Juan A. García González
Los autores nos ofrecen en este
cuaderno del anuario filosófico un interesante estudio
sobre la educación, enfocada desde la antropología poliana.
El libro tiene la siguiente estructura. Una amplia
introducción que justifica el planteamiento de este trabajo
con el enfoque dicho, presentando de una manera global
algunas claves de la antropología poliana relevantes para
la consideración de la acción educativa.
A la introducción siguen seis capítulos que entiendo
agrupados en tres bloques.
El primero lo forman los dos primeros capítulos, que por
una parte analizan la noción de educación, y cómo en ella
se conjugan las dimensiones teóricas y prácticas del saber:
la pedagogía es ciencia y también arte. Y por otra parte
encuadran la educación dentro del conjunto de la vida
humana: la de un ser que es hijo, que nace inacabado,
débil, menesteroso; y así abierto al tiempo, en el que se
desarrolla y perfecciona hasta lograr su plenitud.
El segundo bloque lo constituyen los capítulos tercero,
cuarto y quinto, redactados al hilo de tres de los que Polo
llama trascendentales antropológicos: el amar, el intelecto
y la libertad personales. Llama la atención en este bloque
la amplitud temática que han logrado los autores: la
cantidad de cuestiones, temas, aspectos de la realidad
humana que han sabido enlazar con esos tres trascendentales
personales. La educación de la afectividad, de la
imaginación o del interés; la importancia educativa del
juego, las matemáticas o la sociabilidad; el encuentro
personal con la verdad, la conciliación de la
individualidad con su entorno, la importancia de la familia
y el hogar, etc. Muchas dimensiones relevantes en la
formación de las personas, bien conectadas con esas tres
perfecciones del ser personal subrayadas por Polo.
El último capítulo del libro viene a ser como un tercer
bloque del trabajo dedicado a la virtud, principalmente a
las virtudes cardinales, pues en la virtud se cifra el
crecimiento humano: ese hijo inicialmente desvalido, puede
llevar una vida humana lograda cuando alcanza las virtudes
que le permiten gobernar, manejar su vida adecuadamente.
Así definió Tomás de Aquino la educación: conducción y
promoción de la prole al estado perfecto del hombre, que es
el estado de virtud (p. 25).
Por su lenguaje sencillo, por las frecuentes enumeraciones
o clasificaciones que ordenan los contenidos, y por lo
asequible de la exposición que los autores han logrado, el
libro me parece de grata lectura, no sólo para filósofos,
sino para cualquier persona culta, y en especial para
educadores y teóricos de la educación o interesados en el
tema.
De las múltiples ideas que el libro pone en juego, y que
tan sugerentes pueden resultar a los educadores, quiero
añadir algo a tres de ellas.
Primero, a la importancia del juego en la educación
familiar, que ha sido destacada por Polo y recogida en este
libro (el valor pedagógico del juego estriba en que vincula
los afectos a la actividad, p. 75). Más en general, también
es conveniente cierta actitud lúdica en la vida, para
relativizar éxitos y fracasos, momentáneos y coyunturales;
eso ayuda a crecer, porque crecer es mantener la unidad de
la propia vida en la multiplicidad de circunstancias en que
nos toca vivirla: ser fiel y constante a un proyecto, sin
descentrarse por sus avatares. Pero, en cambio, ni el
proyecto vital que conforma una vida humana, ni la
educación que prepara su acometida, son un juego, o asunto
de poca monta; no sería deseable confundir ambos extremos.
En segundo lugar, el doble sentido del término educación
(educere, sacar de dentro, y educare, alimentar más bien
desde fuera, p. 23) menciona dos factores complementarios e
inseparables de la educación: no se puede sacar algo de los
niños, sin formarlos y conducirlos de una particular
manera. Este parecer inscribe la educación, ese ayudar a
los niños a crecer, dentro del ámbito más general de la
transmisión de la vida. En ese ámbito los niños son
parásitos que viven de la vida de sus padres y profesores;
el embarazo antes del nacimiento es simbólico en este
sentido. Pues después de la vida natural, lo mismo pasa con
la espiritual, con la vida psíquica y cultural: los hijos
aprenden de la vida de sus progenitores y maestros. No se
les puede ayudar a crecer, sin crecimiento propio, sin la
vitalidad interna de los educadores.
Finalmente, Polo termina su libro Ayudar a crecer hablando
de la necesidad de la educación religiosa, porque si uno
prescinde de Dios, prescinde de sí mismo: hay que enseñar
al niño a rezar (p. 224). En cambio los autores de este
libro dejan claro, sí, que el hombre es hijo de Dios; pero
no tanto que está hecho para él. El sentido final de la
educación, como el de toda la vida humana, es Dios. Porque
educamos a los hijos, queremos para ellos la virtud, a fin
de corresponder a la predilección divina que los creó, y
para que, llegado el momento, puedan relacionarse
cumplidamente con él. Sin ese destino final, la tarea
educativa pierde bastante interés.
Juan
A. García González
Universidad
de Málaga
jagarciago@uma.es