Carlos Ortiz de Landázuri
Estas dos últimas novelas de
Claudio Magris son una prolongación natural de su obra más
emblemática, Danubio. Como en aquella ocasión ahora también
se trata de dos novelas fluviales, de frontera,
metaliterarias, metahistóricas, metafísicas, teológicas,
aunque situadas en un contexto muy distinto. Microcosmos se
sitúa en un ámbito periférico al imperio austrohúngaro, en
un aledaño con personalidad propia y aparentemente
refractario a este tipo de influencias, como es Trieste, su
tierra natal, dependiente a su vez de la Gran Señoría de
Venecia y de Viena, la desdeñada protagonista de estos
relatos, con la que sin embargo ha seguido manteniendo una
débil dependencia multisecular de tipo fluvial. Por otro
lado, El infinito viajar, pretende demarcar un ámbito de
acción prácticamente ilimitado, al modo de una de las
conocidas salidas quijotescas por el ancho mundo. Sin
embargo al final también la acción queda circunscrita al
macrocosmos multicultural que a su vez rodea al área
anteriormente demarcada por Danubio, desde España, Canarias
incluida, hasta Irlanda, el Imperio prusiano, para volver
de nuevo al Danubio, Trieste incluido, para terminar con
una mirada al lejano Oriente, donde ya la influencia del
Danubio poco se deja sentir, salvo por su exotismo. Por su
parte el estilo literario en los dos casos es similar,
demostrando al respecto una maestría difícil de igualar. Se
toma como punto de partida una singularidad
lingüístico-cultural del lugar que se está narrando, para
mostrar los paradójicos lazos interactivos que permiten
relacionarlo con el ámbito geográfico que a su vez se está
tratando de demarcar. En unos casos esta singularidad tiene
un carácter histórico, literario, dialectal, o simplemente
anecdótico. En otros casos la singularidad llega a tener un
carácter metafísico o incluso teológico, en la medida que
trata de mostrar como por aquellos lugares ha pasado el
sentido más noble que aún hoy día se puede dar a la
historia, a la política o a la propia religión, sin
confundirla en ningún caso con las pequeñas rencillas de
tipo nacionalista, partidista o simplemente sectario. Si
Danubio había mostrado la paradójica unidad multicultural
del Imperio austrohúngaro, Microcosmos pone de manifiesto
la singularidad cultural del cruce de caminos donde se
encuentra Trieste. En cambio El infinito viajar pone de
manifiesto de una forma rotunda el redescubrimiento de las
profundas raíces cristianas de la vieja Europa justo antes
y después de la inesperada caída del muro de Berlín, una
vez que se pudo comprobar a simple vista el fracaso del
comunismo, y el renacer de una nueva Europa. En este
sentido El infinito viajar es un oculto homenaje a
Cervantes, a través de la figura del Quijote, que ahora se
describe como el descubridor de un nuevo ámbito cultural
ilimitado, en un momento en el que Europa parecía querer
cerrarse a sí misma. Precisamente esta Europa que
actualmente no acaba de crecer y cuyas fronteras cada vez
resultan más imprevisibles. En cualquier caso Europa no
puede cerrarse a los procesos de globalización, y por lo
hasta ahora leído, a Claudio Magris todavía le quedan
muchos océanos culturales por recorrer.
Carlos
Ortiz de Landázuri
Universidad de Navarra
cortiz@unav.es