Carlos Ortiz de Landázuri
En
Dictamen sobre Dios, Marina ha recurrido a una
fenomenología de la experiencia religiosa, a fin de
determinar el tipo de asentimiento que en la llamada
ultramodernidad se puede aún seguir otorgando a las pruebas
racionales a favor de la existencia de Dios. Con este fin
ha contraponiendo dos modos posibles de acceder al
conocimiento de Dios, a saber: Por un lado, la crítica de
la religión o negación de la teología, propia de un
pensamiento laico o secular, que rechaza la aceptación
acrítica de presupuestos religiosos previos. Así se
justifica la denuncia pública sistemática de las numerosas
falsedades ideológicas propiciadas por los pintorescos
simulacros sustitutivos del mundo profano, que a su vez se
habrían introducido a través de los procesos de
secularización que acompañaron a las pruebas racionales a
favor de la existencia de Dios, como acabaría defendiendo
el principio de refutación o falsación de Popper. Por otro
lado, una teología positiva, basada en simples creencias
religiosas privadas, que permitiría justificar la
‘ilusión’ humana por alcanzar un posible
conocimiento del ser de Dios y de sus atributos, a pesar de
no poderse justificar racionalmente, como de hecho
pretenden todas las religiones, incluido el cristianismo, o
en general las creencias, al menos según W. James.
En cualquier caso ya no es posible una tercera posibilidad:
recurrir a las argumentaciones públicas profanas propias de
la ciencia para justificar el así llamado círculo sagrado
‘inventivo’ característico de los distintos
tipos históricos de experiencia religiosa privada. Sin
embargo este tipo de puentes virtuales en todos los casos
ahora analizados, desde la teología de la muerte de Dios
hasta el hinduismo, la promesa de un futuro Reino de Dios,
o el testimonio de Simone Weil, se habrían demostrado
absolutamente intransitables, ni mediante el seguimiento
una vía moral. En efecto, ya se tome como punto de partida
las conclusiones de la ciencia, de la religión o de la
ética, sus conclusiones se tendrán que valorar desde una
nueva teoría averroísta de la doble verdad, sin hacerse
falsas ilusiones, sin poder ya confundir en ningún caso la
razón pública efectivamente compartida con lo que son meras
creencias religiosas privadas.
De todos modos la teología afirmativa permitiría justificar
una noción específicamente religiosa de Dios, que a su vez
toma como punto de partida el testimoniar acerca de la
experiencia de lo divino que cada uno puede aportar. De
este modo se contrapone el ahora llamado Dios profano de la
razón natural, ya sea científica o meramente cultural, que
estaría basado más bien en una teología negativa, respecto
del Dios de la experiencia religiosa que lo envuelve todo,
haciendo posible la captación de la dimensión divina de la
realidad, tanto por parte de la mística oriental como
occidental, y que tendría rasgos claramente positivos. Sin
embargo la progresiva moralización de la religión por obra
fundamentalmente del cristianismo acabaría demostrando la
imposibilidad recorrer este tránsito aparentemente sutil
entre la mística religiosa privada y las exigencias
racionales de un Dios profano, que a su vez se haya
sometido a las exigencias coyunturales de una razón pública
compartida. Por ello ahora se postula una moral
transcultural - situada más allá de lo sagrado y de lo
profano, de lo público y de lo privado -, que debería
permitir reconocer el poder ‘inventivo’ de las
experiencias religiosas, sin por ello negar el poder
‘justificativo’ público propio de la ciencia y
de la ética (p.224 y 213).
Para concluir una reflexión crítica. Como claramente ha
reconocido en otra obra posterior, Por qué soy cristiano.
Teoría de la doble verdad (Anagrama, Barcelona, 2005),
Marina contrapone claramente el acceso religioso y
científico para justificar un posible reconocimiento de la
existencia de Dios, sin admitir una posible
complementariedad entre ellos. Piensa que lo que la
religión puede justificar en el ámbito privado por una vía
más bien subjetiva, no lo puede después convalidar la razón
discursiva hasta el punto de otorgarle un reconocimiento
público de tipo laico o secular. Evidentemente esta
propuesta se formula desde una crítica de las ideologías en
contexto de autores muy distintos a los tradicionales de
este tipo de cuestiones, por lo que tampoco seria relevante
hacer una comparación de este tipo. Sólo indicar que
recurrir a la teoría averroísta de la doble verdad para
justificar la posible valides de una determinada crítica de
las ideologías, y de los subsiguientes procesos de
secularización y de reencantamiento de las ideas cristianas
que a veces se genera en este tipo de procesos, puede
aportar a primera vista una solución brillante de este tipo
de problemas, pero a la larga supone una renuncia por
completo de lo que siempre se debe proponer una crítica de
este tipo: denunciar las falsedades y contradicciones
culturales que se puedan introducir en cualquier ideología,
ya las proponga un individuo, una sociedad, una religión o
el propio cristianismo.
Carlos
Ortiz de Landázuri
cortiz@unav.es