RUIZ CALLEJÓN,
Encarnación; Nietzsche y la filosofia práctica. La moral
aristocrática como búsqueda de la salud, Universidad de
Granada, Granada, 2004, 333 pp.
Luís Enrique de
Santiago Guervós
La reciente
aparición de esta obra sobre Nietzsche viene a confirmar
algo que parece evidente: el interés cada vez más creciente
de los jóvenes investigadores por la filosofía de
Nietzsche. En los últimos años venimos asistiendo a una
serie de publicaciones que nos van proporcionando nuevas
perspectivas de la obra nietzscheana, enriqueciendo el
panorama de los estudios sobre Nietzsche en España.
Encarnación Ruiz pertenece a esta joven generación, que
inicia su actividad investigadora con un trabajo de estas
características. El tema central, “la moral
aristocrática”, podría muy bien haber llevado como
título: cómo aprender a sentir de otra manera, lo que
probablemente le hubiera proporcionado mayor atractivo.
Pues en realidad, la propuesta de la autora es desgranar
esa nueva “moral” que implica, en primer lugar
una crítica, es decir, “cambiar lo aprendido”,
o aprender a desandar lo andado, con todas las
consecuencias que esa transformación conlleva, y en segundo
lugar una tarea constructiva, creativa.
En este caso, y como casi siempre, los términos en
Nietzsche se prestan a equívocos por la carga semántica y
polisémica que generan según los determinados contextos.
Cuando se habla de “moral aristocrática” hay
que evitar pensar los términos en sentido metafísico y en
sentido político. No se trata de un conjunto de reglas
morales para llegar a ser eso, un ser especial, sino, como
dice la autora, se trata “del relato de una opción
vital”. Por lo tanto, desde un principio, esa forma
de moral que Nietzsche nos presenta como alternativa a la
moral, que es expresión de la metafísica, está en estrecha
relación con la vida y como tal hay que considerarla, como
un síntoma de vida. De ahí los términos análogos que
utiliza Nietzsche cuando habla de la “moral de los
señores”, de la “moral de los fuertes”,
“moral heroica”, etc. Todos esos términos
expresan matices de una manera distinta de vivir y de
valorar. Lo que parece claro, entonces, es que el término
“aristocrático” no hace referencia a las clases
sociales, sino que dicho término selecciona y discrimina,
pero no a posteriori sino por naturaleza. Por eso defiende
el derecho a la diferencia, a ser diferentes, porque elegir
determina lo que somos frente a la vida. Y dentro de esas
formas posibles de enfrentarse o estar en la realidad,
tenemos el modo de ser que Nietzsche llama
“aristocrático” y, justamente, ese será, según
la autora, el que va a revindicar como propuesta ética. Por
lo tanto, que nadie piense, ni busque en Nietzsche un
cuadro doctrinal acabado de la nueva moral que propugna,
sino más bien lo que va a encontrar es el trazado de un
camino peligroso, lleno de soledad e indiferencia, pero es
un camino que está abierto a todos pero que no es para
todos. Pero antes de nada es necesario probar y demostrar
que se trata de un camino posible para afirmar la vida, es
decir en el que se pueda vivir con esa moral y, además, hay
que probar la manera en la que se pude vivir.
El libro se articula en torno a dos partes bien definidas.
La primera analiza los supuestos de la moral aristocrática
(pp. 23-202) y la segunda parte estudia las características
de dicha moral (pp. 203-299). Con este planteamiento se
pone en movimiento el análisis de la crítica de Nietzsche
desde sus primeros escritos a la situación cultural de su
época, producto de una “pseudocultura
filistea”. Entre los distintos aspectos de la crítica
hay que enumerar: la crítica a las pretensiones de la
ciencia filológica, a la formación de la juventud, a la
educación en los centros de formación y sus instituciones,
todo ello fruto de una cultura alejandrina mediocre. La
autora, en este contexto, sitúa el problema de la verdad
como uno de los pilares que vertebran el pensamiento de
Nietzsche, analizándolo desde tres planos distintos, que
son sus tres obras: El nacimiento de la tragedia, Sobre
verdad y mentira en sentido extramoral, y la Genealogía de
la Moral. Primero nos encontramos con la verdad como
convección, o la verdad filistea; luego la experiencia de
la verdad como sufrimiento en el arte. El problema de la
verdad se desplaza hacia el arte evitando el nihilismo y
esteticismo. Después se analiza la verdad en relación a la
sociedad y el lenguaje. Es la ocasión en la que Nietzsche
lleva a cabo una investigación genealógica del conocimiento
y su reducción a lenguaje y retórica. Pero con todo, la
autora tampoco se olvida de que en el fondo Nietzsche sigue
pensando en el arte como paradigma de la nueva filosofía
del futuro y como el revulsivo de cualquier transformación
social e individual. Y por último, y en el contexto de la
Genealogía de la Moral, Nietzsche pone en relación la
verdad con el valor El razonamiento parece claro: la verdad
es un valor, pero los valores son “formas de
vida”. Y de esta forma el problema de la verdad se
transforma en un problema moral.
Sobre esta base sólida, en la que se han expuesto, como
hemos señalado, aspectos fundamentales de la filosofía de
Nietzsche, Encarnación Ruiz pasa a describir lo que
consideramos que es lo verdaderamente novedoso en este
trabajo: el sentido de la “moral
aristocrática”. Entre las características de la moral
aristocrática, el “espíritu libre” vendría a
ser como el primer estadio previo que se comienza a
perfilar a partir de Humano demasiado humano. Con el
“espíritu libre” se da como un proceso de
liberación, cuyo primer síntoma es algo así como una
conmoción interna que provoca la recuperación de la salud.
Esa liberación primero afecta a los cimientos y desde ahí
surge esa nueva forma de sentir, cuyo primer síntoma son
los sentimientos encontrados como miedo-alegría, odio-amor,
etc. (p.222). El espíritu libre tiene que olvidar, dejar de
sentir de una determinada manera. Y es precisamente él, el
que puede experimentar el “pathos de la
distancia”, pues él también impone la jerarquía, la
jerarquía natural entre los hombres, que establecen las
diferentes formas de vida, pues para vivir de otro modo se
requiere fuerza, un hombre ennoblecido (p. 265), y para
aprender a sentir de otra manera, no significa quererlo,
hay que poder, y para Nietzsche no puede cualquiera. Es
como si nos viniese a decir, que hay que ser de una u otra
forma para aprender a sentir de otra manera. Pero a pesar
de todo, y a largo plazo, la moral aristocrática es una
tarea “educativa” que nos enseña, precisamente
a eso: a “sentir de otra manera”, es la manera
en que mediante la educación del amor propio, mediante la
tarea de esculpir el propio egoísmo el espíritu libre irá
fortaleciendo su espíritu. Y en este sentido las
valoraciones revelan el tipo de moral que rige su
naturaleza. La especie dominante es aristocrática, porque
en le fondo son los estados anímicos elevados y orgullosos
los que distinguen, diferencian; con cada valoración afirma
su naturaleza, pues ella es realmente la
“creadora” de los valores. En este sentido,
para Nietzsche las valoraciones de un hombre ponen de
manifiesto lo que es, su voluntad de poder ascendente.
Pero esta moral parece que choca con algo paradójico: ¿Cómo
es posible hablar de moral y negar la compasión? Este es
uno de los aspectos relevantes que nos puede ayudar a
comprender la moral aristocrática y un tema que enfrenta a
Nietzsche con su maestro Schopenhauer, la “moral de
la compasión”. La autora analiza con gran claridad
(p. 244 ss y 289ss ) el problema de cómo es posible
establecer un programa moral negando la
“compasión”. Nietzsche rechaza la compasión
entendida como altruismo, porque implica la negación de la
fuerza genuina del individuo, porque se trata de un
sentimiento que debilita y crece en el contexto del dolor y
del sufrimiento, es un afecto depresivo. Pertenece a un
tipo de filosofía nihilista, pues en realidad la praxis del
nihilismo es la “compasión”. Pero Nietzsche,
sin embargo, utiliza el término “piedad”, en el
sentido de veneración y respeto, como un afecto positivo
que se experimenta ante lo sagrado, ante lo insondable de
la existencia, ante la grandeza de la naturaleza humana. Es
en este sentido como el noble siente respeto de sí mismo,
siente por sí mismo, pero no puede sentir por los demás.
Ante la radicalidad de un pensamiento de estas
características, de nuevo Nietzsche recurre al pragmatismo
para encontrar una salida provisional a sus propias
contradicciones. Aunque la verdad absoluta sea algo
imposible, aunque las palabras sean residuos de metáforas,
aunque los conceptos no digan nada de lo que es la
realidad, no podemos renunciar ni a la verdad, ni a las
palabras, ni a los conceptos, porque sería imposible vivir
y soportar la existencia sin alguna forma de velamiento. Y
aquí es donde de nuevo aparece el arte, con una fuerza
inexorablemente “necesaria”. La autora es
consciente de la complejidad del arte. Pero no creo que se
pueda achacar tal complejidad (p.229) al campo semántico
del arte. Se da una evolución, una perspectiva que gira en
un sentido y en otro. Y es que esa renovación y
transformación de la que habla Nietzsche se realiza
mediante el paradigma del arte. Y si esto es así hubiera
sido interesante haber seguido investigando en esa línea, y
abordar directamente la moral aristocrática desde la
perspectiva estética. Si el arte simboliza el
comportamiento humano fundamental, porque es imposición de
formas e incluye procesos de asimilación, ¿por qué no
interpretar la moral aristocrática desde el arte? ¿No se
podría reducir, entonces, la moral aristocrática al arte?
¿Acaso la obra del hombre aristocrático no es un instintivo
crear formas, algo dotado de vida? Pues si crear es
expresión de lo que se es (284), los nobles crean en la
medida de lo que son, y la belleza no es más que la
proyección hacia fura de lo que el hombre guarda dentro de
sí mismo. Y en este contexto es donde surge lo que
podríamos llamar la justificación de la moral aristocrática
por el arte.¿Por qué? Porque lo bello no es más que la
repetición de la concepción que el individuo tiene de sí
mismo, una especie de vaciado de los propios valores. La
relación del “hombre aristocrático” con la
belleza es algo originario, pues en realidad la belleza es
un medio de la afirmación de sí mismo. Pero ¿en qué
sentido? Lo que crea el hombre aristocrático es otro de sí
mismo, pues en lo bello se adora a sí mismo, se pone a sí
mismo como medida de perfección. Por eso para Nietzsche el
arte es la alternativa al ideal ascético que niega la vida.
Esculpirse a sí mismo, esculpir el propio egoísmo o amor
propio, esa es en definitiva la esencia de la “moral
aristocrática”, “hacer cada uno a su manera lo
mejor que pueda por sí mismo”. Por eso mismo,
Nietzsche sigue insistiendo en que lo que verdaderamente
define al hombre aristocrático es un “talante”,
una certeza que tiene de sí mismo, el respeto de sí mismo.
Es, por eso, por lo que la virtud más propia del hombre
aristocrático será la probidad
Y por último, se desvela, mediante lo que Nietzsche
denomina la “ciencia de la salud”, la clave
última, según la autora, de la moral aristocrática. La
salud está ligada a los valores aristocráticos y como tales
establecer la salud es un arte. La salud tal y como la
entiende Nietzsche es una cuestión ajena al aprendizaje.
Está fuera de nuestro alcance. “Aprender a vivir de
otra manera” ya no es asunto de la voluntad, es una
cuestión ajena al aprendizaje”, pero entonces si no
se puede aprender, si se es o no se es, si está fuera de
nuestro alcance, la moral aristocrática, al final, es una
cuestión de poder, y no de querer, es cuestión de ser sano,
no de aprender. De nuevo, tanto la autora como Nietzsche
nos dejan en la mayor de las perplejidades: ¿no se pude,
entonces, aprender a ser aristócrata? ¿Para “vivir de
otra manera” hay que “ser de otra
manera”? No basta con proponérselo, hay que poder
serlo. Y en este mismo sentido nos plantea también
Nietzsche la última condición de la gran salud: la
“ligereza”. Es la alternativa del último
Nietzsche a la gravedad y pesadez del norte, que
continuamente nos debilita, y que se mezcla con las
actividades ligeras de la música, la música del Sur, con la
danza, la risa, el juego, todo lo que Zaratustra nos ha
venido a enseñar para que el hombre pueda trascenderse a sí
mismo. Pero como valor aristocrático, la
“ligereza”, el “ser ligero” lo es
por naturaleza, pero también por aprendizaje, especialmente
por el arte. Posiblemente haya que buscar de nuevo aquí la
clave para comprender esa “moral aristocrática”
que nos propone Nietzsche: la “moral ligera”,
frente a la “moral grave”. Y de nuevo hay que
seguir pensando que en el fondo nunca hay que perder de
vista que como telón de fondo de cualquier moral, en
concreto, de la “moral aristocrática” está
también la vida. El amor que Nietzsche profesaba a la vida
es lo único que nos puede sacar de cualquier forma de
perplejidad.
Luís Enrique de
Santiago Guervós
