Juan A. García González
Se acaba de publicar este extenso manual de antropología filosófica, en cierto modo paralelo a otros grandes manuales de esta materia recientes (Choza -1988-, Vicente Arregui-1991, Yepes -1996-, Aranguren -2003- o Burgos -2003-); el interés por organizar con cierta coherencia la temática antropológica es evidentemente actual.
El libro se articula en 16 capítulos agrupados en cuatro partes. La primera, introductoria, trata sobre la historia y el lugar de la antropología (notable el capítulo dedicado a la evolución, y su inclusión en esta parte). La segunda parte está dedicada a la naturaleza y esencia humanas (el cuerpo, las potencias sensibles y espirituales, y la diferencia de género, a la que siguen la familia y la educación). La tercera parte estudia algunas manifestaciones humanas (la ética, la sociedad, el lenguaje y el trabajo). Y la última parte examina el acto de ser personal, analizando los que Polo llama trascendentales antropológicos: la coexistencia, la libertad, el entender y el amar personales.
Esta referencia a Polo no es aislada o casual, pues el libro exhibe una inspiración poliana muy sobresaliente, y hasta termina proponiéndose como una propedéutica a su antropología trascendental. Entre los méritos de este libro, el primero es, en mi opinión, esta inspiración poliana. Una antropología personalista no puede limitarse a dedicar un capítulo al tema de la persona, sino que debe intentar formular la antropología entera desde esa noción. A este intento ayuda el planteamiento poliano de la antropología, bien recogido en este libro.
El segundo mérito de este manual es, a mi parecer, la amplitud y diversidad de temas que abarca. Incluyendo con naturalidad la dimensión religiosa de la persona humana, se tratan temas de psicología individual, de sexualidad y familia, de trabajo y economía, lenguaje, sociedad, etc. Y todo ello, intentando mantener una perspectiva filosófica profunda, trascendental, desde el acto de ser persona, de la que emerjan las consideraciones oportunas para cada uno de esos temas. Lógicamente, esta amplitud temática suscita muchos temas discutibles, en los que el lector podría disentir de la opinión del autor.
Un tercer mérito notable de esta obra es su estilo llano, asequible, divulgativo; virtud nada fácil cuando se trata de formular una antropología filosófica de primera. Pero el autor tiene experiencia en el mundo universitario, o culto en general, y consigue una redacción muy transparente (Ya hace unos años -1998-9- que publicó en América con pareja claridad tres volúmenes sobre La persona humana). Se corresponden quizá con esta virtualidad del libro los cuadros esquemáticos que constituyen los siete apéndices que se añaden al final de la obra; no es lo que más me gusta de ella.
El resultado final es un interesante manual de antropología filosófica; no sólo conveniente de leer, sino libro de consulta y de referencia.
Una sugerencia, a autor y lectores, para proseguir la investigación plasmada en esta obra. Se trata de la articulación de la tercera parte con la cuarta. Me parece que merecería una parte conexiva independiente consagrada a la consideración de la acción humana. Porque la persona se vincula muy especialmente con la acción, como ha señalado en particular la fenomenología personalista de Wojtyla. La naturaleza humana es principio operativo, pero para que se manifieste la persona es necesaria la acción.
La acción humana perfecciona la naturaleza; y en concreto la acción práctica lo hace con la cultura. La cultura es el cultivo de la naturaleza, vista desde ella; pero la cultura es manifestación de la persona, vista desde ésta. Al actuar el hombre organiza el espacio, el medio natural; pero también el tiempo: porque con su acción, el hombre se perfecciona también a sí mismo y a los demás, pues abre o anula, amplía o reduce, sus proyectos. El hombre es, al cabo, el perfeccionador perfectible. Pero la acción humana es teórica o práctica, y ésta productiva o directiva; esto hay que examinarlo. Y además de los actos, están los hábitos, los que permiten la comparecencia de la libertad en la naturaleza; pero no podemos acceder a éstos sin aquéllos. El enlace entre naturaleza humana -el cuerpo y las facultades, sensibles o espirituales-, y la esencia de la persona humana -sus manifestaciones- es precisamente la acción. No todos los actos del hombre son humanos; no todo lo del hombre es personal, aunque quizás sí personalizable. Iluminar esta cuestión corresponde a la antropología.
Juan A. García
González
Universidad de Málaga
jagarciago@uma.es