Lindenberg,
Udo; Mein Hermann
Hesse. Ein Lesebuch, Suhrkamp,
Frankfurt, 2008, 291 pp.
Carlos Ortiz de
Landázuri, Universidad de Navarra
cortiz@unav.es
Udo Lindenberg,
un conocido canta-autor alemán de música rock, dedica esta
antología de textos literarios a reflejar la filosofía de
la vida y el estilo literario de Hermann Hesse (1877-1962),
premio Nobel de Litertatura en 1946 y, sin duda, uno de los
grandes novelistas en lengua alemana del siglo XX, junto a
Thomas Manmn (1875-1955), Stefan Zweig (1881-1942), Berthol
Brecht (1898-1956), Ernst Jünger (1895-1998) o los ya
contemporáneos Michael Ende (1929-1995) y Günter Grass
(1927- ). A este respecto Hesse es uno de los iniciadores
de una nueva narrativa vitalista que puso de manifiesto a
principios del siglo XX el influjo que el análisis
psicoanalista de las pulsiones instintivas más básicas ha
tenido en la evolución de los estilos literarios. La gran
aportación de esta generación de novelistas extraordinarios
fue incorporar a la narrativa literaria las nuevas técnicas
descontructivistas de análisis de la conciencia y de las
motivaciones humanas más primarias incorporadas a finales
del siglo XIX y comienzos del XX por Nietzsche, Freud o
Jung, entre otros, sin dejarse llevar por el programático
sesgo ideológico que en cada caso tuvieron este tipo de
análisis, y con una salvedad: ahora no se toman este tipo
de análisis como una confirmación de los esquemas teóricos
“a prioristas” de las diversas escuelas
psicológicas, sino más bien como el punto de partida del
análisis de las pulsiones vitales tal y como ellos las
habían vivido, en razón de su libre proyecto biográfico,
adoptando una actitud con frecuencia revisionista de marcos
teóricos excesivamente preconcebidos, transformando así la
narrativa literaria en un campo de experimentación de
aquellas mismas teorías psicológicas.
En cualquier caso a Hesse hay que situarlo en el gran auge
que a principios del siglo XX experimentó la llamada novela
de formación (“Bildungroman”), ya se proponga
de un modo explícito o implícito, a través de estilos y
géneros muy diversos, desde el epistolario, la poesía, los
cuentos o las propias novelas. Se trata de mostrar así como
la narrativa literaria debe mostrar el testimonio personal
de un personaje particular, llevando el análisis
psicológico del carácter o personalidad a niveles de
concreción imposibles de conseguir por parte de una teoría
general, con la secreta esperanza de poder conseguir así
una confirmación o desmentido de la verosimilitud de
algunas de las teorías entonces vigentes. De este modo la
narrativa literaria con frecuencia se convirtió en un
análisis de casos límite o de personajes simplemente
fronterizos, un poco prefabricados y de difícil descripción
por otros medios. De este modo la teoría literaria trató de
lograr un equilibrio entre su obligada referencia a la
universalidad de unos ideales morales de tipo humanista y
la aplicación a los casos límites experimentados por un
conjunto de personajes reales, a fin de comprobar la
adecuación o no de un determinado modelo psicoanalítico o
simplemente introspectivo de descripción de la conciencia.
Sólo así se pudo cuestionar el modelo de humanidad
convencional y los enigmas prefabricados sobre los que
estaba basada la teoría literaria tradicional, y
simultáneamente mantener los ideales educativos y morales
que desde siempre habían caracterizado a la gran novela
europea, y que por supuesto en el caso de Hesse se
mantienen, a pesar de la época de profunda crisis que le
tocó vivir. En este sentido la novela a lo largo de estos
autores, especialmente Hermann Hesse, se hace más
filosófica, más reflexiva, más autocrítica y más
anticonvencional, siendo uno de sus mayores aciertos el
logro de una mayor concreción y cercanía en el tratamiento
de los problemas reales del mundo de la vida.
A este respecto hubo un rasgo característico de la
narrativa literaria de Hermann Hesse: el análisis de los
mecanismos primitivistas que inevitablemente se hacen
presentes en el desarrollo cultural, sin que ya sea posible
separar la conexión tan directa que a partir de ahora se
establecerá entre literatura y vida. Nunca se trata de dar
una descripción meramente mimética de este un tipo de
comportamientos sociales en sí mismos convencionales, sino
que ahora desde un principio se mantiene una clara actitud
de denuncia, como ahora al menos sucede con la abusiva
represión de la sexualidad en perjuicio del desarrollo de
la propia individualidad, o con el uso ilegitimo del poder
por parte del nacionalismo o del autoritarismo en perjuicio
de la libertad de acción propia de los individuos. En
cualquier caso no se trata de la denuncia moralizante de un
modelo de comportamiento social para sustituirlo por otro
igualmente convencional, sino de una denuncia de los
mecanismos profundos que a su vez han provocado el profundo
fracaso vital a que conduce este tipo de proyectos
narrativos, cuando la teoría literaria no los afronta con
una radicalidad que por entonces era totalmente
desconocida. Desde entonces el objetivo fundamental de la
teoría literaria es tratar de hacer comprensibles el
primitivismo de unas formas de vida socialmente
postergadas, pero tan auténticas o más que las comúnmente
aceptadas, aunque para ello la teoría literaria debería
hacerlas objeto de una adecuada lectura compartida que
permitiera devolverles el reconocimiento publico que
anteriormente se les había negado. De este modo se logra
una recuperación y se otorga una larga vida futura a formas
de vida inicialmente condenadas al olvido, logrando incluso
que modos de actuación aparentemente triviales puedan
resultar interesantes para el gran público.
A este respecto Udo Lindenberg se reconoce deudor de
Hermann Hesse, ya que opina que este estilo vitalista de
narrativa literaria está en la raíz de un gran número de
movimientos culturales contemporáneos, cuando se proponen
como objetivo programático la recuperación y ulterior
visualización de unos mecanismo instintivos atávicos,
prácticamente olvidados, pero todavía vigentes.
Precisamente la mayoría de los textos ahora recogidos
fueron redactados en los años 20 y 30 del siglo XX,
iniciando una época, “nuestro tiempo” como
ahora la denomina Hesse, muy singular y con grandes
similitudes con el momento actual, como si aquellos años
pudieran tomarse como un precedente de la hoy llamada
postmodernidad. Hesse concibe su época como un periodo de
crisis profunda donde, junto a la aparición de grandes
oportunidades culturales y tecnológicas para el desarrollo
personal, también se produjo una gran pérdida de los
modelos culturales que hasta entonces se habían dado por
inamovibles, por el simple hecho de que dichos modelos
mientras tanto habían quedado obsoletos y no respondían a
las expectativas depositadas en ellos.
Para reflexionar sobre este hecho Hesse sistemáticamente
recurre al método de las bipolaridades caracterológicas
iniciado por Nietzsche, pero que posteriormente fue
prolongado con gran acierto por Freud y Jung. Según Hesse
ante esta situación de crisis generalizada de valores sólo
caben dos actitudes, que surgen a su vez de la
contraposición que ahora se establece entre dos mundos
bipolarmente antitéticos: o bien se busca con añoranza la
pervivencia de un mundo de valores multiseculares ya
caducos, llamado a desaparecer tarde o temprano; o bien se
reconocen los nuevos retos del mundo de la cultura en el
momento presente, teniéndolos que afrontar desde una
carencia absoluta de criterio, siendo cada uno el único
responsable de darles una respuesta adecuada. Se trata de
una contraposición bipolar muy similar a la que Nietzsche
estableció entre lo apolíneo y lo dionisiaco, entre lo
racional y lo vital; o a la que Freud estableció entre lo
consciente y lo inconsciente, entre los convencionalismos
admitidos y la libido pasional; o la que Jung estableció
entre la sumisión gregaria y la necesidad de afirmación y
autorrealización personal. Hesse claramente apuesta por
esta segunda opción, sin empeñarse por proponer un modelo
cerrado al que todo el mundo debería imitar, cuando más
bien cada uno se debe hacer responsable por encontrar aquel
tipo de respuestas en coherencia con el tipo de
personalidad y estilo de vida que en cada caso se ha
elegido. Evidentemente Hesse con este tipo de mensaje no
pretende influir en las masas obreras, ni tampoco iniciar
movimientos revolucionarios, tan característicos de su
época. Sin embargo confía con esta estrategia en ir
sembrando una inquietud que con el tiempo se puede acabar
transformando en la semilla que, a modo de la “sal de
la tierra” evangélica y en contra de lo inicialmente
esperado, puede acabar teniendo una eficacia mucho mayor de
lo que inicialmente pretendido.
A este respecto Lindenberg ahora nos presenta a Hermann
Hesse como un precursor de numerosos movimientos culturales
de nuestro tiempo, a pesar de producirse en un contexto
tecnológico y geopolítico muy distinto. En efecto, tanto
entonces como ahora la teoría literaria habría recurrido a
tres procedimientos de análisis hasta entonces desdeñados,
a saber: a) las cartas que Hermann Hesse escribió a
distintos jóvenes poetas culturalmente inquietos; b) los
poemas literarios propiamente dichos y, finalmente, c) un
resumen de sus novelas y cuentos más conocidos. En los tres
casos se trata de documentos fechados en una época muy
conflictiva como fue el periodo de entreguerras. Es decir,
un momento donde las grandes tradiciones del pasado dejaron
de ejercer el influjo que anteriormente habían mantenido,
sin que todavía tampoco hubieran aparecido otras formas
culturales capaces de hacer sus veces, siendo el individuo
el único capaz de afrontar una situación tan arriesgada,
con una sola condición: tratar de ser coherente consigo
mismo a la hora encauzar estas fuerzas vitales primarias a
las que inevitablemente tiene que dar respuesta, sin
tampoco poder dar la espalda a las grandes posibilidades
que el mundo de la vida hoy día sigue ofreciendo. Aparece
así el análisis de los tres grandes fenómenos culturales de
entreguerras, como fueron, la fascinación por la guerra, el
afán de poder y la apología del racismo. A este respecto,
sin pretenderlo, Hesse revive y otorga una vida futura a
formas de vida sacadas del pasado, a pesar de seguir
estando vigentes en la medida que configuran el presente en
nuestra cultura, al menos en la cultura de entreguerras.
Para alcanzar estas conclusiones se dan tres pasos:
a) “Se tu mismo”, reconstruye una especie de
novela de formación (“Bildungroman”) a través
del epistolario que Hesse mantuvo por los años 20 y 30 con
diversos poetas y escritores. Se entresacan así aquellos
principios constructivos que rigen su teoría literaria y
que a su vez fueron tomados del mundo de la vida, a saber:
su personal carencia de liderazgo, la lucha por el
desarrollo de la propia personalidad, la lucha contra la
indolencia y la falta de amor, la necesidad de un jefe a
quien imitar y de una fe en algo, los múltiples sentidos de
la vida, la irrupción del sentimiento nacionalista, la
falta de amor, el eterno egoísmo del yo, la necesidad de
una tierra y de un proyecto compartido, la eterna pregunta:
¿qué debemos hacer?, el camino para buscar cómo encontrar
una respuesta, la añoranza de la patria perdida.
b) “De ciudad en ciudad, me llevan mis
canciones”, recopila sus mejores poemas, dedicados a
diversos temas: el juglar, el invierno, los viejos
camaradas, la vida y el amor, las maldiciones de los
jóvenes, el príncipe, la necesidad de compañía, el campo,
la inspiración, los descarrilados, las góndolas venecianas,
la gente bonita, la bruma, los malos tiempos, la
melancolía, los niños, los trotamundos, las flores, los
pájaros, las canciones de amor, los poetas, Juan el
Bautista habla con Hermann el bebedor, la noche, la
envidia, los seductores, el lobo estepario, ¡qué rápido
llegas!, escribiendo una noche desvelado, el sueño
paradisiaco, mariposas azuladas, una canción por la muerte
de Abel, el niño, escalones.
c) “Como un sueño prosigue mi vida, como una
mascarada”, selecciona los mejores argumentos de sus
novelas, como “La infancia del mago”,
“Demian. El inicio de una novela”,
“Noticias de mis días”, “El último verano
del (pintor) Klingsors. El inicio de un cuento”,
“Siddhartha” (su mejor novela, ambientada en la
India), “Las andanzas de Piktor”, “El
lobo”, “Tratado sobre el lobo estepario”,
“La superpoblación de la tierra”, “La
ciudad fronteriza del sur”, “La ciudad”.
Para concluir una reflexión crítica. Sin duda Hermann Hesse
es uno de los grandes creadores de la narrativa
contemporánea, con propuestas de una gran fuerza poética
que sin duda siguen vigentes. De todos modos en su caso la
fuerza la tiene más el testimonio que el argumento
propiamente dicho, de modo que describe los personajes como
tipos ideales surgidos sin duda del mundo de la vida, pero
dentro de una teoría literaria cuya verosimilitud depende
en gran parte de la credibilidad que nos merezcan los
testimonios aducidos. A este respecto es un rasgo de esta
generación de novelistas prestar más atención a la
narración de las fuerzas vitales y tipos ideales que mueven
al mundo, dejando en un segundo plano la caracterización de
las personas singulares que las encarnan, que de algún modo
quedan desdibujadas, una vez que ya han desempeñado la
función de testimonio en cada caso encomendada. De todos
modos esta que podría acabar siendo su mayor debilidad,
también terminó siendo el punto más original de la nueva
narrativa literaria iniciada por Hesse, entre otros. En
efecto, su narrativa literaria recurre con frecuencia a
determinados tipo ideales de raíces claramente humanistas o
simplemente bíblicas, salvándolos en gran parte olvido a
que estaban condenadas por entonces. Hesse consigue así
trasladarnos con gran facilidad a los tiempos míticos, a
sus modelos ideales y a sus estilos narrativos, como ahora
también muestra en la antología que ha seleccionado Udo
Lindenberg.
Carlos Ortiz de Landázuri.
Universidad de Navarra.
cortiz@unav.es

