Juan A. García González
Este librito nos presenta una pequeña investigación sobre la metafísica heideggeriana que el autor ubica, en la nota preliminar, como resultado de su memoria de licenciatura y en el punto de partida de su formación para el doctorado en filosofía.
Consta de tres capítulos, a los que sigue una amplia bibliografía: muy notable en cuanto a las fuentes, pues recoge los 102 volúmenes de la Gesaumtausgabe, distinguiendo en ellos los escritos publicados por Heidegger, de las lecciones y cursos (temporalmente agrupados), de los tratados no publicados, y de los comentarios y apuntes.
El primer capítulo, llamativo por su título (el fin del universo es ser comprendido), sienta la indisociable correspondencia del ser con el pensar, o del mundo exterior con la subjetividad humana; es el origen fenomenológico del pensar heideggeriano. El segundo capítulo muestra la idea heideggeriana de la historia de la ontología como historia del ser, o de la correspondencia entre el pensar y el ser, como una temporalización de esa correspondencia. Y en esa temporalización distingue dos momentos especialmente relevantes para Heidegger: el logos griego, logos-physis; y la razón moderna, ratio-natura. Esta última nos ha abocado a nuestra situación actual. Para superar este mundo moderno: tecnificado, en el que el hombre lleva una existencia inauténtica, impersonal, arrastrado por un progreso que no controla; para recuperarnos, digo, del olvido del ser, o de su ocultamiento, el segundo Heidegger repiensa su primera ontología, y apela al cuadrado originario: cielo-tierra, mortales e inmortales, que el autor se propone investigar en su proyectada tesis doctoral.
El tercer capítulo atiende precisamente a esa última cuestión. Una existencia auténtica por parte del hombre, creativa, que asuma sus propios proyectos; libre por estar a la altura del ser… Una existencia así no nos es posible aún, hoy en día. Pero serenidad, mantengámonos a la escucha, en cualquier momento puede advenir; el poeta depende de su inspiración, la humanidad de la llamada del ser. El acontecimiento del ser no está en nuestras manos: la nietzscheana voluntad de poder, el intento del III Reich, han extenuado el poder humano. Más bien el hombre, sobre la tierra, debe mirar al cielo y escuchar a los inmortales. Así, eventualmente, suelen caer las pesas.
El libro es, por supuesto, interesante; aunque sólo esboza lo que será una futura investigación. Su prosa, quizás embebida del estilo heideggeriano, apunta a un lector filósofo. Además, el conjunto de cuestiones que saca a la luz son de hondo calado metafísico. Pero ante la propuesta que se sugiere viene a mi memoria una paradójica sentencia del maestro Eckhart: Dios dijo uno, yo oí dos. En el diálogo entre mortales e inmortales escuchamos el acontecer originario, porque el ser tiene la palabra. Pero yo, en cambio, creía leer a Heidegger por boca de Alejandro Rojas.
Juan A. García González
Universidad de Málaga
jagarciago@uma.es