ALBIAC, Gabriel; Diccionario de adioses, Seix Barral, Barcelona 2005, 411 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

¿Puede la teoría literaria evitar los efectos contraproducentes de sus metarrelatos historicistas afirmando el carácter meramente ficcional de sus respectivos postulados metahistóricos, sin provocar a su vez un relativismo narrativo aún más pernicioso? Para justificar esta posibilidad el Diccionario de adioses lleva a cabo una reflexión metaliteraria sobre la gran paradoja que dieron lugar los proyectos metahistóricos ilustrados por generar un dilema entre una de estas dos posibilidades: o bien se justifica la narrativa literaria en virtud de unos postulados metahistóricos validos por sí mismos, a sabiendas de los inevitables efectos contraproducentes que pueden producir sus respectivos metarrelatos historicistas; o por el contrario se opta por esta segunda posibilidad: atribuir a los mecanismos básicos de la narrativa literaria y a sus respectivas proyecciones historicistas un carácter en sí mismo ficcional y falibilista, a pesar de seguir justificando esta misma necesidad antropológica a partir de unos postulados metahistóricos igualmente ficticios, sin cuya mediación tampoco sería posible relativizar el carácter meramente ficcional y falibilista de aquellas narraciones literarias.

Albiac recurre a esta última solución cuando atribuye al refulgir de los adioses ('A Dios') la capacidad ficcional y falibilista de suplantar al narrador más allá de la muerte. En estos casos se genera en el lector la ilusión ficticia de ejercer un dominio sobre el propio destino y el de los demás, aunque para justificar esta posibilidad sea necesario remitirse a unos ideales regulativos igualmente ficticios. De todos modos ahora también se hace notar como el ejercicio de esta ulterior capacidad reflexiva con frecuencia se vuelve contraproducente y dar lugar a numerosos malentendidos, por ejemplo: 1) las ficciones narrativas pueden provocar un exilio interior y exterior, mediante el que se espera recuperar lo mejor de uno mismo y de los demás, aunque sin poder ya desandar la distancia generada por este mismo proceso; 2) consideran como idéntico a lo múltiple, dándole un tratamiento uniforme y dejándose llevar por unos presupuestos metaliterarios de tipo fascista; 3) fomentan una tendencia idolátrica a sacralizar el propio yo, como si de este modo se pudiera devolver al sujeto humano la identidad perdida, cuando más bien se genera una corrosión aún mayor de uno mismo; 4) se acepta una alianza implícita con el terror y una judeofobia en sí misma excluyente, aunque se disfrace de humanitarismo (De Dreyfus a Yenin); 5) se utiliza la narrativa política para exaltar la guerra, la muerte y la nada; 6) o para incrementar aún más la egolatría y la falsa ilusión de un cambio total, dando lugar a una desproporcionada absolutización de la narrativa revolucionaria; 7) o los revolucionarios se rodean de un aura heroica, cuando con frecuencia se dejan llevar por una retórica automática y despersonalizada; 8) o, finalmente, provocan una atracción irresistible por el refulgir ilusionado de un cielo secularizado de suyo imposible, que conduce a un terror(ismo), suicida o no, donde se radicaliza la paradoja del adiós hasta extremos nunca pensados, ya se trate del terror rojo, fascista o de la Yihad islámica.

Para concluir una reflexión crítica. Albiac atribuye a toda narrativa literaria un carácter meramente ficcional, sin poder evitar la aparición de un relativismo valorativo aún más contraproducente. Hasta el punto de no poder garantizar un horizonte de sentido que a su vez haga posible legibilidad del mundo, de la historia o de las instituciones de la sociedad civil en las que por ejemplo todavía seguía confiando Espinoza, aunque fuera de un modo meramente instrumental. Albiac parece prolongar a este respecto los mismos mecanismos desactivadores usados por Espinoza para neutralizar el temor de la muerte en un contexto postmoderno muy distinto, donde los antiguos contrapesos que en su caso permitían reorientar este tipo de procesos tampoco se pueden aceptar por volverse en sí mismos contraproducentes. Y a este respecto cabe preguntarse: ¿Se puede seguir postulando una inversión ficcional del sentido de la historia que logre evitar los efectos contraproducentes de los metarrelatos comunistas, fascistas o de la Yihad islámica, cuando ello supondría fomentar un relativismo valorativo de carácter opuesto, pero igualmente irresponsable?