Carlos Ortiz de Landázuri
Pinturas
acerca de nada. El arte abstracto después de Pollock,
aborda directamente la paradoja ficcionalista del arte
no-figurativo posterior a 1950, a saber: si efectivamente,
los artificios ficcionalistas del arte abstracto no
pretenden representar nada en particular, y solo se
representan a sí mismos, ¿qué criterios se deben usar para
distinguir una obra de arte de un simple ficción similar a
la producida por otros artefactos? Kirk Varnedoe en 2003
abordó la paradoja ficcionalista planteada por el arte
contemporáneo abstracto posterior a Pollock, tomando como
punto de partida las similares Mellon Lectures que dedicó
Ernst Gombrich en 1956 al ‘enigma del estilo’,
estableciendo así una paralelismo entre estos dos posibles
enigmas, a saber: de igual modo que Gombrich justificó la
sucesión de los estilos artísticos en virtud de un ideal
regulativo figurativo que le permitió al arte clásico
postular el logro de una creciente verosimilitud
ilusionista, de igual modo ahora también al arte abstracto
contemporáneo posterior a 1950 se le podría asignar un
ideal regulativo no-figurativo que permitiera señalar sus
respectivas fases de apogeo y posterior declive, de
actividad mortecina y de posible revitalización o
renacimiento, a pesar de que Gombrich nunca habría
justificado tal tipo de paralelismos. En cualquier caso
Varnedoe invierte el uso que Gombrich hizo de los
artificios ilusionistas del arte figurativo clásico,
prolongando a este respecto algunas sugerencias de Artur
Danton y dándoles el sentido contrario al que entonces se
le dio.
En efecto, según Varnedoe, es posible invertir el inicial
sentido figurativo de estos artificios ilusionistas
clásicos en otro no-figurativo, cuya única pretensión es
llevar a cabo una reflexión sobre un posible segundo uso
autorreferencial y claramente subversivo de estos mismos
artificios ilusionistas. Hasta el punto que el arte
abstracto o no-figurativo sustituiría la relación que el
arte clásico establece entre el lienzo y la naturaleza, por
la relación refleja que el cuadro abstracto o no-figurativo
también establece entre el lienzo y su consideración como
un simple cuadro u obra de arte cuya única pretensión es
visualizar ante el espectador la relación refleja que
establece consigo misma. A este respecto para referirse a
este arte no-figurativo posterior a 1950 se prefiere la
expresión arte abstracto, por cuanto se trataría de un arte
en segunda intención que no trata acerca de nada en
particular, sino que pretende mostrar más bien la peculiar
naturaleza autorreferencial de un arte no-figurativo que
toma a su vez como tema principal de sus artificios
ilusionistas sus propios procesos reflejos de creatividad
artística.
Pinturas acerca de nada utiliza este ideal no-figurativo
del arte abstracto para reconstruir un posible hilo
conductor que dé continuidad a la proliferación de estilos
ocurrida en el arte contemporáneo con posterioridad a 1950.
En su opinión, tras el experimentalismo actual de numerosos
movimientos artísticos, así como tras las sucesivas modas
de reeditar viejos estilos del pasado, posiblemente se
pueda encontrar un rasgo común al arte clásico y al
contemporáneo, a saber: su pretensión de hacer revivir con
fuerzas inusitada un estilo artístico de vida mortecina y
efímera, visualizando así el eterno retorno de los
sucesivos estilos artísticos del renacer, para a
continuación volver a morir, sin que la naturaleza del arte
haya cambiado sustancialmente, al menos desde este punto de
vista. Evidentemente en el arte contemporáneo este tipo de
procesos serían mucho más efímeros y rápidos que en el arte
clásico, además de perseguir un ideal no-figurativo de tipo
contrario. De todos modos Varnedoe opina que a la
proliferación de estilos ocurrida en el arte contemporáneo
también se le podría aplicar una lógica de la situación
similar a la que Gombrich postuló para justificar el
influjo que pudieron ejercer la moda y otro tipo de
condicionantes sociales en los cambios del gusto artístico,
cuando ya los criterios de mera refutación o de
hiperestilización resultan insuficientes. Según Gombrich y
ahora también Varnedoe, en estos casos sólo cabe recurrir
al talento y genialidad del artista verdaderamente creador,
a fin de valorar la posible legitimidad de estos cambios
del gusto artístico en razón de la ya mencionada lógica de
la situación, sin dejarse llevar por un simple
psicologismo, como ocurrió en la estética de Hume o Kant,
ni por un mero sociologismo, como ocurrió en la estética de
Hegel o Marx. En cualquier caso en virtud de esta lógica de
la situación ahora se rechazan las tesis de Greenberg y
otros teóricos del arte, que siguieron defendiendo la
posibilidad de una teleología de los estilos y del gusto
estético, regida a su vez por los valores eternos del arte,
como ocurrió en las teorías estéticas antes mencionadas,
cuando las obras de arte son un producto cultural e
histórico sometido a las mismas contingencias que los
demás.
A este respecto Varnedoe lleva a cabo una reconstrucción
muy precisa de la sucesión de tendencias y estilos ocurrida
en el arte no-figurativo a partir de 1950, prolongando las
propuestas de tres pioneros, como fueron Picasso, Malevich
o Duchamp, aunque radicalizando cada vez más la paradoja
ficcionalista del arte no-figurativo. Se destacan a este
respecto dos protagonistas principales: el arte abstracto
de Pollock que habría prolongado el arte autorreferencial
de Picasso, aunque rompiendo con los restos de figuración,
especialmente el recurso a la perspectiva y a la
contraposición figura y fondo, que en su caso aún se
mantenían; el ‘pop-art’ de Jasper Johns, que
habría prolongado el arte subversivo de Duchamp, utilizando
el recurso a los ‘ready-made’ para acentuar aún
más el carácter efímero y autorreferencial ahora dado a los
artificios figurativos. Posteriormente también se
reconstruye la proliferación de estilos ocurrida en los
años 60, 79 y 80, a saber: las pinturas abstractas de
Stella, Kelly, o Lohse; el minimalismo escultórico de las
cajas de Morris, Turrell, Jud, Serra o Hesse; el pop-art de
Lichtensytein o Warhol; los collages de Rauschenberg; el
cromátismo de Halley, Newman, Richter o Irwing; el
minimalismo pictórico de LeWitt, Flavin o De Maria; el
simbolismo arquitectónico de Lin, Eisenman, Whiteread y
Gursky; el post-minimalismo de Shapiro, Aycock, Burton,
Heizer, Smithson, Noguchi, Winsor o Hesse; el arte
decorativo de MacCollum, Levine, Halley, Taaffe, Arp,
Nelly, Still, Twombly; el nuevo abstraccionismo de Kooning,
Martin, Ryman, Marden, Winters, Kim, Lachowitz;
Para llegar a estas conclusiones se dan seis pasos: 1) ¿Por
qué el arte abstracto?, reconstruye la polémica suscitada
por el cambio radical hacia el arte no-figurativo
experimentado por el arte contemporáneo posterior a 1950,
sin considerarlo una simple moda provisional, como seguía
proponiendo Gombrich en Arte e Ilusión en 1958. En su
opinión, los estilos artísticos posteriores a 1950,
especialmente a partir de Jackson Pollock y Jasper Johns,
rompen con los restos de figuración presentes en Picasso y
Duchamp. Sin embargo siguieron manteniendo de algún modo el
principio ilusionista a la hora de definir su estilo,
aunque dándole el sentido contrario al que hasta entonces
se le dio: en vez de tratar de representar la naturaleza a
través de un lienzo, ahora se trataría de enviar a su
posible destinatario un mensaje autorreferencial y más
subversivo, que le exigía romper con los criterios
habituales de valoración del arte figurativo;
2) Supervivencia (vida futura) y novedad de principios,
analiza las numerosas contradicciones culturales que
rodearon al arte contemporáneo posterior a 1950, cuando
durante la guerra fría se le quiso dar un sentido
ideológico contrario a sus auténticas pretensiones,
probablemente mucho más modestas e irónicas respecto del
pasado: la realización de un arte en serie, decorativo o
colorista, hibrido, minimalista, constructivista,
gestáltico, con pretensiones de ser tomado como una obra de
arte similares a las del pasado, pero con un fuerte
carácter no-figurativo que resultó muy paradójico y
subversivo, como ahora se muestra a través de numerosos
ejemplos;
3) Minimalismo, muestra como en el arte posterior a 1950
rompió con el ideal de la figuración, sin quedarse en un
simple cambio de un estilo figurativo por otro igualmente
figurativo, como había sido habitual anteriormente. El arte
abstracto a este respecto habría deconstruido los
anteriores artificios ilusionistas en sus partes mínimas,
al modo como ya anteriormente habían hecho Malevich o
Duchamp, para enviar un mensaje totalmente distinto: se
trataría de un mensaje autorreferencial o simplemente
subversivo, sobre la peculiar naturaleza no-figurativa y
rupturista de este nuevo tipo de creatividad artística. De
todos modos este paso habría sido paulatino resultado de la
peculiar lógica de la situación, similar a la que, según
Gombrich, permite al talento artístico regular la evolución
de los estilos artísticos, sin dejarse llevar por un
psicologismo transformista ni por un simple sociologismo
del estar de moda.
4) Después del minimalismo, analiza las tensiones de los
años 60 entre las dos posibles interpretaciones
autorreferencialistas y las subversivas del arte
no-figurativo. Se produjo así una rápida sucesión de
estilos, con un fuerte sentido autocrítico, que
paradójicamente dio lugar a una creciente convergencia
entre ambas tendencias;
5) Sátira, ironía y arte abstracto, hace notar la
pervivencia residual de otras formas de verosimilitud
ilusionistas habitualmente postergadas en el arte abstracto
y que, sin embargo, permitieron compensar de algún modo la
pérdida de referentes ilusionistas figurativos. Se trataría
de toda formas de formas residuales de figuración a las que
se daría un sentido totalmente distinto al que se le dio en
el arte clásico, como ahora se comprueba en el pop-art de
Lichtenstein o Warhol, así como en otros muchos estilos
híbridos;
6) El arte abstracto hoy, comprueba el carácter cada vez
más pragmático de la distancia insalvable existente en el
arte abstracto actual entre la figuración y el
abstraccionismo, fomentando en ocasiones un retorno a un
pasado añorado, y llegando a una conclusión muy precisa: lo
que ilusionismo y la figuración supuso para el arte
clásico, para el arte no-figurativo contemporáneo ha sido
el abstraccionismo y la subversión de un estilo cada vez
más despersonalizado, habiéndose abierto de todos modos
posibilidades de desarrollo artístico impensables en otras
épocas. La culminación de este proceso ahora se sitúa en
las esculturas abstractas de Richard Serra, interpretadas
como un homenaje a una cultura ya pasada, pero que también
nos obliga a reflexionar sobre sus contradicciones
culturales y las nuestras. En cualquier caso sería el
talento del genio artístico el que en cada situación
establece el canon a seguir por las modas y tendencias
preferidas del momento, sin que se puedan justificar de
antemano.
Para concluir tres reflexiones críticas. Varnedoe trata de
mostrar las líneas de continuidad y discontinuidad
existentes en la evolución del arte clásico y del
contemporáneo, invirtiendo en unas ocasiones y prolongando
en otras diversas propuestas de Gombrich, sin terminar de
definir su propia postura. Y a este respecto cabe
preguntarse: ¿Si realmente este segundo uso reflejo o
no-figurativo en segunda intención de los artificios
ilusionistas fuera incompatible con el arte clásico, podría
Gombrich haber postulado un sentido del orden entre sus
diversos usos figurativos, simbólicos y ornamentales o
decorativos, admitiendo la posibilidad de un uso decadente,
hierático o una simple vuelta al primitivismo? ¿Se puede
seguir hablando de un ideal regulativo de la no-figuración,
de un modo similar a como en el arte clásico ocurrió con el
ideal regulativo de la figuración, cuando para Gombrich
este progresivo alejamiento de la figuración se debería
interpretar como un claro proceso de perdida de los ideales
clásicos del humanismo en la evolución de los diversos
estilos y tendencias artísticas? Finalmente, ¿se puede
afirmar que el ideal de la no-figuración abrió
posibilidades inéditas de desarrollo al talento artístico,
cuando le aplicamos unas nociones de supervivencia y vida
futura que Gombrich, o antes Warburg, sólo aplicó al arte
figurativo clásico, y que ahora deberían tomarse como un
residuo clasicista que el arte no-figurativo debería
eliminar? Evidentemente el arte abstracto contemporáneo en
ocasiones fomentó un uso satírico e irónico de este tipo de
inversiones de sentido, pero en ocasiones Varnedoe parece
confundir lo que son usos puntuales más o menos ocurrentes,
con lo que son principios programáticos de un estilo
artístico que hizo de la no-figuración y de la subversión
el principio básico de su modo de actuar.
Carlos Ortiz de Landázuri
Universidad
de Navarra
cortiz@unav.es