Marina Abad, Universidad de Málaga
Para llevar a
cabo un análisis de la situación actual de las empresas,
del papel que desempeñan, y del que deberían desempeñar,
Polo desentraña este tipo de organización para llegar a
aquella unidad, esencial e indivisible, de la que se
compone la empresa: la persona.
Como conclusión a la primera sección decir que, con
respecto a las distintas organizaciones humanas que han
tenido lugar a lo largo de la historia (políticas,
económicas y sociales), si se atiende a cada una de las
etapas que se han dado, en cada una de ellas, se presenta
un posible ejemplo a imitar o a evitar, lo que no ha
supuesto rémora alguna para que, después de un determinado
tiempo, hayan quedado obsoletas. El hombre puede aprender
de sus errores y mejorar, pero sin aferrarse a esta
dinámica como un óbice que le impida innovar. Así pues,
ante la preeminencia del pasado diremos que cualquier
tiempo pasado fue anterior.
El estudio antropológico que se plantea en la segunda
sección establece las pautas a seguir para que la persona
alcance unos niveles de crecimiento adecuados, lo que se
extrapolará a la empresa en cuanto que organización formada
por personas. Dichas pautas se corresponden con la correcta
organización de los ámbitos de la libertad humana, a saber,
el espacio, la intimidad, la destinación y el tiempo.
La organización espacio-temporal supone una dificultad de
primer orden: la coordinación de ambas. La organización del
espacio sigue el modelo reticular, el tiempo ha de
organizarse en orden al crecimiento, el problema que
subyace es que la organización del espacio suponga un gasto
de tiempo; este gasto se salva cuando la persona aporta, no
hay que olvidar que es un ser donal. Así, se propone la
generosidad como agente armonizador, evitando a su vez una
organización aporética.
La intimidad de la persona pone de manifiesto,
literalmente, lo que la persona es. Cómo pone de manifiesto
su ser la persona, la respuesta es cuanto menos,
fascinante: por medio de la apertura, que es la libertad
personal. La conjunción de las aportaciones personales, que
tienen como base la libertad personal, dará como resultado
el bien común. Rescatando una frase de Polo: la muerte de
la libertad es la soledad, la intimidad no se ha de
entender como una tendencia solipsista, todo lo contrario,
la intimidad es un darse al otro, manteniéndose el yo. Pero
esto no acaba aquí, la persona puede ir más lejos a través
de la destinación.
El cenit del hombre como ser espiritual tiene lugar en el
encuentro con Dios; la clave para entender esto es lo
divino que hay en el hombre y que le permite dicho
encuentro y mantenerse ante Dios, no se trata de que el
culmen de la persona trascendente se logre mediante un
agente externo, justamente al revés, la destinación recae
sobre la intimidad de manera que lo esencial, el principio,
y el fin, el destino, son inherentes al ser humano.
De entre todo lo expuesto se presta especial, que no
espacial, atención al crecimiento, el porqué no es una
cuestión baladí. El crecimiento humano se puede entender en
su faceta biológica o cognoscitiva. Sin ánimo de
menospreciar la primera, es la segunda la que cobra
relevancia ya que da lugar a un tercer tipo de crecimiento,
el que tiene lugar a partir de los hábitos. A través de
éste se da un crecimiento que trasciende, que va más allá
de los fines inmediatos. En la primera sección ya se
menciona la afinidad entre los hábitos intelectuales y el
capital: éste se define como la clase de dinero que genera
dinero y aquellos se definen como potenciación de la
facultad; ambos se dirigen al enriquecimiento.
Además de los ya mencionados hábitos intelectuales están
los hábitos de la voluntad. También al decidir el hombre se
manifiesta, no obstante lo hace de manera distinta a como
se manifiesta intelectualmente. El yo es inmanente al acto
voluntario, al querer se produce una apertura a lo otro, de
ahí la novedad del querer que, en cierto sentido, permite
el crecimiento. Al pensar el hombre puede perfeccionar, a
sí mismo y al mundo en el que habita (el perfeccionador
perfectible); así mismo el hombre, al querer, puede querer
mejor; así el querer es querer medio, cuyo fin es el
servir, prestar un servicio a lo otro que se completa con
la correspondencia. El querer correspondido es el amar, que
con el amor completa al ser.
Entonces, los hábitos de la voluntad se identifican con las
virtudes morales: Polo hace mención de tres de ellas: la
justicia, o capacidad de interesarme por la felicidad
ajena; la piedad, el reconocimiento de un don al que no
iguala la propia capacidad de aportar; y finalmente, la
gloria, que marca como la tendencia del hombre señala lo
otro como a aquello que en definitiva le supera y merece
incondicionada estima. La justicia se asocia a la piedad y
a la gloria para conferir al hombre su validez como
persona.
Cabría decir ahora que todo lo expuesto, cómo desarrolla la
persona los ámbitos de su libertad, se aplica en la empresa
que, a fin de cuentas, en una organización formada por
personas; pero es que, por desgracia, no cabe decirlo. Se
señalan varios porqués: el descuido de los hábitos, la
obsesión espacialista o la subordinación del tiempo a la
organización reticular... la unión de estos factores
desemboca en lo que Polo denomina “atasco”. Si
buscamos este término en el diccionario su primera acepción
lo define como “impedimento que no permite el
paso”, lo curioso de la situación es que, en este
caso, son las propias personas las que no permiten el paso,
de qué, de nada, este es el verdadero problema, que no pasa
nada.
El Estado se muestra incapaz de solucionar el problema, el
intervencionismo no haría más que empeorar la situación; la
técnica lejos de subordinarse a la empresa, la doblega; los
sindicatos, por su parte, acaban siendo una masa de
trabajadores obcecada en conseguir mejoras salariales,
aunque ello comporte el empobrecimiento de otros aspectos,
tanto propios como respecto del resto de la empresa (se
supone que son formaciones que tratan de pactar acuerdos
beneficiosos para ellos y para la empresa).
El panorama es desolador, se cumple firmemente el dicho
“errar es humano”. Afortunadamente Polo propone
una solución: alcanzar el fin en común. Si la empresa se
compone de hombres (hombres libres), éstos tienen que
funcionar como un todo, no como una unión heterogénea de
partes que buscan su propio beneficio. El beneficio
individual es una quimera, o quizá no sea imposible, pero
es absurdo como vehículo para llegar al bien común; la
felicidad solo es real si se comparte. Si la razón asume
esto, y la voluntad lo aplica prácticamente, entonces la
empresa cumple su cometido, dirigir la mirada al bien común
y velar por él. Esta idea puede incluirse en un estudio
antropológico, en un tratado de economía o en un ensayo
filosófico, cualquier disciplina o ciencia es una obra
humana, y las obras tienen un fin, y el bien común ha de
ser el objetivo último de cualquier iniciativa humana. Sí,
puede que errar sea humano, no obstante, Polo abre una vía
de esperanza, porque será que acertar también lo es.
Marina Abad
Universidad de Málaga
