Carlos Ortiz de Landázuri
John
Brenkman en 2007, en Las contradicciones
culturales de la democracia. El pensamiento político,
después del 11 de Septiembre, ha hecho depender la comisión
de este tipo de atentados terroristas de las numerosas
debilidades internas que hoy día siguen adoleciendo las
democracias liberales. En su opinión, el
periodismo
económico debería mostrar como tanto el
crimen organizado como el terrorismo internacional
comparten la persecución de un segundo objetivo más
importante. Provocar un larvado estado de
guerra,
que a la larga provocaría un progresivo deterioro de las
instituciones democráticas, incrementando aún más las
numerosas contradicciones
culturales de las que adolecen las
democracias occidentales. En efecto, inicialmente el
periodismo
económico trató de justificar la inicial
declaración de guerra contra el terrorismo internacional
(el eje del mal), así como la posterior invasión de
Afganistán o el inicio de una guerra preventiva contra
Irak, como una de las muchas luchas emprendidas por la
democracia contra la tiranía y como un procedimiento para
lograr su efectiva expansión a los países islámicos. Sin
embargo esto se consiguió a costa de provocar una situación
larvada de guerra,
que al final habría acabado minando el normal
funcionamiento de las instituciones democráticas. A este
respecto al periodismo
económico, después del 11-S, solo le
caben tres formas
posibles de
enfrentarse al terrorismo internacional:
a) La “realpolitic”
o
pragmatismo
político que se propone erradicar el
terrorismo internacional mediante una guerra preventiva
contra el eje del mal basada en el mero recurso a la
fuerza
militar (Marte), aunque para ello
hubiera que manipular si fuera necesario los medios de
comunicación., al modo como ya hicieron Nixon, Kissinger o
Busch, recurriendo a su vez a Hobbes, Weber o Carl Schmitt;
b) La política ideal
o
utópica,
que se propone erradicar el terrorismo mediante la toma de
futuros acuerdos y consensos por parte del
poder
político teniendo en cuenta la
información aportada por todas las partes implicadas, a
pesar de la evidente debilidad
inicial (Venus) que
pudiera provocar esta actitud inicial, al modo como ya
antes propusieron Kant, Hanna Arendt o Jürgen Habermas;
c) Una política
cosmopolita que reconoce como cualquier
intento de erradicación del terrorismo internacional puede
generar numerosas contradicciones
culturales en la prensa
económica o en el propio
imaginario
colectivo o popular
(public realm): o
bien se comparte la (falsa) ilusión de los neo-con
(neoconservadores) de poder extender la democracia por esta
vía a posibles nuevos terceros países, para conseguir así
una democracia
global;
o bien se comparten las denuncias de los
utópicos
antisistema contra la falsa manipulación
del terrorismo internacional por parte del
periodismo
económico para justificar así la guerra
preventiva de Irak.
En cualquier caso Brenkman considera que la
prensa
económica debe seguir aspirando al logro
de una democracia
global,
donde se logre una progresiva erradicación de estas nuevas
formas de terrorismo
internacional. En su opinión, la
democracia en
estado de guerra posterior al 11-S ha tenido la
oportunidad de comprobar la aparición de profundas
contradicciones culturales que a su vez han incrementado
hasta niveles desconocidos las limitaciones habituales de
tipo económico e informativo de una democracia en
situaciones normales, provocando a su vez una
crisis de la
república de proporciones desconocidas.
Sin embargo opina que una fragilidad y debilidad semejante
nunca debe ser una excusa para renunciar a la posibilidad
de implantar aquellos ideales, como ya habría ocurrido con
la democracia griega o en la propia democracia americana,
al menos según Arendt o aún antes Max Weber. En este
sentido la prensa
económica debería seguir manteniendo este
tipo de aspiraciones en el imaginario colectivo (public
realm) acerca del poder
político, a pesar de las
evidentes limitaciones
prácticas que siempre tendrán sus
realizaciones concretas. Ya entonces se comprobó que la
salvación de estas crisis de la
república requiere mantener una
permanente denuncia de los dos mayores males que a su vez
pueden afectar a la opinión pública: el fingimiento
y la
violencia.
Precisamente los dos enemigos utilizados por el terrorismo
internacional para acabar produciendo la progresiva
paralización y desnaturalización de las instituciones
democráticas, como en su opinión habría acabado sucediendo
durante los años de mandato de la administración Bush.
Para justificar este actual deterioro de la democracia
americana se sigue un hilo argumental muy preciso: a) Se
recurre a la ética de la responsabilidad (Max Weber)
frecuentemente usada por los políticos
“neo-con” (neoconservadores) para justificar la
respuesta dada al ataque terrorista del 11-S, o la
posibilidad de una guerra
preventiva ante un futuro riesgo bélico
inminente; b) Se recurre a la teoría del “estado de
excepción” de Carl Schmitt y Agambe para justificar
la suspensión del ejercicio de determinados derechos
civiles, así como para justificar la apertura de las
cárceles de Abu Ghraib y Guantámano; c) Se describen
algunas respuestas dadas desde la izquierda a la respuesta
militarista de la Administración Bush, como sucedió con el
absolutismo moral de Chomski o el lirismo profético de
Hardt y Negri; d) Se describe la controversia sobre el
posible modo de denunciar o justificar la invasión de Irak,
ya sea en virtud de un idealismo de los fines (Berman) o de
los medios (Habermas); o del recurso que el neoconservador
Glennon y del neomarxista Anderson hicieron para justificar
el recurso a una misma ley internacional, aunque dándole en
cada caso un sentido hobbesiano o kantiano muy distinto; e)
Se describe la defensa conservadora de la guerra de Irak
como una lucha contra la tiranía, mientras que desde la
izquierda Habermas la condenó en nombre de un
cosmopolitismo postnacional y de una democracia global
(Kegan). Sin embargo esta misma defensa se podría haber
formulado en nombre de un conservantismo aún más global
(Mead) o de un Imperio de los
derechos, como ahora se defiende; f)
Finalmente, se denuncia a la Administración americana por
no haber formulado un diagnóstico solvente de lo que la se
jugaba en la guerra de Irak, ya se justificara en nombre de
la idea de autogobierno de Arend o de la noción de libertad
negativa de Berlín.
Para concluir una reflexión crítica que a su vez permitirá
prolongar este tipo de análisis. Brenkman no adopta una
actitud autocomplaciente ante los posibles peligros y
amenazas que se pueden derivar del indudable deterioro que
supuso el ataque terrorista del 11-S para las instituciones
democráticas en su conjunto. Sin embargo ahora también se
muestra confiado en que la acción coordinada de las
instituciones del libre mercado y de los medios de
comunicación logrará una efectiva entronización del
“imperio del derecho”, como ahora se propugna.
Sólo así se podrá ejercer un efectivo control sobre las
múltiples formas de fingimiento
y de
violencia
de las que se sirve
el terrorismo internacional para radicalizar las
indudables contradicciones
culturales que a su vez se generan en una
sociedad democrática. A este respecto ahora se resalta un
claro diagnóstico de la situación, aunque casi nunca se
propone una posible estrategia desactivadora de este tipo
de contradicciones culturales de tipo global. Y a este
respecto cabe preguntarse: ¿Podría proponerse el
periodismo
económico como una estrategia global
capaz de desenmascarar el mal uso que los diversos agentes
sociales, incluido el terrorismo internacional, pueden
hacer de las contradicciones
culturales de la sociedad democrática?
Carlos
Ortiz de Landázuri
Universidad de
Navarra
cortiz@unav.es
