Filosofía de la naturaleza

Polo, Leonardo, Leonardo, Curso de psicología general, Colección filosófica, nº 208, EUNSA, Pamplona2009; 359 pp.


por Juan A. García González

Este libro nos ofrece un curso de psicología impartido por Leonardo Polo durante un semestre del año académico 1975-76 en la universidad de Navarra (p. 11).
Dentro de la edición, no ya de obras inéditas, sino de cursos transcritos, impartidos por Leonardo Polo, hay que agradecer a la universidad de Navarra la edición de este curso.
Se trata de un curso que cuestiona el estatuto científico de la psicología contemporánea, en contraste con la doctrina clásica sobre la psicología como estudio de la vida. Para establecer esta problemática el autor establece, considera y discute la noción de lo psíquico, eventual objeto de la psicología moderna; y muestra su constitución equívoca, por comparación con la doctrina clásica de la heterogeneidad de movimientos, y mediante la discusión de la moderna noción de espontaneidad.
El libro se anuncia incompleto: sobre un programa de cinco apartados, sólo se trata de tres de ellos. Importa a esta obra, más que al desarrollo del pensamiento del autor; que ha tratado de esos puntos omitidos en otra obra de reciente aparición: sus Lecciones de psicología clásica (Eunsa, Pamplona 2009) Pero el examen de los tres apartados en que se divide el programa resulta muy interesante, y suficiente en sí mismo.
Esos tres apartados son: a) el tema de lo psíquico, y su configuración en el pensamiento moderno; b) el estatuto científico de la psicología: como estudio de una clase de movimientos, los vitales, suficientemente distintos de los movimientos físicos; y c) las operaciones del viviente, que han de distinguirse, como acciones vitales, de los movimientos físicos y procesos espontáneos.
Puedo dar fe, como alumno que oí a Leonardo Polo este curso, sólo que un año después (en el curso 1976-77, en el que recibimos abundantes fotocopias impresas de los textos elaborados el año anterior) de que este curso reproduce fielmente cuanto don Leonardo enseñaba por aquél entonces; he recordado al leer este libro incluso expresiones literales de aquel curso. Y, quizá, leyéndolo hoy, percibo la profundidad del texto, de la que entonces no me apercibí enteramente. La discusión de lo psíquico es efectivamente oportuna, y merece la pena.
Algunas partes del libro están más desarrolladas de lo que yo recuerdo. Concretamente, el estudio de Hegel en el primer capítulo pareciera corregido, modificado o adaptado al tratamiento de la estructura lógica del sistema hegeliano (p. 57) que Polo publicó años después (Hegel y el posthegelianismo, 1985); incluso la notación con que simboliza la dialéctica hegeliana es más afín a esa obra que a las de la época (El hombre en nuestra situación, 1979). También el problema de la facticidad en la dialéctica (pp. 124 ss) está aquí incluso mejor tratado que en el citado libro sobre Hegel. Por ello pienso que esta parte del libro ha sido corregida sobre su versión original. Pero la exposición de Kierkegaard la recuerdo muy bien, y es la de aquella época; que completa la publicada en el libro sobre Hegel. Así como también las de Marx y Freud; ésta última está en este libro mejor expuesta y discutida que en Nietzsche, un pensador de dualidades (Eunsa, Pamplona 2005).
La discusión de la mecánica de Newton, en cambio, que es muy notable, pienso que incluso está algo recortada respecto de las fotocopias que Polo nos entregó por aquel entonces. Pero en el conjunto del libro adquieren el sentido e importancia que tienen en el tratamiento que Polo les dió, orientado a la consideración de la psicología como ciencia.
Hechas estas observaciones, de carácter histórico, hay que decir que el libro, tomado como un todo y prescindiendo de estas observaciones laterales, en cuanto a su génesis y sentido, es una gran obra sobre el estatus de la psicología actual. Las raíces de ésta son discutidas y engarzadas en los presupuestos de las que nacen. Se sugieren perspectivas muy oportunas en nuestro momento presente. Y se examinan los contextos de las actuales doctrinas con un amplio sentido integral. A nadie puede dejar frío la lectura de este ambicioso texto.
Ciertamente, hay alguna complejidad teórica y lingüística, seguramente correspondiente con la temática; y una profunda dificultad en la contextualización que Polo propone de la actual psicología, nacida de la idea de espontaneidad forjada en la crisis de la escolástica y el nominalismo. Pero nada de ello mitiga la grata sensación que produce la lectura del texto, pleno de ideas y sugerencias; y de discusión de nociones profundas.
Para los historiadores de la filosofía contemporánea, como para los teóricos de la psicología, y para los filósofos en general, la lectura de este curso es muy recomendable, por no decir imprescindible.
La introducción, de José Ignacio Murillo, es tan erudita como oportuna; para encuadrar la exposición poliana en el contexto de la discusión sobre la cientificidad de la psicología sostenida en el siglo XX.

Vanney, Claudia, Principios reales y conocimiento matemático. La propuesta epistemológica de Leonardo Polo, Colección filosófica, nº 202, Eunsa, Pamplona 2008; 386 pp.

Carlos Ortiz de Landázuri

En 1996 Jorge Mario Posada publicó un libro titulado La física de causas de Leonardo Polo. Se trataba de un gran estudio sobre la interpretación poliana de la humana razón, que es capaz de encontrar las causas extramentales. Pero ese libro se centró nuclearmente en el primer momento de la razón, que es el concepto, y en las concausalidades que ocurren en los elementos y primeros movimientos del cosmos.

Ahora nos encontramos con este libro de Claudia Vanney, que recuerda mucho al de Jorge Mario Posada. Ciertamente, por estudiar el conocimiento humano del universo físico tal y como lo propone Leonardo Polo. También por la profundidad y precisión del estudio llevado a cabo. E incluso por la intención de enlazar la filosofía de la naturaleza y el pensamiento de Polo con los nuevos logros de la ciencia actual. Polo siempre ha pensado, en efecto, que su física de causas podía servir de soporte a las actuales ciencias de la naturaleza.

Precisamente nuestra actual ciencia está muy matematizada. Eso señala Heidegger, y precisamente como criterio diferenciador respecto de las antiguas ciencias griegas y medievales. Y es importante notarlo, porque este libro de Claudia Vanney remite concretamente el conocimiento de los principios que Polo propone al conocimiento matemático que el hombre consigue. En esto avanza un poco sobre el libro de Jorge Mario Posada. Las alusiones a las ciencias actuales son frecuentes en este libro, e interesantes.

El otro punto de avance es la consideración del juicio; y, temáticamente, de las concausalidades que ocurren en los seres vivos. A su vez, el tránsito del concepto al juicio consiste en la consideración de la analogía, cuya realidad física es la luz. Polo ha escrito poco sobre la luz física: algunas páginas del tomo cuarto del Curso de teoría del conocimiento. Por eso tiene más mérito este libro, que se atreve a estudiar, y con algún detenimiento, la realidad física de la luz. Lo esencial de ella es la comunicación formal; por eso sin luz es imposible la vida, y el conocimiento.

El libro está muy bien construido. Dedica un primer capítulo a enmarcar la física de causas de Leonardo Polo; dentro del contexto contemporáneo, y dentro de la filosofía de Polo. Y luego dos partes más a las fases conceptual y judicativa de la razón; como la fase argumentativa o fundante tiene más que ver con la metafísica, y con el ser, no es objeto de consideración de este libro. Después, cada parte es dividida en tres capítulos, que estudian respectivamente el tema del acto racional, la matemática correspondiente a su unificación con la otra línea prosecutiva de la inteligencia, y el tema del hábito que ese acto genera. Una estructura muy concorde con la epistemología poliana.

Se añaden cuadros y esquemas verdaderamente asombrosos: por indicar la complejidad de lo tratado (el universo no es lógico, sino físico), y por exhibir el dominio de la temática que la autora ha conseguido. Termina el libro con una amplia bibliografía.

Mi personal enhorabuena a la autora y a la editorial. La interpretación poliana del conocimiento racional humano es peculiar, muy propia de nuestro tiempo y muy compleja. Proceden estudios de esta clase que nos la hagan comprender cada vez más precisamente.

Juan A. García González

Polo, Leonardo, El conocimiento del universo físico, Colección filosófica, nº 203, Eunsa, Pamplona 2008; 457 pp.

Juan A. García González

Tomado del prólogo del libro:
Este libro reúne unos Cuadernos, de los que el Anuario filosófico edita por separado de la revista, incluídos en su serie universitaria. En ella, entre otras obras de Polo, se han publicado tres dedicadas a esta temática: El conocimiento racional de la realidad (Nº 169. Presentación, estudio introductorio y notas de Juan Fernando Sellés. Universidad de Navarra, Pamplona 2004; 170 pp.), El orden predicamental (Nº 182. Edición y prólogo de Juan A. García González. Universidad de Navarra, Pamplona 2005; 162 pp.) y El logos predicamental (Nº 189. Edición, presentación y notas de Juan Fernando Sellés y Jorge Mario Posada. Universidad de Navarra, Pamplona 2006; 172 pp.).

Esas tres obras componen el núcleo de este libro; y proceden de cursos de doctorado orales impartidos por Polo en la universidad de Navarra, grabados y transcritos de cintas. Concretamente, El conocimiento racional de la realidad corresponde a un curso expuesto en 1992; El orden predicamental es un curso dictado en 1988; y El logos predicamental otro pronunciado del 12 al 29 de junio de 1995.

El orden con el que se han publicado los tres textos que componen lo nuclear de este libro no es cronológico, sino temático. Aunque en el tratamiento poliano del conocimiento humano del universo físico se entremezclen las cuestiones metódicas con las temáticas (nuestro conocimiento y el universo real); tomados los tres textos por su título sugieren el orden seguido para su publicación conjunta: primero el método (la razón humana, el conocimiento racional de la realidad), después el tema (las causas y su concausalidad, el orden predicamental), y finalmente la conexión que los reúne (el logos predicamental). Por un lado, el conocimiento humano; por otro, el universo real; y finalmente, el tema de este libro: el conocimiento del universo físico.

El período que abarcan los contenidos de este libro es aproximadamente el que media entre la publicación de los tres primeros tomos del Curso de teoría del conocimiento (editados en 1984, 1985 y 1988) y la de las dos partes que conforman el tomo cuarto (aparecidas en 1994 y 1996). Es la década en que Polo se dedica al conocimiento de lo físico; a ella pertenece también el artículo Inactualidad y potencialidad de lo físico (“Contrastes” Málaga 1, 1996, 241-63), que se añade como apéndice final de este libro.


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En este libro Polo establece tres niveles de concausalidad en el universo físico, que ayudan a formarse una visión global del mismo. Glosando nociones clásicas, que a veces se entienden como equivalentes, Polo distingue sustancia, naturaleza y esencia.

La sustancia es, ante todo, el compuesto hilemórfico, por tanto una bicausalidad; la eficiencia entonces le resultará extrínseca. Primero sustancias, y después movimientos continuos que las generan transformando unas en otras; finalmente, el movimiento discontinuo, como causa de esos otros movimientos. Encuentra Polo aquí el estatuto físico de la forma circular. Son los explícitos conceptuales y su implícito manifiesto: el conocimiento de los elementos físicos. Como éstos son sustancias sin accidentes, son tales –taleidades los llama Polo-, no cuántos, ni cuáles. Su unidad es la universalidad: unum in multis no simultáneos.

La naturaleza, en cambio, es principio interno de movimiento, luego pide eficiencia intrínseca. Hablamos, por tanto, de tricausalidades: las de los seres compuestos -mixtos- y las de los vivientes. Las sustancias tricausales son potenciales como los universales; pero su réplica son los accidentes, no los muchos del uno universal y sus transformaciones. Porque ya no son meras sustancias elementales, ajustadamente hilemórficas, sino categorías: multi in uno, dirá Polo para contrastar con el universal. La ordenación al fin en ellas ya no es extrínseca; pues la forma circular mira ahora al fin, o se vuelve hacia él: concausa con él, o no es un mero efecto suyo, y se propaga. Ello permite la comunicación de formas, y mediante ella la composición formal. Desarrolla entonces Polo una física de la luz como condición para que ocurran sustancias categoriales. La explicitación de dichas sustancias corresponde al juicio; su unidad, la analogía.

Finalmente, la esencia es la consideración conjunta de las cuatro causas. La perfección de las naturalezas físicas es su ordenación al fin, su integración en el universo. La unidad del universo es el orden. Las sustancias elementales y sus movimientos, así como las categoriales y sus naturalezas (todo ello concausalidades parciales), son efectos intracósmicos: el universo físico es la concausalidad cuádruple completa.

El universo en su conjunto es suficiente, acabado, perfecto como para ser. La esencia se contradistingue del acto de ser. El ser no corresponde a las sustancias y naturalezas por separado, sino al universo entero; las causas son sólo principios predicamentales, el ser en cambio es el principio primero. Por eso su explicitación, insuficiente sin el hábito de los primeros principios, sigue al hábito judicativo. La proposición ocurre un universo, designa la esencia extramental; su ser no se termina de conocer con la razón, porque es superior a ella. Los principios predicamentales están coordinados con las operaciones intelectuales del hombre; pero el primer principio no remite a la inteligencia humana, sino a una pluralidad en la que todos ellos son primeros principios entre sí. Porque no hay exclusivamente un primer principio, sino varios. La índole creada del universo no se advierte sin distinguirlos: el ser del universo es principio de no contradicción y de causalidad trascendental, pero el principio de identidad es originario.


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De la doctrina poliana del universo físico me parece muy sobresaliente su recuperación del sentido físico de la forma circular y de la luz, esos dos grandes niveles apuntados que vienen a corresponderse con el concepto y el juicio.

Porque la circunferencia ya fue definida formalmente por Heráclito; y su juego en la cosmología antigua, en el modo de órbitas y ciclos, es muy patente. En pensadores modernos hay también algún aprovechamiento de la forma circular (en-ciclos-paideia, denomina Hegel a la exposición de su saber absoluto), pero no en estrictos términos físicos; desde la revolución copernicana la forma circular perdió su vigencia en la explicación de lo físico. Recuperar para el universo físico el movimiento circular es un mérito poliano; muy trabajoso, y al mismo tiempo clave.

Polo confiesa en este libro haber dedicado tres o cuatro años a pensar si se podía conservar la noción de movimiento circular aristotélica. Y lo cierto es que las lecciones tercera y cuarta del tomo cuarto de su Curso de teoría del conocimiento constituyen una profunda rectificación de esa noción. Rectificación que permite a Polo conectar circunferencia y luz; o pasar de la analogía implícita, a la explícita en la propagación y comunicación formal. De modo que todo el avance desde los explícitos conceptuales hasta el juicio procede de la investigación poliana acerca de la forma circular.

Por su parte, la comprensión de la luz como capaz de efectos formales aparece también en el pensamiento griego, quizá desde la República de Platón; y hay importantes desarrollos medievales, como el de Grosseteste, que proponen una metafísica de la luz para entender la unidad de lo real. Hegel también hablaba de la luz como idealidad material; pero la luz se ha utilizado más en gnoseología que en física. Utilizarla como medio para comprender la composición formal de los seres naturales y vivos, la conexión de sustancia y accidentes, es mérito poliano.

Pues aún más meritorio entiendo que es conectar ambos cuerpos doctrinales, y proponer que la luz es la circunferencia no como mero efecto del fin, sino como concausa con él. La analogía como unidad implícita de los universales equívocos; que, al serles comunicada, se explicita y da lugar a las categorías. Esta conexión no tiene, que yo sepa, precedentes históricos.


Juan A. García González

Juan A. García sobre "El logos predicamental" de Leonardo Polo


La labor editorial que viene desarrollando tanto Angel Luis González desde el Archivo Polo en la Universidad de Navarra, como por Juan A. García González en el Instituto Filosófico Leonardo Polo es encomiable. A estas alturas del año ya se ha publicado "El conocimiento del universo físico" y "El hombre y la historia", mientras que otros textos están en proceso de composición. El primero de esos libros recoge varios escritos menores sobre el conocimiento de la realidad física, entre el que se encuentra el texto del que informa nuestro colaborador.

Como indica nuestro
colaborador: "hay un logos predicamental: si el universo está ordenado, y las operaciones mentales jerarquizadas, hay también cierta coordinación entre causas y operaciones explicitantes que permite hablar de logos predicamental. " Podría parecer excesivamente novedoso hablar de logos predicamental, no obstante, explica García que "desde Kant lo que se ha buscado es una lógica trascendental, o una lógica pura, autofundada. El logos predicamental, en cambio, exige la pugna entre las prioridades reales y la prioridad de la presencia mental". Es así como se incardina el tema de este libro tanto en sus coordenadas históricas como en la obra de Leonardo Polo.


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Fidora, Alexander; Lutz-Bachmann, Mattias; Erfahrung und Beweis. Die Wissenschaften von der Natur im 13. und 14. Jahrhundert. Experience and Demostration. The Sciences of Naturein the 13th and 14th Centuries, Akademie, Berlin, 2007, 302 pp.

Carlos Ortiz de Landázuri

Experiencia y demostración, analiza las aportaciones de la ciencia de la naturaleza del siglo XIII y XIV a la recepción y posterior desarrollo de la lógica de la experiencia aristotélica y de la ciencia helenística. Se trataría de un primer renacimiento cultural que anticipó los posteriores desarrollos del surgimiento de la ‘nueva Ciencia’, sin que en ningún caso sus aportaciones se puedan considerar superfluas. Se destaca a este respecto la importancia otorgada en esta época al redescubrimiento del papel decisivo desempeñado por la experiencia y las paradojas lógicas en la justificación de la propia ciencia aristotélica, llamando la atención sobre un extremo en el que anteriormente no se había reparado suficientemente, a saber: en estos casos la axiomática formal se puso al servicio de la posible corrección de los posibles errores y sinsentidos de tipo práctico que este tipo de cálculos a su vez podrían producir, proponiendo re-formulkaciones cada vez más adaptadas a su respectino campo de aplicación, tratando de eludir la posterior aparición de apriorismos y dogmatismos en sí mismos innecesarios. Aristóteles habría puesto así los fundamentos de un tipo de ciencia media experimental, que posteriormente sería desarrollada mediante el desarrollo de diversos métodos inductivos, psicológicos, biológicos, que a su vez llevaron a replantear la validez del método científico-natural sobre unos presupuestos de tipo aún más crítico, anticipando de algún modo la polémica sobre métodos de la ciencia experimental moderna.

Para alcanzar estas conclusiones la monografía se divide en cinco apartados. a) Presupuestos antiguos, Detel y Touminen analizan la articulación entre lógica y experiencia, y entre el uso teórico y práctico de los primeros principios, en Aristóteles; b) El principio de la discusión: Grosseteste y Bacon, Speer y Hackett analizan la búsqueda de una ciencia universal basada en la experiencia por parte de estos dos precursores del método experimental moderno; c) Alberto y la investigación de tipo natural en el siglo XIII, Spruit, Werner, Rossi, Köhler analizan la originalidad de sus propuestas epistemológicas, psicológicas, biológicas y de tipo axiomático; d) Experiencia y demostración: De Tomás a Scoto, Lutz-Bachmann, Hoffmann, Bidese, Fidora y Marrone, analizan el papel que la experiencia y la teoría de la demostración desempeña en su concepción de la física, especialmente en el comentario al IV Libro de la Física aristotélica, en las relaciones de subalternación existentes entre las ciencias y en el papel otorgado a la inducción; e) Experiencia y ciencia en el siglo XIV, Leibold, Krieger, Trifogli, Sylla, analizan la aparición de los presupuestos de la ‘Nueva Ciencia’ en Ockham y Buridan, la articulación de experiencia y demostración en la teoría del ímpetus físico, en el principio de finalidad en Thomas Wylton, o en la astronomía y en los comentarios a los Segundos analíticos aristotélicos de Grosseteste y Burley.

Para concluir una reflexión crítica. La monografía enfatiza el papel de Aristóteles en el desarrollo de la ciencia natural medieval y moderna, mostrando la complejidad que tuvo la recepción de una forma de pensar ya entonces considerada como moderna, frente al modo de pensar meramente dialéctico de numerosos platonizantes. A este respecto la monografía sugiere la necesidad de una nueva reinterpretación del lugar desempeñado por la ciencia aristotélico-tomista en la llamada polémica de los métodos, ya sea en las indudables aportaciones de la ciencia medieval, como en los posteriores desarrollos de la ciencia moderna, localizando con gran precisión los momentos y lugares donde este proceso se habría llevado a cabo. Pero a la vez el propio título de la monografía parece sugerir una posible confrontación de la ciencia medieval con los desarrollos contemporáneos de la lógica axiomática y de la ‘Nueva Física’ cuántica y relativista, llevando a cabo una revisión de algunas propuestas aristotélicas todavía hoy día poco exploradas. Y en este sentido cabría preguntar: ¿Se puede tratar de establecer un puente de unión entre los planteamientos medievales y el despertar de la ciencia experimental moderna, o incluso contemporánea, sin tener en cuenta las posibles aportaciones de la tardía escolástica del renacimiento español e italiano? ¿Qué papel desempeñaría a este respecto la recepción de los Comentarios tomistas al De Coelo et Mundi aristotélico por parte de la escolástica tardía, precisamente por ser un lugar paradigmático donde la teoría de la demostración y de la experiencia se pusieron a prueba, con un alcance más propio de la ‘Nueva física’ contemporánea que de la ‘Nueva ciencia’ renacentista, como en alguna ocasión anterior he hecho notar? (cf. Ortiz de Landázuri, C.; ‘De Coelo et Mundo’ en Pedro de Ledesma y Francisco de Soto’. Génesis y limitaciones del problema cosmológico en la Escuela de Salamanca’, Murillo, I. (ed.); Las escuelas de Salamanca y el Pensamiento Iberoamericano: Teoría y Praxis, Cuadernos Salmantinos de Filosofía, XXX, Salamanca, 2003, 227-242 págs). Realmente se trata de una estación de tránsito en gran parte postergada, pero que parece necesario tener en cuenta si realmente se quiere devolver a la ciencia medieval el lugar que ha ocupado en el desarrollo de la ciencia moderna y contemporánea.
Carlos Ortiz de Landázuri

Claudia E. Vanney, Principios reales y conocimiento matemático. La propuesta epistemológica de Leonardo Polo, Colección filosófica, nº 202, Eunsa, Pamplona 2008; 386 pp.

por Juan A. García González


En 1996 Jorge Mario Posada publicó un libro titulado La física de causas de Leonardo Polo. Se trataba de un gran estudio sobre la interpretación poliana de la humana razón, que es capaz de encontrar las causas extramentales. Pero ese libro se centró nuclearmente en el primer momento de la razón, que es el concepto, y en las concausalidades que ocurren en los elementos y primeros movimientos del cosmos.
Ahora nos encontramos con este libro de Claudia Vanney, que recuerda mucho al de Jorge Mario Posada. Ciertamente, por estudiar el conocimiento humano del universo físico tal y como lo propone Leonardo Polo. También por la profundidad y precisión del estudio llevado a cabo. E incluso por la intención de enlazar la filosofía de la naturaleza y el pensamiento de Polo con los nuevos logros de la ciencia actual. Polo siempre ha pensado, en efecto, que su física de causas podía servir de soporte a las actuales ciencias de la naturaleza.
Precisamente nuestra actual ciencia está muy matematizada. Eso señala Heidegger, y precisamente como criterio diferenciador respecto de las antiguas ciencias griegas y medievales. Y es importante notarlo, porque este libro de Claudia Vanney remite concretamente el conocimiento de los principios que Polo propone al conocimiento matemático que el hombre consigue. En esto avanza un poco sobre el libro de Jorge Mario Posada. Las alusiones a las ciencias actuales son frecuentes en este libro, e interesantes.
El otro punto de avance es la consideración del juicio; y, temáticamente, de las concausalidades que ocurren en los seres vivos. A su vez, el tránsito del concepto al juicio consiste en la consideración de la analogía, cuya realidad física es la luz. Polo ha escrito poco sobre la luz física: algunas páginas del tomo cuarto del Curso de teoría del conocimiento. Por eso tiene más mérito este libro, que se atreve a estudiar, y con algún detenimiento, la realidad física de la luz. Lo esencial de ella es la comunicación formal; por eso sin luz es imposible la vida, y el conocimiento.
El libro está muy bien construido. Dedica un primer capítulo a enmarcar la física de causas de Leonardo Polo; dentro del contexto contemporáneo, y dentro de la filosofía de Polo. Y luego dos partes más a las fases conceptual y judicativa de la razón; como la fase argumentativa o fundante tiene más que ver con la metafísica, y con el ser, no es objeto de consideración de este libro. Después, cada parte es dividida en tres capítulos, que estudian respectivamente el tema del acto racional, la matemática correspondiente a su unificación con la otra línea prosecutiva de la inteligencia, y el tema del hábito que ese acto genera. Una estructura muy concorde con la epistemología poliana.
Se añaden cuadros y esquemas verdaderamente asombrosos: por indicar la complejidad de lo tratado (el universo no es lógico, sino físico), y por exhibir el dominio de la temática que la autora ha conseguido. Termina el libro con una amplia bibliografía.
Mi personal enhorabuena a la autora y a la editorial. La interpretación poliana del conocimiento racional humano es peculiar, muy propia de nuestro tiempo y muy compleja. Proceden estudios de esta clase que nos la hagan comprender cada vez más precisamente.

POLO, Leonardo; El orden predicamental, Edición y prólogo de Juan A. García González, Cuadernos de Anuario Filosófico, serie universitaria, nº 182, Servicio de publicaciones de la universidad de Navarra, Pamplona, 2005.

por Alejandro Rojas Jiménez

    D. Juan A García, subdirector del Instituto de Estudios Filosóficos Leonardo Polo (IEFLP), ha transcrito, corregido y ordenado este curso de doctorado, que D. Leonardo Polo impartió en la Facultad de Filosofía y Letras de Navarra, partiendo de las grabaciones de sus clases. La edición cuenta además con unas notas preliminares (donde se hacen algunas aclaraciones sobre el trabajo de edición del libro, y donde, en pocas palabras, se sitúa la obra de D. Leonardo en su propia trayectoria especulativa) y con un prólogo, también elaborado por el profesor Juan A. García en el que expone una interpretación “intelectualista” del orden predicamental sobre el que versa este curso. Se trata de una interpretación que pretende ser fiel al pensamiento de D. Leonardo, pero este anuncio de fidelidad es anunciado con la misma precaución con que Eckhart, al ser acusado de no haber respetado la doctrina de la Iglesia, avisaba que dicha falta de correspondencia se debería a su ignorancia. Eso sí, habría una diferencia esencial entre ambas declaraciones: si Eckhart se retractaba públicamente de aquellos errores que se hubiesen encontrado en sus interpretaciones, D. Juan A. García, lejos de retractarse, expresa su convicción sobre la verdad de su interpretación.
            Por no ser un especialista en la filosofía de D. Leonardo no me encuentro en situación de pronunciarme en atención a la fidelidad o no de la interpretación intelectualista que anuncia D. Juan A. García en el prólogo, pero sí diré que cuando uno comienza a leer el prólogo tiene la sensación, al encontrarse con afirmaciones tales como “el fin del universo es ser conocido por el hombre”, está ordenado a ser conocido por el hombre (derivación de la tesis tomista según la cual el fin del universo es la verdad, contra gentes I, 1), “el universo es potencial, y su existencia el ser de lo virtual” (se habla de realismo virtual) o  “es la metafísica que puede corresponderse con la actual actitud hermenéutica”, por poner algunos ejemplos, uno tiene la sensación, decía, de que va a encontrarse con un pensador a la altura de  los grandes filósofos como los son Aristóteles, Hegel, Dilthey, Heidegger, etc. Tanto es así, que si definitivamente esta interpretación intelectualista del pensamiento poliano no resultase aceptada como la doctrina estrictamente poliana, se impone, a mi juicio, que el profesor Juan A. García escriba un libro en el que nos exponga con detenimiento las tesis que defiende en este prólogo.
            Pero dejaré el prólogo a un lado para pasar a comentar brevemente aquello con lo que se va a encontrar el lector del orden predicamental.
            El curso trata, como indica el propio título, sobre el orden predicamental que es el orden causal como lo real opuesto al orden intelectual, siguiendo la metafísica aristotélica. La cuestión en torno a la cual gira todo el curso es: ¿cómo podemos conocer el orden predicamental? El curso consiste así, en una reflexión sistemática sobre las operaciones capaces de darnos a conocer dicho orden predicamental.  Del mismo modo que Kant había intentado una fundamentación de la metafísica, D. Leonardo se enfrenta también a la tarea de ver qué operaciones intelectuales son las que hacen posible el conocimiento metafísico del orden predicamental.
            Aunque el polajós aristotélico no se extienda dentro del  ente veritativo, D. Leonardo avisa de que no hay sólo un tipo de conocimiento, y que, de estos tipos de conocimiento, el orden predicamental es sólo uno de ellos, y ni siquiera el más importante de entre los mismos. Eso sí, el propiamente metafísico. Pero este tipo de conocimiento propiamente metafísico se encuentra con el problema de que el conocimiento empieza abstrayendo, esto es, prescindiendo de la realidad. Ya había descubierto la modernidad que la conciencia sólo sabe de sí, y la fenomenología pareciera haber descubierto a su vez, que lo verdaderamente importante es, precisamente, lo conocido (el fenómeno), “el desocultamiento de lo existente”, en palabras del discípulo más importante de Husserl; bien entendido que lo oculto no es ningún en sí como postulara Kant al hablar de noúmeno. Después de leer este libro me parece que ni siquiera sería acertado ir contra el descubrimiento de que lo realmente importante es el mundo conocido, sino sencillamente de dirigir la pregunta, por otro lado algo propiamente metafísico, justamente a ver qué podemos decir sobre ese fondo oscuro. ¿Realmente es lo esencialmente oculto? ¿O somos capaces de una operación distinta de la abstracción que nos posibiliten cierto conocimiento de aquello que es contradistinto del orden intelectual? A mi juicio, este es el dilema que cruza el curso de doctorado de D. Leonardo: el intento de poner de manifiesto que el hombre puede conocer más que abstractos, y de este modo conocer las causas, el orden predicamental, que en el abstracto están implícitas.
            Para defender ese poder conocer más que abstractos D. Leonardo hace una defensa muy bonita acerca de la infinitud operativa de la inteligencia, para llegar a defender que, si las causas están implícitas en el conocimiento abstractivo, el modo de conocer la realidad será, justamente, explicitando y explicando la principialidad de las causas. Pero ¿realmente se pueden conocer más que abstractos? De la lectura de este orden predicamental, se podría sacar la conclusión siguiente: si se ha pensado en la historia de la filosofía que no era posible conocer la realidad más que con abstractos, esto ha sido así por que la historia del pensar se ha olvidado de la noción de habito intelectual. Es cierto que los modernos hablan de ella, pero es mucho más de lo que ellos han dicho. Hábito significa tener, es la verdadera posesión de la que somos capaces, una posesión que permite un aumento de la capacidad poseída: es un modo de tener superior a lo tenido en acto. Y en concreto, el hábito intelectual, marca, justamente por ser un modo de tener superior al acto, el crecimiento de la facultad. O dicho de otra manera: es con el hábito como se finaliza la operación de la inteligencia, y ello porque, cuando posee el hábito no se limita simplemente a operar, sino que la inteligencia incorpora la operación: la posee. Y es este tipo especial de posesión el que hace posible el axioma de la infinitud de la operatividad de la inteligencia. Siendo así que, más allá de la operación de abstraer se encuentra el hábito abstractivo, desde el cual es posible, por fin, advertir la insuficiencia de lo conocido abstractamente. Este apartado es especialmente interesante, porque Polo dice aquí una tesis propiamente heideggeriana: que el horizonte de comprensión es el tiempo. Claro que dicho con los términos del curso: la abstracción es la articulación presencial del tiempo. Algo que, me parece interesante, porque pareciera indicar que Heidegger se moviera justamente en este tipo de operación intelectual.
            Pero D. Leonardo quiere proponer otras operaciones que permitan explicitar el orden predicamental e ir más allá del hábito abstractivo desde el que más bien pareciera que deberíamos afirmar que no se puede saber nada del orden contradistinto al intelectual (donde las cosas llegan a ser lo que son, habiéndolas para la inteligencia). Este ir más allá del hábito abstractivo consistiría en ejercer una operación capaz de explicitar, una operación que contradistinguiera el conocer de lo conocido.
            La primera operación explicitante de la que nos habla es el concepto, que no es una idea general, sino un universal (uno en muchos): pues la noción de causa es una noción universal y no una idea general. La segunda operación explicitante es el juicio, que permite referirse al universo sin entenderlo como una sustancia. No un universo de cosas que causan, sino un universo que es causa y sólo causa; y causa en un sentido plural, pues las causas no son cosas y no independientes, sino que forman un conjunto solidario entre sí: son con-causas. Y la tercera operación explicitante es la operación de fundar: que explicita justamente la relación de las causas. Así, podemos decir: los hombres y los animales no son sustancias, sino naturalezas, esto es, una concausalidad triple donde la causa eficiente es intrínseca (perfectible); que los elementos son sustancias, lo ínfimo en el orden predicamental, la mínima concausalidad: una concausalidad doble; y que el universo es esencia, donde la causa final es su unidad, su orden.
            Ahora bien, y termino esta breve reseña volviendo sobre el prólogo: ¿si el universo es causa y sólo causa (estando el efecto fuera del orden concausal) del mundo conocido por los hombres, no estamos diciendo justamente, como advertía el profesor Juan A. García, que el universo está ordenado a ser conocido por el hombre? De ser así, estaríamos ante una obra sumamente interesante para la situación actual de la filosofía, pues este “realismo virtual” se corresponde bien con la actitud filosófica actual que parte del descubrimiento de que lo que lleguen a ser las cosas depende sobre todo de la tradición (Gadamer), las prácticas sociales (Foucault), del Ser tachado en cruz (Heidegger)… y no sólo se corresponde, sino que permite dirigir la atención a un ámbito del que ya empezaba a parecernos que no podríamos decir nada: el orden contradistinto del intelectual.

POLO, Leonardo; El conocimiento racional de la realidad, Presentación, estudio introductorio y notas de Juan Fernando Sellés, Cuadernos de Anuario Filosófico, serie universitaria, nº 169, Universidad de Navarra, Pamplona, 2004; 170 pp.

por Juan A. García González

Se edita aquí la transcripción de un curso de doctorado impartido por Polo en la facultad de filosofía y letras de la universidad de Navarra en 1992. Existe otro curso con el mismo título que Polo impartió en la universidad de La Sabana (Colombia) en 1989. Y asímismo tienen una temática afín a la de este libro otros dos cursos de doctorado inéditos todavía, y que fueron impartidos por Polo en la universidad de Navarra: El orden predicamental (de 1988) y El logos predicamental (de 1994).
Hago notar que todos ellos se corresponden con los años que median entre la publicación de los tres primeros tomos del Curso de teoría del conocimiento (1984, 1985 y 1988) y la de las dos partes que componen el tomo cuarto (1994 y 1996): reflejan, por tanto, la difícil maduración en la filosofía de Polo del conocimiento de la realidad física, que constituye la segunda dimensión del abandono del límite mental, solamente esbozada antes en La cuestión de la esencia extramental (1971). Para tener un cuadro completo de esta fase del pensamiento de Polo tendríamos que apuntar también su artículo Inactualidad y potencialidad de lo físico (1996) y algún otro inédito como las Lecciones de teoría del conocimiento (particularmente dirigidas a distinguir logos y fysis) (Universidad de Navarra, 1994).
Esta abundancia de textos en un período de algo menos de una década expresan la dificultad de abandonar el límite mental en su segunda dimensión, o la dificultad de conocer lo físico -material y móvil, infrahumano- a partir de las operaciones inmanentes de la teoría, cuyos objetos son inmateriales e inmóviles: exentos de su realidad causal, con la que nuestra inteligencia pugna. Pero al mismo tiempo que esta pugna, esos textos exhiben la fecundidad del método poliano y la riqueza de la filosofía de la naturaleza (mejor, del universo) que permite conseguir. A esta percepción contribuye, además, el hecho de que el texto poliano incluya una buena porción de sugerencias físicas: como la alusión al ruido blanco (p. 119), o al sistema ecológico (p. 129).
Este libro de Polo se estructura en siete capítulos. Los dos primeros están dedicados a nuestro conocimiento intencional y a la realidad mediante él conocida, a la que en cuanto que tal, en cuanto que conocida tan sólo intencionalmente, se denomina cosa; ideas y cosas. A destacar, como una cierta novedad de este libro, la distinción de intencionalidades –observacional, representativa y abstracta (p. 57)- que apunta Polo para distinguir el conocimiento sensible, imaginativo e intelectual. El tercer capítulo plantea el conocimiento de la causalidad como un conocimiento más allá de la intencionalidad: las causas no se conocen por abstracción, ni por generalización, sino con la razón y en pugna. Los cuatro últimos capítulos estudian la tetracausalidad física, con particular detenimiento en la bicausalidad hilemórfica y en la causa eficiente. Notable la comprensión de la noción de efecto como concausalidad parcial dependiente de la tetracausalidad (p. 163).
Aunque ya conocíamos el tomo cuarto de la teoría del conocimiento, donde Polo desarrolla formalmente el conocimiento racional de la causalidad, es muy interesante comprobar la laboriosa elaboración de esa temática en estos textos previos. Por ello, el trabajo editorial de Juan Fernando Sellés es muy de agradecer.
Además de su interesante introducción metodológica están las notas al pie de página introducidas. Quiero hacer al respecto tres observaciones.
La primera es que sugiere con precisión (p. 42) la diferencia entre el abandono del límite metódicamente ejercido y el conocimiento simbólico que también de algún modo trasciende o prosigue el conocimiento objetivo; y al que Polo alude tardíamente, en el segundo volumen de su antropología trascendental y en su libro sobre Nietzsche. En el primer caso –para abandonar el límite mental- se trata de iluminar la operación al margen de su objeto, en el segundo –para el conocimiento simbólico- de iluminarla con su objeto, al cual entonces acompaña y remite hacia realidades superiores.
Ello permite dotar de sentido simbólico, entender como símbolos ideales, a los axiomas lógicos, que ya no se reducen a meras fórmulas objetivas de los primeros principios. En función de ello, Juan Fernando se refiere a un hábito adquirido de los axiomas lógicos distinto del hábito nativo de los primeros principios. Doctrina que precisa o amplía un poco, creo, la estrictamente poliana; porque el hábito adquirido correspondiente con la tercera operación racional es algo problemático: como el mismo Juan Fernando recoge, no se puede iluminar la operación de fundar desligada de su objeto.
La segunda observación es la asociación que Juan Fernando propone (p. 23) entre abstracción formal y generalización por un lado, y abstracción total y razón por otro. En mi opinión, y de acuerdo con lo que dice García López acerca de la abstracción formal y total (Estudios de metafísica tomista, c. I, 4; p. 21), el paralelo es justamente a la inversa: la abstracción total para los géneros, y la formal para los conceptos. El paralelo tomista al que se suele referir Polo es la distinción entre abstracción per modum totius y per modum partis; pero esta distinción de abstracciones no equivale a la distinción entre abstracción total y formal.
Y la tercera observación se dirige a destacar la nota 28 de la página 84, donde se dice que “en El acceso al ser Polo denominaba logos a lo que en las últimas publicaciones llama sindéresis”; algo que creo fundamentalmente cierto, si se distingue, no obstante, teoría y práctica, o ver-yo de querer-yo.

Hans Blumenberg, Die Lesbarkeit der Welt, Suhrkamp, Frankfurt, 1981, 420 págs; La legibilidad del mundo, Paidós, Barcelona, 2000, 415 págs.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Hans Blumenberg, en La legibilidad del mundo, ha reconstruido el proceso como el pensamiento filosófico moderno introdujo una creciente contraposición entre estas dos fuentes tradicionales de la verdad, como son la Biblia y el Libro de la naturaleza, sometiendo a critica la postulada unidad de sentido existente entre ellas. Para justificar esta conclusión a lo largo de la obra se defienden tres tesis:
1) La tradición judeo-cristiana identifica el hombre mundano con el hombre ignorante incapaz de reconocer esta legibilidad tanto del mundo creado como del sobrenatural, ya que ni hace un uso adecuado de la fe ni tampoco de la razón. No aprecia la profunda unidad de sentido de los dos libros, la Biblia y el Libro de la naturaleza, sin advertir que en ambos casos se llega a un mismo autor de la verdad. Hasta el punto que está incapacitado para adquirir un recto criterio moral, al menos respecto de las cuestiones que afectan a este tipo de verdades eternas, como ahora sucede con todo lo relativo a la propia santificación personal (cf. p. 1-36).
2) El pensamiento moderno a partir de Laplace reivindicó así una autosuficiencia completa del Libro de la naturaleza como un principio de sabiduría meramente profana sin remitirse ya a nada distinto de sí mismo, aunque no había ocurrido así anteriormente, en Kepler, Galileo, Descartes, Leibniz o Newton. Algo similar también ocurrió con las interpretaciones meramente profanas del Libro de la vida (humana) y de la historia, especialmente a partir de Spinoza, Vico, Herder o Kant, asignando a todo este proceso un carácter plenamente autónomo y simplemente profano, sin otorgarle ningún posible significado escatológico o transcendente, el único que, según esta opinión, a pesar de que anteriormente tampoco había ocurrido así en Bacon, Montaigne, o el propio Descartes (cf. p. 91-201). A este respecto es muy esclarecedor tener en cuenta lo ocurrido en el siglo XVII en del ámbito católico durante el Barroco español. Se asignó el desciframiento del orden temporal a un libro del mundo humano meramente profano, mientras que los designios escatológicos se reservaron en exclusiva a los Evangelios, concibiendo los afanes de tipo temporal como mera vanagloria, como sucedió en el Gran Teatro del mundo de Calderón de la Barca, o en el Criticón y en el Oráculo Manual de Baltasar Gracián, sin terminar de reconocer la profunda unidad de sentido existente entre el mundo sacro y profano (cf. 113-124).
3) El posmodernismo filosófico ha sacado las paradójicas consecuencias derivadas de la ruptura histórica sin precedentes que supuso el rechazo de este viejo ‘mito’, como ya se hizo notar en la propia Ilustración. Por ejemplo, Lichtenberg negó la existencia de un libro profano de este tipo, ya que pronto se volvería inaccesible y erróneo para nosotros mismos, sin poder garantizar la legibilidad de que tanto se presume. Lichtenberg anticipó así el carácter cada vez antropomórfico, o meramente fisonomista, de las nuevas Enciclopedias del romanticismo y del evolucionismo, al menos en los casos de Goethe, Novalis, Schlegel, Ritter, o Humboldt. Tomaron como lenguaje de la naturaleza lo que solo era una proyección fisonomista de sus propios esquemas conceptuales, sin poder evitar la aparición de un creciente antropomorfismo (cf. p. 203-304). En estos casos se hizo aún más paradójico el uso profano de la metáfora del libro debido a la necesidad en ese caso de remitirse a una Enciclopedia absoluta que pudiera contener en sí la sabiduría de todos los libros, sin remitirse ya a una sabiduría divina, como exigía la metáfora de los dos libros. Se generó así la paradoja del libro vacío, totalmente inabarcable e ilegible para cualquiera, donde bien pudiera suceder que no hubiera nada escrito, como ahora hace notar la estética modernista de Mallarmé. Igualmente interpretación de los sueños de Freud propuso una lectura psicoanalítica igualmente profana de los secretos más profundos de la intimidad propia y ajena, mediante la correspondiente proyección de la visión fisonomista que el interprete tiene de sí mismo sobre lo interpretado, sin poder ya eludir en ningún caso un proceso al infinito de sucesivas reinterpretaciones. Finalmente, el descubrimiento del código genético ha dejado de abordar la justificación de los procesos previos de comprensión racional utilizados a su vez en la explicación profana de los mecanismos de reproducción biológica, tratando de evitar a su vez la aparición de este tipo de círculos viciosos antes señalados, salvo que se recurra de nuevo a la metáfora de los dos libros, cosa ya imposible, como progesivamente hicieron notar Plank, Schrödinger, Monod y Miescher (cf. p. 304-413).
Para acabar una reflexión crítica. Blumenberg adopta una actitud postmodernista ante el uso que la ilustración hizo de la interpretación profana de la legibilidad del mundo, sin remitirse a los presupuestos transcendentales que a su vez la habían hecho posible, como ahora sucede con la metáfora de los dos libros, surgiendo una cuestión, ¿realmente el psotmodernismo logra salvar las incoherencias y sinsentidos de la interpretación meramente profana del Libro de la naturaleza, de la vida y de la historia, cuando al menos ahora se pretende seguir defendiendo la tesis de la unidad entre las dos culturas, la científica y la humanística, sin admitir una progresiva asimilación de esta última por la primera? Blumenberg a este respecto no termina de delimitar en toda su amplitud cuál es el legado sapiencial preciso contenido en esta metáfora, salvo que toda la cultura humanística se interprete como una manifestación del carácter ‘autoenajenado’ o simplemente ‘desarraigado’ del ser humano, como ya Karl-Otto Apel criticó a Erik Rothaker, con quien Hans Blumenberg al menos ahora en parte se identifica.

MINGO RODRIGUEZ, Alicia Mª de: Materia y experiencia. La filosofía de la naturaleza en Kant (1786). Sevilla: Kronos 1999; 545 pp.

por Juan A. García González

Nos encontramos ante un libro de investigación filosófica de primera magnitud. La autora confiesa haber disfrutado durante cuatro años de una beca de investigación del M.E.C. completada con otra del programa Erasmus en Maguncia y Münster; y ahora nos traslada los resultados de su trabajo. Unos grandes resultados no sólo en cuanto al tamaño, más de 500 pp. muy apretadas, sino también en cuanto a la extensión y profundidad de sus averiguaciones. Se hace notar además la dirección del profesor Juan Arana, tanto en la temática como en la minuciosidad con que se ha trabajado.
El libro conjuga en el estudio de la filosofía de la naturaleza kantiana una perspectiva histórica y otra más bien temática. En la primera se traza un rápido recorrido desde el primer escrito kantiano Pensamientos sobre la verdadera estimación de las fuerzas vivas hasta el inacabado Opus postumum, considerando principalmente la Crítica de la razón pura y los Principios metafísicos... La segunda, más ampliamente desarrollada, ocupa los capítulos 3 a 5, y en ellos analiza muy pormenorizadamente la foronomía como teoría pura del movimiento, la dinámica como estructuración interna de la materia, y la mecánica como culminación de la metafísica de la naturaleza. A todo ello se agrega un capítulo que distingue la fenomenología de la experiencia de la naturaleza, y otro conclusivo en el que se expone la vinculación del pensamiento kantiano con los presupuestos científicos, principalmente los de Newton. Una documentada bibliografía cierra el volumen.
Nuestra felicitación para la autora del trabajo, verdaderamente erudito, y más de consulta y de investigación que de síntesis y divulgación. Sin duda será de recurso imprescindible tanto para los estudiosos de Kant, como para los teóricos de la ciencia o historiadores de la ciencia moderna.