Carlos Ortiz de Landázuri
José Antonio Marina también ha
participado en este debate sobre el posible pervivencia de
la religión en una cultura posilustrada, postcristiana,
laica y sin Dios, en una reciente publicación de 2005, en
Por qué soy cristiano. En su opinión, la crisis generada
por los procesos de secularización iniciados en la
ilustración habría terminado teniendo los efectos
contrarios de los que pretendían Nietzsche, Heidegger o
Löwitz. En vez de cumplirse el anunciado diagnóstico
nietszcheano de la muerte del Dios, hoy día el análisis de
la experiencia religiosa puede comprobar fácilmente la
buena salud de la que hacen gala el cristianismo y el resto
de las religiones, a pesar de vivir en una época tan
relativista y descreída como la ultramodernidad. Por eso
ahora se atribuye a las diversas religiones una larga vida
futura para poder seguir llevando a cabo un renacimiento
cultural aún más autocrítico, siempre que a su vez acepten
las exigencias impuestas por esta nueva cultura
ultramoderna de cariz antiilustrado.
A este respecto la aparición de una cultura posilustrada,
postcristiana y laica habría dado lugar a un fenómeno
paradójico, que Marina ya había abordado en Dictamen sobre
Dios, a saber: el fuerte arraigo que hoy día demuestran
determinadas convicciones o creencias religiosas a nivel
privado, no se corresponde con rechazo público que a su vez
genera su posible justificación a través de las
correspondientes pruebas racionales a favor de la
existencia de Dios. La cultura postmoderna contemporánea se
legitimaría así en virtud a una teoría averroísta de la
doble verdad, que a su vez permite atribuirle dos rasgos en
sí mismo antitéticos, pero indisociables entre sí: por un
lado, una creciente capacidad de denuncia respecto de
aquellos procesos de secularización del cristianismo
mediante los que se pretende imponer en la vida pública el
seguimiento de una simple creencia privada en sí misma
ideológica, a pesar de ser incapaz de aportar ningún tipo
de pruebas racionales verdaderamente convincentes; por otra
parte y sin solución de continuidad, la persistente defensa
a nivel privado de una loable creencia religiosa en el
ideal cristiano de un Reino de Dios y un humanismo
universalmente compasivo, a pesar de tampoco poder alcanzar
el correspondiente reconocimiento público.
Según Marina, esta nueva versión postmoderna de la teoría
averroísta de la doble verdad puede parecer anacrónica,
pero está plenamente justificada sin verdaderamente se
quiere dar una respuesta al creciente desencantamiento, que
su vez han generado la progresiva secularización de la
racionalidad occidental. Se habría generado así una
creciente añoranza respecto de un tipo de experiencias,
creencias y prácticas religiosas que se daban por
definitivamente superadas, pero que están muy lejos de
haber perdido su efectivo poder de influencia. Se
confirmaría así las indudable ‘capacidad
re-inventiva’ y el ‘poder de superación de las
religiones en general y del cristianismo en particular,
tanto respecto del pasado como del futuro. Especialmente
así habría ocurrido en dos casos paradigmáticos: el poder
suplantador del hombre respecto de la divinidad en el
hinduismo y la promesa evangélica del Reino de Dios
dirigida al interior del corazón humano. En ambos casos se
trataría de dos experiencias originarias de carácter
preferentemente privado, basadas en el seguimiento de un
“modelo moral”, o en una imitación de Jesús y
en una llamada a la libertad de conciencia, en el caso del
cristianismo, sin poder exigir ya en ningún caso un
efectivo reconocimiento público de tipo laico. Sólo así las
ahora llamadas religiones de segunda generación podrán
separar el ámbito público de la ciencia y de la ética
respecto del ámbito estrictamente privado desde el que
ahora se justifica el humanismo compasivo propio de la
religión.
Para finalizar una observación crítica. Marina aplica a la
religión una teoría de la doble verdad, cuando en cambio no
está dispuesto de aplicársela a la ciencia, a pesar de que
en ambos casos se da una similar tensión entre las
experiencias privadas y el reconocimiento público. Se
olvida además a este respecto, que las conclusiones de los
métodos científicos sólo pudieron alcanzar un
reconocimiento público laico por parte de la sociedad civil
mediante una prolongación de los procedimientos de
convalidación compartida anteriormente usados por las
creencias religiosas con este mismo fin, dando lugar a los
consabidos procesos de secularización antes señalados. Se
puede cuestionar la posible validez de dichos
procedimientos o la propia validez de la noción de Dios que
en ellos se presupone, pero no negar su existencia.
Carlos Ortiz de Landázuri
Universidad
de Navarra
cortiz@unav.es