Carlos Ortiz de Landázuri
Daniel Dennett en 1991, en La
conciencia explicada, defendió la posibilidad de un
lenguaje en tercera persona propio de la neurociencia, que
fuera capaz de justificar la objetividad, o más bien
intersubjetividad, de las bases neuronales del propio
conocimiento, sin necesidad de remitirse a entidades
metafísicas inverificables, como la mente, o la propia
subjetividad de la conciencia. En su opinión, los procesos
comunicativos epistemológicamente “válidos” son
aquellos que se remiten a unos “qualia”
informativos neuronales verdaderamente compartidos, en
virtud de la “objetividad”, o más bien
“intersubjetividad” de los métodos de la
neurociencia, sin necesidad de remitirse a simples estados
subjetivos de conciencia o a otro tipo de entidades
metafísicas de imposible verificación experimental. Se
postula a este respecto una reducción de los datos
sensoriales percibidos a simples “qualia”
informativos neuronales, que podrían haber sido procesados
al modo de simples serie aleatorias de algoritmos mediante
el recurso a circuitos cibernéticos, como los de von
Neumann y otros similares.
Dennett postula a este respecto la progresiva eliminación
por parte de la neurociencia de cualquier lenguaje en
primera persona que a su vez se remite a viejas entidades
metafísicas en sí mismas inverificables. Se pretende evitar
así cualquier contaminación por parte de la neurociencia
con las propuestas mentalistas, con el solipsismo
cartesiano, o con la ahora llamada hipótesis del homúnculo,
que tan perjudiciales acabaron siendo para el desarrollo de
la neurociencia. En estos casos la neurociencia habría
acabado atribuyendo a un centro funcional aún más básico un
ilimitado poder de reversión y de reinterpretación crítica
sobre los mecanismos neuronales existentes en el cerebro,
asignándole incluso el procesamiento de la totalidad de la
información cerebral disponible, a pesar de que este tipo
de entidades metafísicas siguen adoleciendo de una
incapacidad absoluta para garantizar su propia
verificabilidad. De ahí el profundo engaño de aquellas
actitudes neurocientíficas que acaban atribuyendo al
lenguaje en primera persona una actitud creativa y
responsable, cuando con este tipo de actos simplemente
fomentan un creciente autoengaño como el que experimentan
los así llamados “zombis”.
De ahí que ahora se postule una sustitución del leguaje en
primera persona por otro en tercera persona que ya no
fomenta la falsa ilusión de poder seguir haciendo
responsable a la conciencia y al propio “yo”
del posterior uso del lenguaje. Ahora más bien se concibe
el lenguaje en tercera persona propio de la neurociencia
como el resultado de un triple factor: el desarrollo
cibernético de determinadas series algorítmicas, el
funcionamiento automático de similares circuitos neuronales
y al seguimiento mimético de unas determinadas estructuras
lingüísticas cerebrales. En su opinión, las distintas
imágenes del propio “yo” serían resultado de
una falsa ilusión lingüística que nos hace concebir estas
imágenes como creación propia, atribuyéndoselas a un falso
“homúnculo”. Sin embargo estas imágenes del
propio yo en realidad también serían un mero subproducto de
aquel heterocondicionamiendo mimético generado por los
propios circuitos neuronales sobre los que opera el
lenguaje en tercera persona, haciéndoles actuar como
auténticos “zombis” precisamente cuando se
quieren apropiar de lo que les pertenece. Para alcanzar
estas conclusiones la monografía tiene tres partes:
1) Problemas y métodos contrapone dos posibles usos de la
fenomenología: un uso mentalista que admite la posible
referencia por parte de un lenguaje en primera persona a
determinadas entidades metafísicas en sí mismas
inverificables, basadas asu vez en un ficticio dualismo
psico-físico mente-cuerpo, como ahora sucede con la
“epoche” fenomenológica, el “yo
pienso” cartesiano o la noción clásica de
‘anima’; y, por otro lado, un uso heterónomo de
la fenomenología que permitiría justificar la referencia a
un lenguaje en tercera persona por tratarse de un requisito
para alcanzar una efectiva descripción
“objetiva” de tres factores: las series
algorítmicas de los “qualia” informativos
neuronales, la reproducción mimética de los
correspondientes circuitos cibernéticos cerebrales, así
como una posible explicación meramente conductista de
determinadas estructuras lingüísticas cerebrales.
2) Una teoría empírica de la mente, justifica la evolución
de la conciencia humana en virtud de los anteriores
procesos de heterocondicionamiento mimético, sin necesidad
de remitirse a un centro funcional regulador superior. De
este modo se explica la aparicón del llamado teatro
cartesiano del “yo”, así como los demás
fenómenos subjetivos de conciencia, concebidos ahora como
malentendidos generados por el mal uso del lenguaje en
tercera persona. Habitualmente a estos estados de
conciencia se los considera como un subsistema con
autonomía propia, como habrían pretendido Libet, Walter, o
el llamado efecto Baldwin. Sin embargo se trata de falsos
“homúnculos” originados por la sustantivación
de un simple modo de acción más intenso de la propia
actividad cerebral, sin que haya un fundamento
proporcionado para ello. En cualquier caso el
descubrimiento de los anteriores mecanismos de imitación
(memas) habría hecho evolucionar el modo de concebir la
conciencia subjetiva como una forma cada vez más
sofisticadas de autoengaño. Pueden crear la ilusión de
estar haciendo un uso correcto de un lenguaje en primera
persona, cuando en realidad se seguiría tratando de un mero
subproducto meramente mimético e igualmente
heterocondicionado por un defectuosa interpretación de un
lenguaje en tercera persona.
3) Los problemas filosóficos de la conciencia, se propone
eliminar de la neurociencia cualquier referencia a la
conciencia, al “yo” o a cualquier otra entidad
metafísica en sí misma inverificable. La neurociencia a
este respecto sólo podría garantizar la
“objetividad” de unos “qualia”
informativos neuronales, teniendo que atribuir a la
conciencia subjetiva del propio “yo” un mero
carácter epifenoménico respecto de estos otros elementos
cerebrales plenamente “objetivos” y mejor
justificados. En este contexto el recurso por parte de la
neurociencia a un lenguaje en primera persona es visto como
un resto residual de una vieja mentalidad metafísica, más
propia de “zombis” que de humanos, cuando lo
coherente hubiera sido recurrir exclusivamente al lenguaje
objetivo en tercera persona propio de la neurociencia.
Para concluir una reflexión crítica. Dennett defiende un
materialismo eliminativo que le exige excluir de los
automatismos neuronales cualquier referencia a principios
metafísicos de imposible verificación, como de hecho ocurre
con cualquier justificación del lenguaje en primera
persona. En su lugar Dennett presupone el recurso a un
lenguaje en tercera persona, basado exclusivamente en la
descripción objetiva y neutral de los “qualia”
informativos neuronales, sin necesidad de postular la
existencia de falsos “homúnculos”, o de
fomentar actuaciones propias de “zombis”.
Evidentemente ahora se concibe este lenguaje en tercera
persona como un instrumenrto heurístico plenamente objetivo
y absolutamente libre de supuestos, cuando no lo es. De
hecho un lenguaje de este tipo debe seguir presuponiendo la
referencia a una previa comunidad de científicos, o mas
bien de neurocientíficos, o simplemente de hombres, así
como a un posterior uso en común de unas previas
estructuras lingüísticas, cibernéticas o simplemente
algorítmicas, cuya justificación escapa ya totalmente a los
procedimientos de prueba de la neurociencia. Evidentemente
Dennett no ha prolongado este tipo de análisis sobre los
presupuestos implícitos en el uso compartido de un lenguaje
en tercera persona, estableciendo una disociación entre el
lenguaje en primera y tercera persona, que posiblemente se
pudiera haber evitado.
Carlos
Ortiz de Landázuri
Universidad
de Navarra
cortiz@unav.es