Carlos Ortiz de Landázuri
Alan B. Krueger en 2007, en
¿Qué hace posible a un terrorista?, ha analizado los
posibles factores económicos, comunicativos, sociales y
políticos que hicieron posible la comisión de los atentados
del 11-S de Nueva York, del 11-M de Madrid y del 7-J de
Londres. En su opinión, habría que ver detrás de estos
atentados las profundas contradicciones culturales que la
prepotencia de la sociedad del bienestar genera en el
interior y en el exterior de sus fronteras, sin atribuirlos
a una mera reacción desproporcionada ante la pobreza y las
injusticias existentes en el mundo por parte de los
desheredados. A este respecto se recomienda al periodismo
económico una estrategia a seguir para desmitificar el
fenómeno terrorista, sin atribuirle una áurea justificativa
totalmente inmerecida: comprobar como la mayoría de los
terroristas suicidas proceden de las clases educadas y
acomodadas de los respectivos grupos sociales, sin atribuir
su comportamiento a una simple reacción psicológica frente
a las injusticias experimentadas. De ahí que ahora se
denuncie el parasitismo económico e informativo practicado
por el terrorismo internacional, de modo similar al
ejercido por delincuencia organizada. De igual modo que
para su erradicación se deben usar procedimientos similares
a los utilizados en otras formas de delincuencia, sin
poderse hacerse ilusiones a este respecto. Se defienden así
tres tesis referidas al periodismo económico:
1.- El periodismo económico debería reconstruir el retrato
robot de numerosos terroristas suicidas, comprobando que ni
proceden de los países verdaderamente más pobres, ni
necesariamente de aquellos grupos étnicos que mantienen una
lucha por la defensa de sus derechos civiles. En su gran
mayoría pertenecen a una clase media acomodada en sus
respectivos países de origen, habiendo sido educados en un
medio social muy nacionalista, virulento y propenso a
incentivar este tipo de acciones.
2.- El periodismo económico debería analizar las naciones
de procedencia de los insurgentes capturados durante la
guerra de Irak. Se comprobaría así que la insurgencia se
movió más por motivaciones de tipo religioso, que por
factores estrictamente económicos o políticos, con un doble
objetivo: desestabilizar los grupos religiosos de sus
respectivos países de procedencia y alcanzar el
consiguiente impacto en la opinión pública nacional e
internacional.
3.- El periodismo económico debería hacer notar al
creciente parasitismo económico e informativo que
sistemáticamente practica el terrorismo internacional, al
igual que cualquier otra forma de delincuencia organizada.
Se describen así las numerosas trampas con las que se puede
encontrar la lucha antiterrorista, por no advertir la
creciente escalada de violencia de consecuencias
económicas, psicológicas y políticas imprevisibles, que
deliberadamente se intenta provocar. De ahí que ahora se
propongan seguir las mismas estrategias de desactivación a
las usadas para erradicar el crimen organizado,
especialmente dos: aumentar la implementación de fondos
económicos para el respectivo Centro Nacional
Contraterrorista y la creación de una gran base de datos
trasnacional.
Para concluir una observación crítica, que a su vez
permitirá prolongar este tipo de análisis. Ahora se insiste
en el carácter específicamente religioso de la insurgencia,
pero a su vez se propone desactivarla mediante medidas de
tipo policial y contraterrorista, similares a las
utilizadas para erradicar otras formas de delincuencia
organizada. Y a este respecto cabe cuestionar. ¿La asunción
por parte de grupos inicialmente religiosos de un
comportamiento similar al de numerosas organizaciones
criminales no podría haber venido propiciada por las
numerosas contradicciones culturales generadas a su vez por
los distintos procesos de globalización económica?
Carlos
Ortiz de Landázuri
Universidad
de Navarra
cortiz@unav.es