Filosofía de la educación
Melendo, Tomás, Ámbito natural de la educación: la familia, Trillas, México 2008; 166 pp.
28 de März de 2009. 07:13 nachm.
Tomás Melendo desarrolla su obra en torno a cinco partes. Cada parte se desarrolla en torno a una serie de capítulos: la primera parte, cuyo titulo se titula familia, amor y persona, está compuesta por cinco capítulos las cuales desglosaremos después, la segunda parte titulada; amor conyugal, amor familiar, se compone solo de tres capítulos, la tercera parte: Con la fuerza de la familia, se desarrolla en torno a siete capítulos, la cuarta parte enunciada: El colegio, familia de las familias compuesta por cinco capítulos, y la última parte, El núcleo de la orientación familiar, desarrolla los dos últimos capítulos.
PRIMERA PARTE: FAMILIAR, AMOR Y PERSONA.
Establece Tomás Melendo que los elementos amor, persona, familia y ser son inseparables. El Amor Divino fue la causa del origen del Cosmos, es el amor la primera y última causa que hace que el hombre sea persona, pero esto no es suficiente para el hombre, el hombre necesita que ese amor que la convierta en persona vaya unido al cálido amor de una familia donde el individuo se perfecciona cada vez mas como persona.
Junto al amor, la persona y la familia se encuentra la necesidad del ser como realidad independiente. El Hombre, al contrario del animal, es por naturaleza altruista, es decir, tiende a entregarse a los demás por la simple satisfacción del otro, el animal tiende a su propia supervivencia, es egoísta, solo se preocupa de aquello que le afecta en mayor o en menor medida. El Hombre es capax entis, ve las realidades con independencia propia.
Un mal de nuestra sociedad que nos lleva a la crisis familiar y social es el olvido del ser provocado por un subjetivismo egoísta que nos lleva a centrarnos en nuestro propio bien, nuestro beneficio sin tener en cuenta la independencia del otro de la cual nos apropiamos y no dejamos que ésta se desarrolle debidamente.
SEGUNDA PARTE: AMOR CONYUGAL, AMOR FAMILIAR.
El hombre es una criatura que tiende a su propia perfección espiritual, para ello necesita del amor, el cual es capaz de hacer que un hombre en el seno familiar se constituya como persona y pueda entregarse a todo cuanto le rodea.
La familia es la unión de dos personas de sexos diferentes que quieren unirse de por vida. Se pueden distinguir dos tipos de amores: el amor natural que tiene siempre a la subordinación de alguna de las dos personas causada por el egoísmo del otro. El egoísmo tiende a suprimir el espíritu de la otra persona que la consume y la deja a un nivel infrahumano, por otro lado nos encontramos el amor espiritual que hace que el hombre se desarrolle como persona, es la causa de que el hombre tienda a entregarse. La raíz del amor espiritual es el Amor Divino.
El amor espiritual nos lleva a la necesidad de consolidar el sagrado matrimonio, del cual surgen los hijos, fruto del amor conyugal. La familia debe desarrollar los miembros que la componen.
TERCERA PARTE: CON LA FUERZA DE LA FAMILIA.
La familia, nueva civilización, la civilización del amor. Con estas palabras Tomás Melendo comienza su defensa por la familia, la cual se encuentra en crisis en la sociedad actual.
El principal de los problemas que existen en nuestra cultural es el pensar que la familia es una institución para débiles que necesitan estar con otras personas por propia fragilidad. Se debe radicalizar este pensamiento, opina Melendo, pues la familia es una institución necesaria para cualquier ser humano pues es ahí donde éste desarrolla todo su potencial con la ayuda del amor familiar.
Las personas son necesarias para una sociedad pues sin éstas no existiría sociedad alguna, pero para que existan las personas es necesaria la familia, pues son éstas las encargadas de dicha labor, por lo tanto, sin familias, que formen personas, tampoco es posible la civilización. Debemos creer en la familia, volver a personalizar las conciencias del hombre despersonalizadas por el subjetivismo actual.
CUARTA PARTE: EL COLEGIO, FAMILIA DE LAS FAMILIAS.
Las instituciones educativas deben enseñar a las familias a ser mejores familias pues solo de éste modo se lleva al individuo a desarrollarse como persona. El derecho esencial del hijo es disfrutar del amor conyugal, pues así el hijo se desarrolla como persona.
Los padres deben depositar toda su confianza en el hijo, dispuestos a sufrir cada uno de los fracasos que éste cometa en su vida, pensar que los sufrimientos que Dios nos envía nos elevan como personas. Animar a los hijos en todo aquello que se propongan es nuestra labor como padres, expone Tomás Melendo.
Los hijos deben ser recompensados con la persona de los padres y con la confianza, así como con el apoyo, pleno y seguro de estos.
QUINTA PARTE: EL NÚCLEO DE LA ORIENTACIÓN FAMILIAR.
El núcleo de cada familia es el amor entre los distintos miembros. Los orientadores deben hacer entender que son ellos la causa del fracaso de sus hijos pues es síntoma de algún fallo en el amor conyugal. La clave es el amor puro entre los cónyuges que se entregan ambos al hijo como si su amor formara una única persona y unión. Los hijos solo deben exigir la entrega del propio ser del amor paternal.
Muchos problemas educativos vienen causados porque el amor entre sus padres no es concebido como si formaran una única persona, pensar que los defectos y virtudes de ambos son parte de esta persona que ellos con su amor han creado y que entregan al hijo, este es el principal motivo de porqué debemos perdonar. Amar solo se paga amando.
La familia tiene una gran influencia en la sociedad pues estas caracterizan a la civilización del lugar. Todas las relaciones humanas se alimentan y desarrollan en el ámbito familiar. La tarea de personalizar la conciencia despersonalizada moderna del hombre es labor de los centros educativos. La labor del orientador es orientar a las familias.
María Jesús Benítez
Izaguirre, J. M., Morós, E.R., La acción educativa según la antropología trascendental de Leonardo Polo, Cuadernos de anuario filosófico, serie universitaria, nº 197, Universidad de Navarra, Pamplona 2007; 157 pp.
02 de Dezember de 2007. 06:47 nachm.
por Juan A. García González
Los autores nos ofrecen en este cuaderno del anuario filosófico un interesante estudio sobre la educación, enfocada desde la antropología poliana.
El libro tiene la siguiente estructura. Una amplia introducción que justifica el planteamiento de este trabajo con el enfoque dicho, presentando de una manera global algunas claves de la antropología poliana relevantes para la consideración de la acción educativa.
A la introducción siguen seis capítulos que entiendo agrupados en tres bloques.
El primero lo forman los dos primeros capítulos, que por una parte analizan la noción de educación, y cómo en ella se conjugan las dimensiones teóricas y prácticas del saber: la pedagogía es ciencia y también arte. Y por otra parte encuadran la educación dentro del conjunto de la vida humana: la de un ser que es hijo, que nace inacabado, débil, menesteroso; y así abierto al tiempo, en el que se desarrolla y perfecciona hasta lograr su plenitud.
El segundo bloque lo constituyen los capítulos tercero, cuarto y quinto, redactados al hilo de tres de los que Polo llama trascendentales antropológicos: el amar, el intelecto y la libertad personales. Llama la atención en este bloque la amplitud temática que han logrado los autores: la cantidad de cuestiones, temas, aspectos de la realidad humana que han sabido enlazar con esos tres trascendentales personales. La educación de la afectividad, de la imaginación o del interés; la importancia educativa del juego, las matemáticas o la sociabilidad; el encuentro personal con la verdad, la conciliación de la individualidad con su entorno, la importancia de la familia y el hogar, etc. Muchas dimensiones relevantes en la formación de las personas, bien conectadas con esas tres perfecciones del ser personal subrayadas por Polo.
El último capítulo del libro viene a ser como un tercer bloque del trabajo dedicado a la virtud, principalmente a las virtudes cardinales, pues en la virtud se cifra el crecimiento humano: ese hijo inicialmente desvalido, puede llevar una vida humana lograda cuando alcanza las virtudes que le permiten gobernar, manejar su vida adecuadamente. Así definió Tomás de Aquino la educación: conducción y promoción de la prole al estado perfecto del hombre, que es el estado de virtud (p. 25).
Por su lenguaje sencillo, por las frecuentes enumeraciones o clasificaciones que ordenan los contenidos, y por lo asequible de la exposición que los autores han logrado, el libro me parece de grata lectura, no sólo para filósofos, sino para cualquier persona culta, y en especial para educadores y teóricos de la educación o interesados en el tema.
De las múltiples ideas que el libro pone en juego, y que tan sugerentes pueden resultar a los educadores, quiero añadir algo a tres de ellas.
Primero, a la importancia del juego en la educación familiar, que ha sido destacada por Polo y recogida en este libro (el valor pedagógico del juego estriba en que vincula los afectos a la actividad, p. 75). Más en general, también es conveniente cierta actitud lúdica en la vida, para relativizar éxitos y fracasos, momentáneos y coyunturales; eso ayuda a crecer, porque crecer es mantener la unidad de la propia vida en la multiplicidad de circunstancias en que nos toca vivirla: ser fiel y constante a un proyecto, sin descentrarse por sus avatares. Pero, en cambio, ni el proyecto vital que conforma una vida humana, ni la educación que prepara su acometida, son un juego, o asunto de poca monta; no sería deseable confundir ambos extremos.
En segundo lugar, el doble sentido del término educación (educere, sacar de dentro, y educare, alimentar más bien desde fuera, p. 23) menciona dos factores complementarios e inseparables de la educación: no se puede sacar algo de los niños, sin formarlos y conducirlos de una particular manera. Este parecer inscribe la educación, ese ayudar a los niños a crecer, dentro del ámbito más general de la transmisión de la vida. En ese ámbito los niños son parásitos que viven de la vida de sus padres y profesores; el embarazo antes del nacimiento es simbólico en este sentido. Pues después de la vida natural, lo mismo pasa con la espiritual, con la vida psíquica y cultural: los hijos aprenden de la vida de sus progenitores y maestros. No se les puede ayudar a crecer, sin crecimiento propio, sin la vitalidad interna de los educadores.
Finalmente, Polo termina su libro Ayudar a crecer hablando de la necesidad de la educación religiosa, porque si uno prescinde de Dios, prescinde de sí mismo: hay que enseñar al niño a rezar (p. 224). En cambio los autores de este libro dejan claro, sí, que el hombre es hijo de Dios; pero no tanto que está hecho para él. El sentido final de la educación, como el de toda la vida humana, es Dios. Porque educamos a los hijos, queremos para ellos la virtud, a fin de corresponder a la predilección divina que los creó, y para que, llegado el momento, puedan relacionarse cumplidamente con él. Sin ese destino final, la tarea educativa pierde bastante interés.
Juan A. García González
Los autores nos ofrecen en este cuaderno del anuario filosófico un interesante estudio sobre la educación, enfocada desde la antropología poliana.
El libro tiene la siguiente estructura. Una amplia introducción que justifica el planteamiento de este trabajo con el enfoque dicho, presentando de una manera global algunas claves de la antropología poliana relevantes para la consideración de la acción educativa.
A la introducción siguen seis capítulos que entiendo agrupados en tres bloques.
El primero lo forman los dos primeros capítulos, que por una parte analizan la noción de educación, y cómo en ella se conjugan las dimensiones teóricas y prácticas del saber: la pedagogía es ciencia y también arte. Y por otra parte encuadran la educación dentro del conjunto de la vida humana: la de un ser que es hijo, que nace inacabado, débil, menesteroso; y así abierto al tiempo, en el que se desarrolla y perfecciona hasta lograr su plenitud.
El segundo bloque lo constituyen los capítulos tercero, cuarto y quinto, redactados al hilo de tres de los que Polo llama trascendentales antropológicos: el amar, el intelecto y la libertad personales. Llama la atención en este bloque la amplitud temática que han logrado los autores: la cantidad de cuestiones, temas, aspectos de la realidad humana que han sabido enlazar con esos tres trascendentales personales. La educación de la afectividad, de la imaginación o del interés; la importancia educativa del juego, las matemáticas o la sociabilidad; el encuentro personal con la verdad, la conciliación de la individualidad con su entorno, la importancia de la familia y el hogar, etc. Muchas dimensiones relevantes en la formación de las personas, bien conectadas con esas tres perfecciones del ser personal subrayadas por Polo.
El último capítulo del libro viene a ser como un tercer bloque del trabajo dedicado a la virtud, principalmente a las virtudes cardinales, pues en la virtud se cifra el crecimiento humano: ese hijo inicialmente desvalido, puede llevar una vida humana lograda cuando alcanza las virtudes que le permiten gobernar, manejar su vida adecuadamente. Así definió Tomás de Aquino la educación: conducción y promoción de la prole al estado perfecto del hombre, que es el estado de virtud (p. 25).
Por su lenguaje sencillo, por las frecuentes enumeraciones o clasificaciones que ordenan los contenidos, y por lo asequible de la exposición que los autores han logrado, el libro me parece de grata lectura, no sólo para filósofos, sino para cualquier persona culta, y en especial para educadores y teóricos de la educación o interesados en el tema.
De las múltiples ideas que el libro pone en juego, y que tan sugerentes pueden resultar a los educadores, quiero añadir algo a tres de ellas.
Primero, a la importancia del juego en la educación familiar, que ha sido destacada por Polo y recogida en este libro (el valor pedagógico del juego estriba en que vincula los afectos a la actividad, p. 75). Más en general, también es conveniente cierta actitud lúdica en la vida, para relativizar éxitos y fracasos, momentáneos y coyunturales; eso ayuda a crecer, porque crecer es mantener la unidad de la propia vida en la multiplicidad de circunstancias en que nos toca vivirla: ser fiel y constante a un proyecto, sin descentrarse por sus avatares. Pero, en cambio, ni el proyecto vital que conforma una vida humana, ni la educación que prepara su acometida, son un juego, o asunto de poca monta; no sería deseable confundir ambos extremos.
En segundo lugar, el doble sentido del término educación (educere, sacar de dentro, y educare, alimentar más bien desde fuera, p. 23) menciona dos factores complementarios e inseparables de la educación: no se puede sacar algo de los niños, sin formarlos y conducirlos de una particular manera. Este parecer inscribe la educación, ese ayudar a los niños a crecer, dentro del ámbito más general de la transmisión de la vida. En ese ámbito los niños son parásitos que viven de la vida de sus padres y profesores; el embarazo antes del nacimiento es simbólico en este sentido. Pues después de la vida natural, lo mismo pasa con la espiritual, con la vida psíquica y cultural: los hijos aprenden de la vida de sus progenitores y maestros. No se les puede ayudar a crecer, sin crecimiento propio, sin la vitalidad interna de los educadores.
Finalmente, Polo termina su libro Ayudar a crecer hablando de la necesidad de la educación religiosa, porque si uno prescinde de Dios, prescinde de sí mismo: hay que enseñar al niño a rezar (p. 224). En cambio los autores de este libro dejan claro, sí, que el hombre es hijo de Dios; pero no tanto que está hecho para él. El sentido final de la educación, como el de toda la vida humana, es Dios. Porque educamos a los hijos, queremos para ellos la virtud, a fin de corresponder a la predilección divina que los creó, y para que, llegado el momento, puedan relacionarse cumplidamente con él. Sin ese destino final, la tarea educativa pierde bastante interés.
Juan A. García González
CARDUS, Salvador; El desconcierto de la educación, Traducción de Mireia Blasco, Ediciones B, Barcelona, 295 pp.
14 de Februar de 2007. 06:12 nachm.
María Jesús Bujalance Mestanza
Todos podemos fácilmente estar de acuerdo, en que las claves para entender el papel de la familia, la escuela y los valores, es una tarea ardua y difícil. Normalmente, el mundo de la educación contempla la realidad social basándose casi exclusivamente en categorías morales. Según este punto de vista, el problema consiste en dilucidar si los padres dimiten de su papel de educadores o si se “atreven” a cumplir con él, si los jóvenes pasan de todo o si “colaboran”, si los maestros han perdido la “vocación” o si la conservan. Y este debate se produce en medio de la supuesta maldad intrínseca de una sociedad nefanda, consumista y competitiva, violenta, intolerante e insolidaria, donde imperan la televisión, la prostituida publicidad y una profunda crisis axiológica.
Como consecuencia de esta permanente sospecha moral, se suele creer que la solución de todos los males se encuentra en una especie de gran regeneración colectiva. Se diría que casi todos los problemas sociales quedarían resueltos si la educación fuera lo que debería ser y recibiera el reconocimiento que debería recibir. Por lo tanto, se considera que la educación familiar y escolar es la responsable de transmitir los valores que permitirían al individuo enfrentarse a una sociedad moralmente corrupta.
Personalmente, no comparto estos juicios morales catastrofistas ni me parece razonable convertir la educación en la solución de algo que no tiene nada que ver con ella. Que la solución de todos los problemas universales (incluido lo políticos) radique en la educación, implica además, responsabilizarla de todo lo que no funciona. Y lo cierto es que la educación, por muy buena que sea, tiene unas consecuencias sociales limitadas.
La realidad social debería de analizarse al margen de valoraciones morales; existen factores estructurales determinantes que permiten explicar una situación determinada. Estos factores pueden ser: históricos, económicos, sociales y culturales. Sostener que la situación es como es, en grana medida, al margen de la voluntada moral de los individuos que están implicados en ella, es de una plausible sensatez. A parte de que, no creo en la posibilidad de regeneraciones morales colectivas. Frecuentemente doctrinarias. Sólo la conciencia individual de lo que nos determina colectivamente nos permitirá emanciparnos de ello, aunque sea parcialmente.
Defiendo la idea de que, el desorden actual de la educación no guarda relación con culpabilidades morales, sino que cabe explicarla atisbando simplemente en qué tipo de comunidad nos ha tocado vivir. Esta toma de conciencia debe ir seguida de la búsqueda del propio camino. Los determinantes sociales existen para todo el mundo, pero las posibilidades de liberarse de ellos, por lo general, son individuales. Es urgente crear y proporcionar las herramientas adecuadas, para que cada uno analice por su cuenta cada caso particular, posiblemente de esta manera, estaríamos en mejores condiciones para encontrar un sistema de actuación propio.
Mientras la ideología que defendemos nos haga concebir nuestra visión educativa, como el paradigma de la formación integral del ser humano y, por el contrario, percibamos en la educación del otro, un simple lavado de cerebro, la educación se verá impedida de crecer, evolucionar y desarrollarse.
Es urgente desdramatizar una realidad frecuentemente inventada por aquellos, que no quieren otra cosa que el poder. Cuando Cicerón afirmó que la educación es “liberar al estudiante de la tiranía presente”, nos estaba invitando a tender puentes entre las interpretaciones pretéritas y las expectativas futuras, con el objetivo de mirar más allá del triste partidismo ideológico venga de donde venga. Educar nunca debe confundirse con el adoctrinamiento. La educación se enriquece, madura y sobrevive en un medio, donde prevalezca preferentemente, el respeto por el otro y el consenso.
María Jesús Bujalance Mestanza
Todos podemos fácilmente estar de acuerdo, en que las claves para entender el papel de la familia, la escuela y los valores, es una tarea ardua y difícil. Normalmente, el mundo de la educación contempla la realidad social basándose casi exclusivamente en categorías morales. Según este punto de vista, el problema consiste en dilucidar si los padres dimiten de su papel de educadores o si se “atreven” a cumplir con él, si los jóvenes pasan de todo o si “colaboran”, si los maestros han perdido la “vocación” o si la conservan. Y este debate se produce en medio de la supuesta maldad intrínseca de una sociedad nefanda, consumista y competitiva, violenta, intolerante e insolidaria, donde imperan la televisión, la prostituida publicidad y una profunda crisis axiológica.
Como consecuencia de esta permanente sospecha moral, se suele creer que la solución de todos los males se encuentra en una especie de gran regeneración colectiva. Se diría que casi todos los problemas sociales quedarían resueltos si la educación fuera lo que debería ser y recibiera el reconocimiento que debería recibir. Por lo tanto, se considera que la educación familiar y escolar es la responsable de transmitir los valores que permitirían al individuo enfrentarse a una sociedad moralmente corrupta.
Personalmente, no comparto estos juicios morales catastrofistas ni me parece razonable convertir la educación en la solución de algo que no tiene nada que ver con ella. Que la solución de todos los problemas universales (incluido lo políticos) radique en la educación, implica además, responsabilizarla de todo lo que no funciona. Y lo cierto es que la educación, por muy buena que sea, tiene unas consecuencias sociales limitadas.
La realidad social debería de analizarse al margen de valoraciones morales; existen factores estructurales determinantes que permiten explicar una situación determinada. Estos factores pueden ser: históricos, económicos, sociales y culturales. Sostener que la situación es como es, en grana medida, al margen de la voluntada moral de los individuos que están implicados en ella, es de una plausible sensatez. A parte de que, no creo en la posibilidad de regeneraciones morales colectivas. Frecuentemente doctrinarias. Sólo la conciencia individual de lo que nos determina colectivamente nos permitirá emanciparnos de ello, aunque sea parcialmente.
Defiendo la idea de que, el desorden actual de la educación no guarda relación con culpabilidades morales, sino que cabe explicarla atisbando simplemente en qué tipo de comunidad nos ha tocado vivir. Esta toma de conciencia debe ir seguida de la búsqueda del propio camino. Los determinantes sociales existen para todo el mundo, pero las posibilidades de liberarse de ellos, por lo general, son individuales. Es urgente crear y proporcionar las herramientas adecuadas, para que cada uno analice por su cuenta cada caso particular, posiblemente de esta manera, estaríamos en mejores condiciones para encontrar un sistema de actuación propio.
Mientras la ideología que defendemos nos haga concebir nuestra visión educativa, como el paradigma de la formación integral del ser humano y, por el contrario, percibamos en la educación del otro, un simple lavado de cerebro, la educación se verá impedida de crecer, evolucionar y desarrollarse.
Es urgente desdramatizar una realidad frecuentemente inventada por aquellos, que no quieren otra cosa que el poder. Cuando Cicerón afirmó que la educación es “liberar al estudiante de la tiranía presente”, nos estaba invitando a tender puentes entre las interpretaciones pretéritas y las expectativas futuras, con el objetivo de mirar más allá del triste partidismo ideológico venga de donde venga. Educar nunca debe confundirse con el adoctrinamiento. La educación se enriquece, madura y sobrevive en un medio, donde prevalezca preferentemente, el respeto por el otro y el consenso.
María Jesús Bujalance Mestanza
POLO, Leonardo; Ayudar a crecer. Cuestones filosóficas de la educación, Colección Astrolabio, educación, Eunsa, Pamplona, 2006, 228 pp.
27 de Juni de 2006. 08:29 vorm.
La sociedad actual descansa en una jerarquía axiológica que se sustenta en tres elementos claves: el egocentrismo, la superstición y la indiferencia. Elementos debilitadores y perniciosos que lastran el buen caminar social. Son valores que están arraigados en una sociedad espiritualmente enferma. Patología proyectada en algo tan nuclear e importante como es la familia. Una familia reconstruida, recompuesta, monoparental, homoparental engendrada artificialmente, la familia de hoy está sometida a un enorme desorden del que derivarían comprensiblemente, numerosas catástrofes: los niños violadores y violados, los profesores maltratados, barrios entregados a la delincuencia. Nuestra época engendra, pues, una profunda angustia: desorientada por la pérdida de autoridad del padre, mutilada por la liberalización de las costumbres, zarandeada por la precariedad característica de la economía moderna, la familia se nos muestra cada vez menos capaz de transmitir los valores que ha encarnado durante muchísimo tiempo. Pero, por otra parte, jamás ha sido tan reivindicada como el lugar por excelencia del desarrollo pleno de la persona. Puesto que el padre ya no es el padre, las mujeres controlan la procreación y los homosexuales tienen la posibilidad de hacerse con un puesto en el proceso de la filiación, ¿supondrá todo esto la condena final de la familia y, con ella, la imposibilidad de que cada uno de nosotros se construya a sí mismo como sujeto?
Leonardo Polo nos ofrece en la presente obra, la posibilidad de salir de la pobreza experiencial en la que nos encontramos invitándonos a pensar la educación. Articula la educación con el instrumento más importante que poseemos: la Filosofía. Lo mismo que la fe necesitó de la Filosofía para crecer (fides quaerens intelectum), la educación también la necesita para madurar.
La presente obra de Polo está dividida en siete capítulos, a través de los cuales nos muestra de forma clara y profunda los elementos necesarios para una buena educación integral.
En el capítulo primero: el significado humano de la educación[1]. Polo nos exhorta a exponer las razones por las que el hombre es susceptible de educación, esto es, porqué no hay sólo enseñanza sino formación. Una formación que ayuda a crecer al ser humano. Esta ayuda se hace necesaria, por mor de que el hombre nace con una fragilidad que le imposibilita valerse por sí mismo. A Polo, el hecho del nacimiento, le lleva a afirmar que “la conciencia de filiación es exclusiva del ser humano (…) que el hombre se define estrictamente como hijo”[2]. Empero, esta conciencia de filiación es en la actualidad rechazada por el hombre, al querer debérselo todo a sí mismo. Quizás –nos dice Polo-, éste sea el pecado más característico de nuestros días. Esta mismidad egológica que renuncia a la filiación y nos lleva al sinsentido de la educación.
El autor pasa a considerar al hombre como faber, es decir, como un animal técnico, porque tiene manos. El hombre sin manos no podría prácticamente hacer nada. También aborda la noción de sistema, considerando que “los elementos de la esencia humana está interrelacionados, y constituye una realidad compleja”[3]. El crecimiento es considerado como un proceso sistémico, no analítico. El análisis no es suficiente para conocer la realidad, porque “el cuerpo humano es sistémico. La cabeza, el cerebro, el bipedismo, las manos, el lenguaje, están interrelacionados. Sistema que está llamado a crecer más allá del nacimiento”[4]. El hombre al nacer es un esbozo, lo cual le imposibilita desarrollarse fuera de la sociedad. Dentro de la organización de este desarrollo, lo más relevante es “que el hombre puede adquirir hábitos (…) última fase, la más alta e intrínseca del crecimiento humano, porque los hábitos son perfeccionamientos de las facultades superiores, es decir de la inteligencia y de la voluntad”[5].
Al considerar el carácter temporal del crecimiento, Polo aborda el evolucionismo. Para el autor, el evolucionismo es incorrecto, al no tener en cuenta todos los sentidos posibles de la vida. “La evolución (…) es el movimiento según el cual se constituye una especie, claramente distinta del movimiento con el que se constituye una biografía humana o la historia[6]. Especie y biografía serían dos conceptos claves. Por un lado, biológicamente especie equivale a la interfecundidad, a la posibilidad de que de una especie salgan dos, y biografía significaría que el hombre traza, constituye su vida. Un animal no tiene biografía, no escribe su propia vida. En cambio, el hombre sí, puesto que su crecimiento es irrestricto. Polo problematiza la evolución, cuando es considerada como adaptación, es decir, cuando “el cambio más importante está precisamente en su capacidad de integrar los instrumentos que producen con el ambiente. Esto es importante para comprender qué significa la técnica para el ser humano (…) la técnica comporta la eliminación de la necesidad de adaptarse, y por tanto, la imposibilidad de explicar la evolución de los homínidos por irradiación adaptativa”[7]. La técnica es inherente a la esencia humana. Para Polo la técnica más importante del ser humano es el lenguaje, porque sin lenguaje las manos serían inútiles. La técnica humana se enseña y se aprende, y por ello tiene sentido el crecimiento postuterino propio de los individuos de la especie humana. Técnica que nos lleva a constatar cómo “todo instrumento remite a otro hasta el punto que no cabe un instrumento aislado”[8]. Los instrumentos humanos sólo existen en el seno de una totalidad. Los útiles humanos forman un plexo. “La descripción teórica del plexo de útiles sólo se comprende en la medida del uso”[9] Este carácter holístico necesario para la comprensión de la técnica, hace a Polo defender que “la aparición de la especie humana no pueda explicarse por adaptación, pues justamente el hombre es faber. Ser faber significa ser capaz de construir ciudades, en las cuales la naturaleza ha sido desplazada por el asfalto”[10]. Por lo tanto, para comprender el mundo humano es preciso atender siempre a las interrelaciones. Sólo entenderemos los útiles si llegamos a darnos cuenta de su interrelación. Hay que tener presente el carácter sistémico del mundo humano y las limitaciones que encierran las especializaciones para llegar a una buena comprensión de la totalidad del mundo humano, el cual es un conjunto ordenado no apto para el hombre anómico. Estamos ante un mundo, donde la primera forma de organización social es la familia. Institución que lleva consigo el diálogo como elemento prioritario. Para Polo el diálogo es vital para la educación. “Es indispensable educar para el diálogo (…) cuando se busca la verdad no se teme que el parecer del otro sea más válido que el propio”[11].
Con respecto a la función educativa de la familia, tratada en el capítulo segundo, “la educación ocupa el tercer aspecto del fin primario del matrimonio, que es la procreación; luego viene la crianza y la educación”[12]. La educación en la familia es fundamentalmente “una educación en la normalidad afectiva (…) lo primero que se debe educar son los afectos, los sentimientos (…) porque el equilibrio afectivo es un requisito indispensable para que se despliegue su espíritu, las grandes facultades espirituales: la inteligencia y la voluntad”[13]. Una vez alcanzada la armonía afectiva, y la voluntad actúe sobre ellos, se obtendrán las virtudes correspondientes. Así la educación de los afectos prepara la educación de las virtudes. La educación familiar requiere la colaboración del padre y de la madre. El padre enseña al hijo a jugar. El juego infantil es un ensayo. A través del juego es educada la afectividad del niño, a la vez que aprende a obedecer reglas, a tener serenidad y a desarrollar el equilibrio. La función principal del juego –según Polo- es la de “educar el apetito irascible: enseñar a ganar y enseñar a perder (…) un hombre fuerte es el que tiene bien educada su afectividad y sus sentimientos”[14].
La educación se corresponde con el aprendizaje. El juego es un ensayo de algunos aspectos de la vida adulta; la aceptación de reglas, la distinción entre ganar y perder; el juego limpio sin trampas con cierto objetivo. Se debe enseñar al niño a enfrentar con serenidad y temple el perder. Conviene aprender que se puede volver a empezar. El aspecto lúdico del juego es el ensayo de aprender a actuar con leyes sin exponerse a la dureza de la vida.
El capítulo tercero lo titula la educación como aprendizaje. Aquí Polo considera que el “ser humano (…) nace prematuro para que el aprendizaje empiece antes de que su cerebro se haya configurado completamente”[15]. En este aprendizaje, el hombre necesita ser acogido, consolado, reconocido. “La necesidad del reconocimiento es propia del ser humano (…) El reconocimiento es la raíz profunda del consuelo”[16]. Este aprendizaje hace que el niño vaya adquiriendo autoconciencia, la cual puede degenerar cuando la persona “no quiere ser hijo ni depender de nadie”[17]. La postura contraria, hace al hombre cordial, comprensivo y capaz de tener presente los intereses de los otros. Polo identifica esta pauta con la humanitas clásica, añadiendo acto seguido la cristianitas. Tanto humanitas como cristianitas será el objetivo de la educación de nuestra época. Según Polo, “conviene ir introduciendo elementos racionales, de modo que el niño aprenda a ejercer la voluntad y no se mueva simplemente por impulsos egocéntricos”[18].
La educación de la imaginación es abordada por el autor en el capítulo cuarto. Polo afirma que “la educación de la imaginación es uno de los puntos básicos del aprendizaje intelectual (…) Si no fuera por su imaginación el hombre no podría crear; no podría producir, ya que todo lo artificial requiere el uso de la imaginación”[19]. El desarrollo de la imaginación empieza a partir de la imaginación eidética, que es una imaginación desorganizada, y muy próxima a la percepción, pero por no ser percepción es muy caprichosa. Esas imágenes no están organizadas de una manera fija, estable. Casi todas las personas llegan a desarrollar la imaginación hasta el nivel proporcional, modalidad que incluye la asociación. “La imaginación proporcional identifica el todo viendo sólo una parte. La imaginación asociativa permite comparar objetos”[20]. Después de la imaginación proporcional viene otro nivel que se podría denominar representativo, donde se objetiva el tiempo isocrónico y el espacio isomorfo. Espacio y tiempo son imaginados iguales e infinitos.
Polo insiste en la importancia de desarrollar la imaginación, porque si no se llega a su nivel máximo, la inteligencia funcionaría mal. La inteligencia depende de lo que se le aporte para abstraer. Esto es así porque la inteligencia comienza abstrayendo a partir de imágenes. El autor concluye el capítulo haciendo una observación negativa de la televisión como medio educativo. La televisión no educa la imaginación porque es fascinante. Su fin es fascinar, no organiza nada.
En el siguiente capítulo, Polo insiste en hablar de la imaginación. Este capítulo quinto lo titula, Educar la imaginación para educar la inteligencia. El niño no tiene reglas formales lógicas, lo que tiene son reglas formales imaginativas. Mientras que “las reglas formales lógicas permiten unas comparaciones generales (…) establecen relaciones en general (…) la imaginación establece asociaciones concretas”[21]. Polo defiende la educación en la imaginación, porque si bien “imaginar no es lo mismo que pensar (…) el pensar es algo que funciona bien si se ha desarrollado adecuadamente la imaginación”[22]. Imaginación e inteligencia, mientras la primera tiene límites, el desarrollo de la inteligencia tiene un crecimiento irrestricto porque es capaz de hábitos. Ahora bien, “sin el encuentro con la verdad el hombre no se desarrolla como tal (…) encontrarse con la verdad, enamorarse de ella, es lo más propio de un ser humano”[23]. Para Polo el hombre está hecho para la verdad, la cual cuando no es percibida, se cae en el convencionalismo. “Sin verdad, se puede pensar que todo es así porque se ha establecido, y que podría haber sido de otra manera si se hubiese establecido de otra forma. Ese convencionalismo en su última expresión es el nominalismo, y en su dimensión práctica es la sofística”[24]. Quien no tiene sentido de la verdad tampoco tiene sentido de la ley, la cual implica un valor educativo evidente, porque la sociabilidad del niño depende de la captación del valor de la ley.
En el capítulo seis, Polo trata la educación del interés del niño. El capítulo es titulado Educar el interés. Para Polo el niño es una persona atenta sobre lo que le interesa, de ahí que, una de los grandes objetivos de la tarea educativa sea la de aumentar el área de interés de la criatura. Polo nos recuerda que “los intereses se vinculan con la verdad, con la ley, con el carácter regular de las cosas, con los juegos reglamentados y con el sometimiento a ciertas reglas”[25]. Sabiendo que el interés tiene una estructura dual: el interesarse y lo interesante. Para despertar el interés en el niño debemos procurar que éste adopte una actitud inventiva. No debemos imponerle lo interesante, sino tratar de que lo encuentre seductor. Ahora bien, “el interés no puede ser egoísta sino compartido (…) el interés es constitutivamente una relación entre el interesarse y lo interesante”[26]. La formación del interés de los niños sólo pueden llevarla a cabo los adultos, los cuales deben rebajar su situación de superioridad para fomentar la amistad y la disciplina. Constataremos que el interés ha madurado cuando se haya producido un reconocimiento y una reconciliación con la realidad.
El último capítulo es titulado Psicología educativa. Polo advierte que “la educación hay que verla siempre, cualquiera que sea la etapa de la vida, en orden al hombre maduro (…) la educación debe ayudar a que la persona se desarrolle todo lo que pueda dar de sí (…) y concebida como un proceso que está unificado por el fin”[27]. Hay que educar teniendo presente la disciplina, porque en su ausencia no hay moral. La disciplina debe empezar en el hogar, con la familia.
Polo da por finalizada la obra reflexionando sobre la educación religiosa, la cual es considerada como “el dinamismo de la propia familia en cuanto iglesia doméstica (…) La educación religiosa es un aspecto muy importante en la formación del ser humano porque sin ésta no hay orientación”[28]. La educación religiosa básica es una labor que pertenece a los padres, los cuales dentro de la familia o iglesia doméstica ha de enseñar al niño a rezar, porque saber rezar con entereza es un hábito, es poner la fe, la esperanza y la caridad en marcha, es crecer en virtudes.
Cuando se tiene conciencia del mundo en que vivimos, la lectura de la presente obra, llena de esperanza y alegría. Un mundo en el que cualquiera reclama el libre uso de su tiempo, de su cuerpo, de su vida; una sociedad que se feminiza, no para aportar los grandes y muchos valores que encierra, sino para sustituir de forma grotesca y vengativa los valores que el varón como persona, a través de la historia ha donado a la humanidad. Todas estas circunstancias invitan al pesimismo antropológico. Sin embargo, la reivindicación de una libertad absoluta, tan de moda, arrastra irremediablemente hacia una angustia insoportable. Una angustia que la superstición, la ignorancia y la falta de fe hacen que irracionalmente obedezcan a nobles instancias generadoras de armonía y paz social, esto es, la familia, la escuela, el trabajo, creyendo que se están arrojando en los brazos de maquinas sociales que terminan por engullirlos, triturarlos y, después, digerirlos. La oscura ignorancia hace que presenten la escuela como un instrumento que alienta el rechazo a la libertad individual, que el cuerpo y el alma sean producto de una manufactura artificiosa con la única pretensión de servir a los intereses de los que detentan el poder. Ante tanta pobreza mental, nuestro profesor, desde su erudición y su fe, ofrece valores que si se llevaran a cabo revolucionarían una sociedad que está espiritualmente muerta. Si bien estamos ante una obra políticamente incorrecta, por ofrecer soluciones incómodas para una sociedad secularizada que superficializa la fe y el saber humanos, su discurso no deja indiferente, por encerrar claras y profundas reflexiones sobre la importancia de educar a la persona, en la búsqueda de la verdad, la realidad y Dios, preferentemente, en una instancia vital para el ser humano como es la Iglesia doméstica que supone la familia.
[1] Leonardo Polo, Ayuda a crecer. Cuestiones filosóficas de la educación. Eunsa. Pamplona, 2006, p. 41.
[2] Ibidem, p. 42.
[3] Ibidem, p. 54.
[4] Ibidem, p. 58.
[5] Ibidem, p. 59.
[6] Ibidem, p. 61.
[7] Ibidem, pp. 66-67-
[8] Ibidem, p. 74.
[9] Ibidem, p. p. 81.
[10] Ibidem, p. 79.
[11] Ibidem, p. 85.
[12] Ibidem, p. 88.
[13] Ibidem, p. 94.
[14] Ibidem, p. 109.
[15] Ibidem, p. 116.
[16] Ibidem, pp. 119-120.
[17] Ibidem, p. 122.
[18] Ibidem, pp. 133-134.
[19] Ibidem, pp. 134. 140.
[20] Ibidem, pp. 146-147.
[21] Ibidem, p. 155.
[22] Ibidem, p. 157.
[23] Ibidem, pp. 162-163.
[24] Ibidem, p. 164.
[25] Ibidem, p. 166.
[26] Ibidem, pp. 188-189.
[27] Ibidem, pp. 210-211.
[28] Ibidem, pp. 218-219.
JIMÉNEZ ABAD, Andrés; El concepto de hombre en la doctrina de la educación de Augusto Comte, Fundación Universitaria Española, Madrid, 2001, 572 pp.
01 de November de 2005. 07:38 nachm.
por Carlos Ortiz de LandázuriSe trata de la tesis doctoral presentada por Andrés Jiménez en la Universidad de Navarra en 2001. Analiza la importancia que la doctrina de la educación de Comte tuvo en la evolución personal de su pensamiento. En efecto, muchas de las paradojas irresolubles que se acabaron haciendo presentes en los planteamientos positivistas comtianos vinieron originadas por la doctrina de la educación a la que se remiten. La pretensión de Andrés Jimenez es hacer mas comprensibles estas otras motivaciones profundas del ‘espíritu’ positivista, al menos en sus inicios, a fin de que no pasen desapercibidos a una lectura superficial. No se trata de legitimar las excelencias trasnochadas de un positivismo benevolente y compasivo cuya realización práctica al final se hace inviable. Se trata de mostrar más bien como ambos aspectos de esta doctrina positivista nunca estuvieron disociados, al menos en la mente de su principal defensor, aunque en su caso resulte imposible hacerlos compatibles.
La evolución intelectual de Comte es bastante clarificadora a este respecto. Las primeras formulaciones de la ley de los tres estadios responden a las formulaciones positivistas más radicalizadas, especialmente en el Discurso sobre el espíritu positivo de 1848, en clara oposición a las propuestas de Saint Simon. En cambio en su última época comenzó a aflorar un mayor interés por la doctrina de la educación, especialmente en el Tratado de la educación universal, obra póstuma cuya publicación en vida estuvo permanentemente aplazada, y cuya conservación se la debemos a Arbousse-Bastide, que sistematizó con posterioridad a la muerte de Comte en 1857, aunque sus orígenes hay que retrotraerlos a 1822. Como en otros muchos casos también en Comte hay una doble línea de pensamiento: una profunda que a su vez convive con otra más superficial, sin que tampoco sea posible separarlas en dos épocas contrapuestas, aunque es evidente que este otro Comte aflora a la superficie en los momentos mas decisivos. Es entonces cuando se puede apreciar la aparición de un Comte revolucionario, humanista, benevolente, compasivo, religioso, altruista, utópico, feminista, a pesar de que estos calificativos aparentemente no casen nada bien con la imagen más superficial que el mismo ofreció del positivismo.
Para justificar estas conclusiones la obra se divide en seis capítulos: 1) La evolución intelectual. Su temperamento exaltado fue el determinante principal de su progresiva separación de Saint Simon, y de la posterior defensa a ultranza de un positivismo benevolente, que terminó entrando en una clara contradicción con la doctrina de la educación a la que en todo momento se remite; 2) El positivismo comteano visto como una doctrina de la educación desde sus primeros proyectos de 1822 hasta las posteriores interpretaciones de su legado póstumo, especialmente por parte de Stuart Mill y Émile Littré; 3) El periodo decisivo entre sus dos discursos de 1844 y 1848, cuando publica el Discurso del espíritu positivo y el Discurso (preliminar) sobre la articulación del positivismo. En ambos casos se hizo problemático el papel desempeñado por el sentimiento en la dinámica social y en la propia educación del espíritu positivo, tanto a un nivel personal como político; 4) El positivismo, religión de la unidad, analiza el papel desempeñado por el sentimiento religioso en este tipo de procesos, previo reconocimiento de la incapacidad del ateísmo para encontrar un sustituto adecuado a las complejas funciones sociales y formativas desempeñadas ahora por el sentimiento; 5) La doctrina de la educación analiza el papel benevolente, altruista y revolucionario otorgado al arte de la formación moral dentro del sistema político positivista a lo largo de toda su evolución intelectual, destacando el papel otorgado a la mujer y al sacerdote positivista; 6) Los presupuestos antropológicos de la educación positivista justifica las paradojas antes detectadas en virtud de una contraposición más profunda entre la consideración subjetiva y objetiva de las propias propuestas positivistas tanto si se consideran a un nivel individual como colectivo, refiriéndolas en este último caso a la humanidad en su conjunto, y concibiendo la educación como el gran problema humano.
Para concluir una reflexión crítica. Es indudable el gran número de paradojas que rodean al positivismo, sin que Comte sea una excepción a este respecto. Desde esta perspectiva Comte más bien se muestra como un temperamento enormemente espontáneo, que supo ver lo que la experiencia no ha hecho más que confirmar en multitud de ocasiones: el doble lenguaje del positivismo que le permite sobrevivir a pesar de sus contradicciones, sin que a sus propios defensores les sea fácil advertir este doble juego. El fenómeno se repite demasiadas veces como para poder quitarle importancia. En este sentido cabría preguntarse, ¿Hay alguna razón para que la doctrina educativa del positivismo aflore demasiado tarde para poder invertir a tiempo el sesgo escéptico y paradójicamente anticristiano de su doctrina de la ciencia? ¿Quedaron los presupuestos antropológicos de la doctrina educativa de Comte y del positivismo en general radicalmente invertidos en el sentido ahora descrito, o todavía cabe alimentar la esperanza de una posible rehabilitación en nombre precisamente de la doctrina educativa a la que se remiten? Estos son los dos interrogantes fundamentales que una atenta lectura de la tesis doctoral de Andrés Jiménez ahora ayuda a contestar.

