del bien ontológico al del moral, se precisa que la sindéresis impere a hacer el bien; lo que Polo entiende como la iluminación noética de la voluntad. En orden al bien agible, antes que el deber ser, está el poder ser: el bien en cuanto que otro que el ser, en cuanto que puede hacerse; es decir, el bien operable. A lo otro que la persona, a lo otro como ser, conduce el hábito de los primeros principios; a lo otro como bien, su repercusión en la sindéresis.
Y así: en tanto que lo voluntario es amor depende de la persona, y en tanto que es intención de otro, del hábito de los primeros principios (Antropología trascendental II, nt. 60, p. 294).
Pero además hay una segunda repercusión, que en último término explica ésta primera: la del hábito de sabiduría en el de los primeros principios, y a su través en la sindéresis (cfr. Antropología trascendental I, p. 185). Esta segunda repercusión dota de sentido al obrar voluntario.
Porque al reparar en las sabrosas noticias afectivas que la amistad depara se apunta a un singular conocimiento oculto en la idea de deidad (cfr. Antropología trascendental II, p. 222, y Nieztsche, un pensador de dualidades, p. 231); y ello permite descubrir la índole donal en el ámbito de los primeros principios.
Según este descubrimiento, el bien operable por el hombre se entiende como la constitución del don que su amar personal reclama. En la persona humana el dar y el aceptar son trascendentales; en cambio el don es esencial.
Al integrar la esencia en la persona la sindéresis se eleva por encima del hábito de los primeros principios, o se asocian ambos con el hábito de sabiduría, que es el superior; y el que vincula a la persona humana con su destino.
En suma, hay que desplegar el querer humano añadiendo el bien operado al bien ontológico: el hombre es el perfeccionador perfectible; o se manifiesta añadiendo porque es un ser además. Y hay que aportar, en último término, como aceptación de la propia índole creatural; para tener algo que dar al Creador, y a la espera de su aceptación y correspondencia.


Juan A. García González
Universidad de Málaga
jagarciago@uma.es