José María Atencia
Universidad de Málaga
jmatencia@uma.es
La reunión en un
pequeño volumen de dos escritos de publicación cercana en
el tiempo de Charles S. Peirce (1839-1914), ¿Qué es el
pragmatismo?, de 1905 y Pragmatismo, de 1907 constituye un
acierto y una buena noticia, no sólo para quienes se
interesan por este autor, considerado el intelecto más
original que América haya producido, y por el propio
Pragmatismo, corriente de la que se ha afirmado constituye
el más importante de los desarrollos filosóficos que se
hayan visto nacer en los Estados Unidos. También su lectura
resulta estimulante, en un sentido muy preciso, para los
estudiosos de Ortega, por razones que expondré más
adelante.
Este pequeño gran volumen se abre con una
“Introducción” muy interesante y atinada. La
autora recuerda la propia y contradictoria personalidad del
extraño científico filósofo que fue Peirce, hombre tan
proclive al conflicto (su vida privada es una buena muestra
de ello) y la controversia (sólo mantuvo una plaza de
profesor universitario durante cinco años, hasta su
expulsión) como dado a la perpetua revisión de sus propias
ideas, una revisión que tenía en cuenta tanto filosofías
anteriores como recientes avances científicos y que vertía
en trabajos académicos (dejó 80.000 páginas de
manuscritos), en su mayor parte nunca publicados. Ha sido
considerado el iniciador de la semiótica (v.g., concepción
triádica del signo) y algunas otras corrientes.
Especialmente, es el fundador del pragmatismo (hecho que
señaló William James), objeto de la atención del libro. Los
dos textos pertenecen a los últimos años de la vida del
filósofo, en los que trata de dar forma a su
“sistema”, revisa su semiótica y su peculiar
versión del pragmatismo partiendo de sus concepciones
cosmológicas y su metafísica evolutiva. Por tanto, resulta
particularmente acertado presentarlos en un único volumen.
El pragmatismo, nacido en las reuniones del “Club
metafísico de Cambridge”, nombre que denotaba una
cierta actitud desafiante frente al ambiente claramente
antimetafísico de la época, se plasmó en un escrito no
conservado redactado para dejar algún testimonio de las
ideas debatidas en las reuniones del Club cuando éste se
disolviera. Más tarde, entre 1877 y 1878, se publicaron las
Illustrations of the Logic of Science, el primer escrito
sobre el pragmatismo, si bien en dicho escrito el término
mismo no se menciona.
A continuación, Sara Barrena pasa a la caracterización del
término “pragmatismo”, lo que le lleva a las
razones de la negación de la duda metódica y su vinculación
con el método de la ciencia, que nos permite investigar las
repercusiones prácticas del conocimiento de la realidad
externa: algo es la idea de sus efectos y el significado de
una concepción intelectual viene determinado por las
consecuencias prácticas de esa concepción.. La comprensión
de un concepto se da en el “tercer grado de
claridad”, que sólo se obtiene a través de sus
efectos prácticos.
Esta noción, ya establecida en 1878, sufrió una serie de
matizaciones: en “Pragmatismo”, por ejemplo,
enfatiza que no es una doctrina metafísica ni trata de
establecer la verdad de las cosas, sino sólo un método para
averiguar los significados de las palabras brutas y de los
conceptos abstractos. Para evitar confusiones, Peirce
sustituyó en sus escritos el término
“pragmatismo” por el de
“pragmaticismo”, confiando en que su carácter
cacofónico alejaría a cualquiera de la tentación de
apropiárselo usurpativamente (“Qué es el
pragmatismo”). A la definición y aclaración del
término “pragmatismo” se dirigen los dos
artículos contenidos en el volumen que presentamos.
La única mención de Ortega a Peirce que conozco se halla en
VII 310 (Edición de las Obras Completas de Alainza Ed.,
Madrid, de 1983) y no le concede la menor atención. De
hecho, las breves observaciones que llegó a hacer sobre el
pragmatismo, no llegaría a afirmar que se encuentren entre
lo que podríamos denominar sus mejores aciertos. Así,
calificó el pragmatismo de “vergüenza” (I, 119)
y le reprochó su tosquedad utilitaria (IV, 357),
calificándolo de mero “practicismo suplantando toda
teoría” (VII, 310) negándole todo carácter filosófico
e incluso sentido alguno (VIII, 372-373). No obstante, más
tarde parece llegar a una segunda consideración que le
llevó a reformular la noción misma del pragmatismo,
impulsado por las exigencias de su pensamiento y en una
nota a pie de página afirma que hay en esta corriente algo
profundamente verdadero, aunque centrifugado” (IV
97). Este elemento profundo probablemente es que “Es
falso que exista un conocimiento no originado en alguna
urgencia” “... provocada por la utilidad la
teoría misma no es utilidad. Este es el error del
pragmatismo” (IX, 320). Ya en 1915, en las
Investigaciones psicológicas (XII, 392) había visto en el
pragmatismo un “germen oscuro, un trazo precedente,
forma pobre y absurda de la razón vital”.
Llegaría a afirmar, a mi vez, que se da un verdadero
pragmatismo en Ortega, y la presente publicación ayudará a
establecer con claridad su sentido. W.T. Graham (A
pragmatist philosophy of life in Ortega y Gasset University
of Missouri Press, Columbia, Missouri, 1994) y, entre
nosotros, E. Armenteros (El pragmatismo de Ortega: una
“impronta” de su Filosofía. Sevilla, Facultad
de Filosofía, 2004) han podido hablar de un pragmatismo
orteguiano. Los efectos prácticos de que habla Peirce, el
sentido vital del conocimiento, no son en modo alguno mera
exaltación de la acción, sino verdadero intento de conectar
los significados de las cosas que los conceptos expresan
con los hábitos que son capaces de sustentar. En este
sentido un hábito-creencia que, formado en la imaginación,
determinará las acciones en la realidad. La mención de la
imaginación -Ortega hablará de “fantasía”- no
es casual. La mente no resulta únicamente modulada por
influencias exteriores, sino que también lo es por la
influencia de la imaginación, a través de la cual
modificamos nuestros hábitos. A pesar de su énfasis en la
experiencia y en el método científico, el pragmatismo no es
mera exaltación de la acción. Es mucho más, porque concibe
el conocimiento como proceso creativo en el que se aceptan
o desechan hipótesis según el desarrollo de nuevas acciones
que aumentan la comprensibilidad del universo, trata de
afrontar el futuro y establece una continuidad entre teoría
y práctica, conocimiento y vida. Según los principios
fundamentales del pragmatismo el significado de un concepto
sólo es comprensible en relación con la práctica, es decir,
para comprender el valor de un concepto de un objeto hay
que analizar qué efectos prácticos puede implicar. Por
tanto, un significado que no sea práctico carece de
sentido. La coincidencia con la noción orteguiana de razón
vital parece bastante a la vista: en la experiencia
originaria del hombre ante el mundo se da el azoramiento,
no saber a qué atenerse. El ser humano naufraga en la
circunstancia, primo visu carente de toda organización, en
la que hay cosas que aún no son objetos. El correlato
noemático de la mirada es el mundo. En él, la mirada
organizará jerárquicamente sus ingredientes y
acontecimientos, dirigida por la fantasía pero
inicialmente, de raíz, apoyada en la creencia. De ella
surgirán la matemática, la ciencia, la religión, productos
fantásticos en todo el sentido de la palabra, que poseen,
no obstante un ajuste suficiente a la realidad para hacer
posible nuestra acción en el mundo. Por su parte, la
realidad en sí constituye un enigma y las cosas son
puntos de referencia, elementos de control sobre nuestros
mundos interiores creados por la fantasía, que son los que
arrojarán luz sobre la circunstancia y la convierten en
mundo.
De otro lado, la actitud pragmatista parte del abandono de
toda especulación abstracta que no haga referencia al
hombre y rechaza, toda solución meramente verbal de los
problemas. Es el hombre, o, mejor, la vida, la medida de
todas las cosas, como quería Protágoras, a quien recuerda
Ortega, quien consideró como “el tema de nuestro
tiempo” la lucha contra todo idealismo. La filosofía
pragmatista busca y persigue nuestra orientación en el
mundo. De ahí que dicha actitud pueda haber sido -y lo ha
sido de hecho- calificada de relativismo, al pretender no
admitir verdades absolutas, intemporales, utópicas o
ucrónicas.
Conocemos un ente, por ejemplo, la substancia, por sus
accidentes, esto es, por lo hay en él que incide sobre
nosotros. Para esta actitud “ser” equivale a
sernos. “Ser es lo que “nos es” y en
realidad, cuando digo algo del mundo lo digo de mí. La
misma noción de “cosa” ha de entenderse como
aquello que me resiste y me asiste. El significado de las
cosas son las sensaciones que recibimos de ellas, la
dificultad o facilidad que suponen en mi vida.
Ello no significa que lo que defiende el pragmatismo es que
se afirma la verdad de un concepto cuando responde a mi
utilidad práctica. Es aquí donde radicaría la crítica
fácil: la verdad lo es relación con un sistema de
realidades. La verdad no es “eterna” sino en
relación al hombre (entendido el término en sentido
general). La afirmación es verdadera cuando está de acuerdo
con los objetos de la experiencia (adecuación a la
realidad). Una idea es verdadera o falsa: ¿qué consecuencia
tiene ello en la vida del individuo? Son verdaderas
aquellas que podemos validar o invalidar, asimilar,
verificar.... Por tanto la verdad de una idea no es una
propiedad estática suya, sino algo que le sucede a las
cosas, que llegan a ser verdadera. Su validez es procesual.
De ahí que el pragmatismo incluya un ingrediente realista:
para el pragmatismo una idea es cierta cuando está de
acuerdo con la realidad, pero para él no hay un orden de
verdades trascendentes. Cuando habla de verdades eternas,
se refiere a verdades que siempre serán válidas mientras el
hombre exista. Pero adecuación no es sólo copia, significa
ser guiado hacia la cosa, ser colocado en contacto activo
con ella para manejarla. Toda verdad es relativa al ser del
hombre. Pero las cosas tienen un ser y cuando se relacionan
con el hombre éste descubre la verdad, lo que indica que en
las cosas hay verdad. No puede encontrarse la verdad sin
relación al hombre, pero tampoco prescindiendo de su
objetividad.
J.Mª Atencia Páez

