Carlos Ortiz de Landázuri
Morales en 2007, en La
experiencia de Dios, ha mostrado como el inicial carácter
privado, inexpresable, inefable o simplemente místico de
las creencias religiosas, históricamente no ha sido un
obstáculo insuperable para su posterior transmisión verbal,
ni para poder alcanzar un efectivo relieve público. En su
opinión, en los análisis actuales de la experiencia
religiosa ha ocurrido algo similar a lo sucedido en la
filosofía de la experiencia ordinaria. En ambos casos el
análisis de este tipo de presupuestos se considera como un
requisito previo para convalidar el posterior uso teórico,
doctrinal o simplemente existencial que se pretende dar a
este tipo de experiencias. De todos la experiencia de Dios
y a las subsiguientes creencias religiosas presentarían una
singularidad respecto de las experiencias ordinarias: ya no
concebirían a Dios como un simple objeto de conocimiento
demostrable a través de unas pruebas de tipo racional, al
igual que ocurre con otros muchos objetos de la ciencia.
Ahora más bien Dios se concibe como el sujeto propiamente
activo, que se afirma como el verdadero gestor de este tipo
de experiencia; es decir, que se afirma como un presupuesto
implícito que envuelve a toda la realidad, de modo que el
propio sujeto se acaba concibiendo como un simple co-sujeto
secundario o simple destinatario receptor de esta misma
experiencia.
A este respecto la experiencia de Dios siempre tendría una
estructura paradójica bastante similar. Se trataría de un
tipo de experiencia esencialmente privada que, sin embargo,
inevitablemente debe tener una clara dimensión pública, al
menos en el ámbito eclesial. La experiencia de Dios
reuniría así un conjunto de rasgos antitéticos, ya que
teniendo un carácter en sí mismo inefable, sin embargo
buscaría expresarse a través de un lenguaje humano
verdaderamente compartido; atribuyéndole un origen
irracional o al menos suprarracional, sin embargo admitiría
determinados procedimientos de convalidación racional por
parte de la comunidad; perteneciendo al mundo sobrenatural,
sin embargo lograría materializarse a través de las
realidades más cotidianas y naturales. Se pone a este
respecto un ejemplo paradigmático de todos estos
contrastes, al menos en el caso del cristianismo: la
experiencia religiosa del Reino de Dios. A pesar de
tratarse de algo en sí mismo inefable, sobrenatural y en sí
mismo interior o privado, sin embargo reiteradamente se
convoca al pueblo cristiano para que contraste con este
modelo sus distintas realizaciones de la vida privada y
pública, tratando de sacar a su vez las consecuencias
oportunas. Pero en última instancia sólo habría un
procedimiento para convalidar la efectiva realización de
dicho Reino de Dios, a saber: su efectiva comprobación a
través de la integración eclesial y la praxis cristiana así
generada, siguiendo a su vez el principio evangélico de
‘todo árbol se conoce por sus frutos’ (Lc. 6,
44).
En cualquier caso la mística cristiana siempre exigió a
este tipo de experiencias religiosas privadas el
seguimiento de determinados procedimientos públicos de
convalidación institucional, en razón del contexto
histórico en el que se produjeron o del tipo de finalidad
eclesial que en cada caso perseguían. De este modo se
llevar a cabo una reconstrucción de los diversos
procedimientos de convalidación utilizados a lo largo de la
historia para otorgar un reconocimiento público a este tipo
de experiencias privadas. Por ejemplo en la Biblia a través
de la reconstrucción de la efectiva ‘historia de
salvación’, en los Evangelios a través de la
revelación de un “saber de salvación”, en el
cristianismo primitivo mediante los correspondientes
criterios de interpretación auténtica, en la reflexión
teológica a través de la elaboración de un cuerpo de
doctrina sagrada, en las distintas tradiciones religiosas
mediante la justificación de los respectivos “modelos
salvíficos”, en la posterior espiritualidad cristiana
mediante el fomento de las correspondientes llamadas
vocacionales, en los distintos caminos de espiritualidad
mediante su adecuación a las distintas situaciones vitales,
en la liturgia mediante su adecuación al correspondiente
significado sacramental. En todos estos casos la
experiencia de Dios puede adquirir formas y manifestaciones
muy diversas, admitiendo diversos grados de realización,
según acentúen más o menos algunas de las dimensiones antes
señaladas. Pero en cualquier caso la mística cristiana, a
diferencia de otras, siempre fue reacia a admitir un tipo
de experiencias religiosas que pretendieran situarse al
margen de estos procedimientos de convalidación pública, ya
que en ese caso se fomentarían planteamientos unilaterales
de carácter subjetivista, panteístas, ontologistas o
simplemente dramatizadores.
Para concluir una reflexión crítica. Las propuestas de
Morales se formulan en un contexto muy polémico, en el que
la crítica de las ideologías ha denunciado el carácter
paradójico, o incluso contradictorio, del que ahora hace
gala la fenomenología de la experiencia religiosa. Por su
parte Morales hace notar como este carácter paradójico no
es exclusivo de la experiencia religiosa y muestra a su vez
con profusión de ejemplos los diversos procedimientos de
convalidación utilizados para contrarrestar las posibles
contradicciones que en cada caso se pudieran generar. A
este respecto se deja claro que la experiencia de Dios
sigue siendo el paradigma básico en el que se deben seguir
mirando las demás formas de experiencia si efectivamente
quieren sacar a relucir todas sus virtualidades. De todos
modos Morales no se detiene ahora a comprobar el posterior
uso civil que en muchos casos se acabaría haciendo de estos
mismos procedimientos de convalidación en los consabidos
procesos de secularización, dando lugar a un concepto
profano de la historia, los saberes, las tradiciones, las
doctrinas, las culturas, las profesiones, los protocolos o
los simples ritos o costumbres sociales. Y en este sentido
tampoco analiza un problema posterior sobre el que se
prolongaría el presente debate. ¿Hasta que punto la noción
de Dios se puede seguir considerando como un elemento
espurio cuya simple aceptación por sí sola ya invalida a
cualquier tipo de experiencia religiosa, o si por el
contrario, sigue siendo el único punto de referencia
posible capaz de devolver a las cultura posmoderna las
pretensiones de verdad, de validez y de sentido que en sí
misma contiene.
Carlos Ortiz de Landázuri
Universidad
de Navarra
cortiz@unav.es