Filosofía del lenguaje

Klyukanov, Igor E. A Communication Universe. Manifestations of Meaning, Stagings of Significance. Lanham (Maryland): Lexington Books, 2010. IV + 231 pp. ISBN.: 978-0-7391-3724-6.

por Claudia Fernández


Igor E. Klyukanov es profesor en la Eastern Washington University (EE.UU.), además de ser el fundador del Russian Journal of Communication. En este libro nos presenta una visión novedosa de la comunicación como un universo dinámico en el que, a lo largo de cinco estadios interconectados, se desarrollan todos los ámbitos de la comunicación.

De lectura compleja, pero gratificante, este libro nos presenta una visión novedosa y completa del universo de la comunicación. Se estructura en tres partes: la primera, “The Future Behind Us: Perspectives on Communication” (pp. 3-44), incluye los dos primeros capítulos y supone un planteamiento extenso del problema del estudio de la comunicación y de los objetivos que se propone desarrollar el autor. La segunda parte, “The Staging(s) of Communication” (pp. 47-146), contiene cuatro capítulos en los que desarrolla toda una compleja visión de la comunicación, correspondiendo cada capítulo a una fase del desarrollo del proceso comunicativo. Y la tercera parte, “Communication Being: The Past in Front of Us” (pp. 149-198), completa la exposición del proceso dinámico de la comunicación con el séptimo capítulo, y finaliza con un último capítulo donde se incluye un balance de la teoría del autor en comparación con otros estudios de la comunicación. Aquí se enumeran las ventajas y consecuencias de la visión propuesta por Klyukanov que incluye de forma global y compleja todos los ámbitos de la comunicación. El lector puede encontrar por último una amplia bibliografía (pp. 199-224) y un índice de los autores y términos más destacados (pp. 225-229).
Pasaré a continuación a exponer detalladamente los contenidos teóricos de este libro, así como a mostrar la coherencia entre cada una de sus partes, desembocando todas ellas en un capítulo final en el que se resume la teoría de la comunicación como un universo completo y bello.


Parte I: “The Future Behind Us: Perspectives on Communication” (Perspectivas de la comunicación)

Esta parte desarrolla una amplia introducción a las diversas teorías de la comunicación. Está formada por dos capítulos, que comienzan por un planteamiento del problema, es decir, la pregunta central “¿qué es la comunicación?”, y posteriormente se analizan con detalle en algunos aspectos de las diversas teorías de la comunicación existentes. Aquí se presenta el propósito del libro, que no es otro que el de descubrir el universo de la comunicación en toda su belleza y complejidad, atendiendo a cada una de sus partes sin menospreciar ninguna otra.

El primer capítulo, “Toward the Nature of Communication: Unforgetting” (pp. 3-22), supone un análisis de la naturaleza de la comunicación, dado que hoy en día se habla tanto, y referido a demasiados ámbitos distintos, de la comunicación. Klyukanov recorre las diversas tradiciones del estudio de la comunicación y destaca como motivo de la actual “crisis” en la comunicación el factor ontológico. En este sentido alude a John D. Peters, quien reconoce esta crisis y dice, con respecto al campo de la comunicación, que “the field has been in a perpetual identity crisis- or rather legitimation crisis” (Peters, 1993: 133).
En el segundo capítulo, “Communication Theorizing: Being-(on)-the-Way” (pp. 23-44), el autor presenta con más detalle las diversas teorías de la comunicación. A tal respecto Klyukanov afirma que “the list of the theories that are mentioned in most publications includes information theory, symbolic interactionism, systems theory, rhetorical theory, dramaturgical theory, constructivist theory, standpoint theory, to mentioned but a few” (p. 23). Nos dice que las teorías más comunes acuden al contexto de la comunicación, a su aplicación práctica. En este sentido cita la significativa afirmación de Robert Craig: “the incoherence of communication theory as a field can be explained by communication theory’s multidisciplinary origins” (Craig, 1999: 120); siendo el caso de que Craig contabiliza nada menos que doscientas cuarenta y nueve teorías de la comunicación.
De esta multitud de teorías Klyukanov destaca como más relevantes dos fuertes corrientes desde las que se ha abordado el problema de la comunicación, a saber, el positivismo y el humanismo. Pero tras hacer este recorrido por los diversos paradigmas de la comunicación que se han intentado establecer, siempre con alguna crítica que los invalidaba, al menos parcialmente, Klyukanov propone abandonar el intento de establecer un único paradigma de la comunicación. Define la naturaleza de la comunicación como un proceso, con un dinamismo interno que impide concebirla como un todo uniforme. Así, establece como objetivo a desarrollar en este libro un acercamiento al universo de la comunicación en su totalidad, que incluya cada una de las partes. La comunicación ha de ser vista como un proceso de continuo movimiento del espacio y el tiempo unificados en el “spacetime” del que habla constantemente. Una experiencia de la totalidad espacio-temporal es, en definitiva, lo que supone la comunicación.

Parte II: “The Staging(s) of Communication” (La puesta en escena de la comunicación)

En esta segunda parte del libro se encuentra el grueso de la propuesta innovadora que presenta Klyukanov. Incluye cuatro capítulos, que son las sucesivas fases por las que pasa la puesta en escena de la comunicación. Estas fases son la invocación, la conversación, la construcción y la resignación-renuncia, que desembocan en un último estadio que completa el ciclo del universo comunicativo, denominado la transformación, y que es analizado en la última parte del libro.

El tercer capítulo, “Up in the Air: Communication as Invocation” (pp. 47-66), sienta las bases de la comunicación. El comienzo de la experiencia de la comunicación es el nombramiento del objeto, y con ello se consigue distinguirlo del resto de los objetos y concederle un significado. Este primer momento supone a su vez la aprehensión del concepto y la concesión, a éste, de una realidad. La realidad la gana el objeto gracias al efecto de la acción instrumental que supone el nombrar. Y, una vez nombrado, el objeto tiene que ser expresado, pero el hecho de expresarlo implica mucho más que el propio significado. La expresión del nombre lleva consigo todo el contexto de la comunicación, cuyo medio es el propio lenguaje, no el mensaje en sí.
Pero en este primer estadio de la comunicación el sujeto es aún un “Self” y ve al otro como un objeto, de modo que el mensaje que transmite en la comunicación no es recibido aún en la totalidad que implica realmente. De este modo, el estadio de la invocación supone la mera transmisión de la información del sujeto al objeto. Se trata de una relación espacial en la que el tiempo aún no juega ningún papel. El mensaje se transmite en un espacio a modo de “ruido”, y en la dinámica de esa transmisión va adquiriendo su contenido propio. Pero para que el otro, el objeto, pueda ser considerado como otro sujeto hay que avanzar hacia la siguiente fase, la conversación.

Así en el cuarto capítulo, “Down the Stream: Communication as Conversation” (pp. 67-91), aparece la temporalidad como factor decisivo para que la comunicación adquiera su valor real. Para ello los objetos antes nombrados se experimentan de una forma real, pero manteniendo una distancia prudente ante ellos. El sujeto debe detenerse ante el objeto para que éste pueda revelar su verdadero significado, y junto con ello reconocerse en él para apreciarlo en su totalidad. En la conversación se reproduce un hacer (making), más que un actuar (action), pues el producto resultante está separado de la propia actividad, es decir, el significado transmitido va más allá del propio concepto que simboliza. La conversación permite que el lenguaje no-verbal rellene la brecha (gap) que se produce entre uno mismo y el otro.
Klyukanov apela a la hermenéutica de Gadamer, según el cual no habría un significado original del texto, sino el que le confiere el intérprete cuando hace suyo el texto. En la conversación la comunicación se encuentra siempre en acto, uno quiere llegar a ser el otro sin poder alcanzarlo nunca, pero esa tensión es característica del proceso comunicativo, que puede ser llamado “dialéctico” en sentido aristotélico.

En el quinto capítulo, “Of This Earth: Communication as Construction” (pp. 93-116), el autor consigue arribar a tierra firme, es decir, verificar el contenido del mensaje transmitido en aquello que tienen en común los participantes: el lenguaje. De forma que la comunicación se contempla ahora como un conjunto de aserciones sobre las experiencias de los hablantes. Aquí Klyukanov da un paso más y se sitúa en la metacomunicación, para poder observar la comunicación como un proceso impersonal y objetivo. Desde esta perspectiva los participantes del intercambio comunicativo pueden realizar en ella sus actitudes y creencias, que luego vierten sobre las figuras del lenguaje. Es así como la comunicación pasa a ser considerada una construcción, se trata de un proceso de construcción y organización de los significados.
La interpretación de esta construcción ha permitido ver a la comunicación como un constructo social o como un proceso de coordinación de la acción, pero con estas concepciones no se establece un nuevo paradigma de la comunicación, sino que se están ampliando los límites de la misma. Y, al ampliar los límites, aumenta la dificultad de coordinación entre la acción del sujeto y el significado. En resumen, la comunicación como construcción consiste en concebir un orden mundial en el que se incluyan a los participantes, donde la comunicación es un discurso que se desarrolla a modo de juego del lenguaje, en el que las reglas son compartidas por todos los participantes. De forma que se alcance un denominador común que sea previo al significado.

El sexto capítulo, “Through The Fire: Communication as Resignation” (pp. 117-146), trata de la “resignación-renuncia” del sujeto en el proceso de la comunicación. El término inglés utilizado por Klyukanov es resignation, que significa a la vez resignación y renuncia o dimisión, polisemia que parece tener también el término ruso ukhod y que no es posible mantener en español. De ahí que haya optado por traducir ese término como “resignación-renuncia” para recoger en lo posible lo que Klyukanov quiere significar: «It is important to emphasize the dual nature of resignation; on the one hand, the subject admits—and submits to—one’s inability to embrace the totality of experience, resigning from communication, and, on the other hand, the subject creates, at the same time, new possibilities for future communication, re-signing communication, as such. In this sense, the act of resignation is similar to the nature of the gaze, which “both acknowledges the desire to own the place of one’s look and accepts its impossibility” (Freedman 1991, 64). This dual nature is clearly seen in the Russian equivalent of “resignation”—“ukhod” (“sund”), which means both “leaving” and “taking care of.” Through resignation, therefore, the subject gives up any further attempts of grasping the unifying nature of communication (leaves it, so to speak) and also, by the same token, takes care of its continuation. Thus, the decision made by the subject at this staging of communication can be summed up as “I hereby resign/re-sign.» (pp. 119-120).
La resignación-renuncia conlleva la apertura de múltiples posibilidades en la comunicación. Gracias a la resignación-renuncia se puede reescribir la relación de correspondencia entre el sujeto y el significado. En la comunicación el sujeto se ve ahora implicado como un sí mismo (Self) y como aquello a lo que se dirige la comunicación. En esta fase la comunicación se erige como un diálogo que permite la continuidad entre la conversación y la resignación-renuncia. Considerada bajo los términos de la phrónesis aristotélica, la comunicación supone el uso correcto del tiempo para poder apropiarnos del significado. Pero este significado se consume al fusionarse el tiempo y el espacio en el espacio-tiempo (spacetime) continuo, donde, en un acto existencial, el sujeto comunica los significados y el otro los hace suyos. La resignación-renuncia supone un acto sincero y creativo de sentido.
El lenguaje es un arte que embauca a quienes lo emplean, es el autor muerto como sujeto individual pero nacido como autor de significados. Y son estos significados los que mantienen en su dinamismo al universo de la comunicación, en constante devenir entre un carácter real y uno virtual. En el virtual se incluye la creación de significados, mientras que en el real han de incorporar esos significados, y la combinación de ambos aspectos define el proceso de la comunicación, que es el presente del mundo, donde el espacio-tiempo se unifica.


Parte III: “Communication Being: The Past in Front of Us” (el ser de la comunicación: el pasado frente a nosotros)

En esta última parte Klyukanov completa el ciclo de las fases de la comunicación con la última de ellas: la dinámica de la comunicación. Además incorpora en el capítulo final las conclusiones generales que se deducen de su nueva visión de la comunicación como un universo, visto como una totalidad vital, en proceso.

El séptimo capítulo, “Airy Nothing: Communication as Transformation” (pp. 149-174), supone una vuelta a los orígenes del proceso comunicativo, se trata de una fase equiparable a la invocación, pero se retoma desde una perspectiva renovada y ampliada. La comunicación ha de volver sobre sí misma para evitar la muerte de los significados tras la desaparición física del objeto. El ser tiene que retornar al estar para pervivir. En este sentido Klyukanov nos habla de la comunicación como un ritual, estructurado en varias fases y que recuerda a la estructura comunicativa en la Antigua Grecia, donde la voz de un solo individuo era escuchada por la multitud congregada. La comunicación adquiere con esto su carácter cultural, que ayuda a preservar la naturaleza. La cultura y la naturaleza se unen en un mismo todo en la comunicación. Y sólo en esta unión se puede alcanzar la conciencia de que todos somos uno y lo mismo, hemos de reconocer lo otro en nosotros y a nosotros en lo otro, con lo que se pone de manifiesto la unidad en la alteridad.
En esta última fase de la comunicación destacan los significados por encima de los autores mismos, lo importante es el lenguaje material, en el que se incluye la totalidad de lo hablado y comprendido. De modo que ahora el habla es escritura y la escritura es habla, la posibilidad pura es la que define la perfección comunicativa. El sujeto debe dejar atrás su vida para unirse a la comunicación y llegar a ser en potencia comunicación pura. Se trata de la culminación del proceso comunicativo, el momento en el que todo y todos somos iguales, somos uno mismo. Aquí tiempo y espacio se han fusionado eliminando la brecha que se percibía al inicio del proceso. En la interioridad de cada uno, como mismidad, se encuentra la posibilidad de unión con la comunicación, unión en una totalidad muy compleja que, sin embargo, no anula nunca la singularidad.
De este modo Klyukanov completa el ciclo de la comunicación; una vez realizada la transformación, se retorna a la invocación del objeto. Del mismo modo que el prisionero de la caverna de Platón regresa a ella para liberar a sus compañeros el que ha conocido la comunicación en su totalidad y se ha hecho uno con ella regresa al comienzo del proceso, pero ahora siente asombro ante los objetos que ha de identificar, ya que no le son ajenos.

En el octavo y último capítulo, “Communication: Infinite Return” (pp. 175-198), se realiza un resumen de todo lo explicado hasta ahora para poder abordar de nuevo la pregunta inicial sobre qué sea la comunicación para responderla desde diversos frentes. Klyukanov establece como idea general de su visión que la “communication is presented as experience becoming meaningful to those involved in it, or as motion of spatiotemporal continuum of meaning” (p. 176). De modo que la comunicación se concibe como un ser orgánico y dinámico, que se pierde en los caminos del tiempo y el espacio para luego volver sobre sí mismo.
Cada una de las fases desarrolladas es equiparable a alguna de las teorías de la comunicación que existen, pero que no se deben contemplar nunca como paradigmáticas, sino más bien como distintas visiones de un mismo fenómeno. Así la invocación supone una visión lineal, la conversación una visión interactiva, la construcción una visión normativa, la resignación-renuncia una visión crítica y postmoderna, y la transformación una vuelta al comienzo. De aquí se desprende la importancia de esta nueva forma de concebir la comunicación. Hasta ahora las teorías de la comunicación se quedaban en el nivel de la construcción, pero la resignación-renuncia, y su posterior transformación, no se contemplaba como parte del universo comunicativo, lo que impedía obtener esta visión global que es la que Klyukanov presenta en su libro.
El autor establece una interrelación entre cada una de las fases aludidas, donde una fase es siempre la antítesis de la anterior y, a su vez, la síntesis de las dos previas. De modo que toda fase puede ser vista simultáneamente como tesis, antítesis y síntesis. Lo importante no es el principio ni el fin, sino el camino recorrido entre cada uno de los estadios de la comunicación, que es siempre dinámica y continua. La comunicación se entiende aquí en términos de un proceso dialéctico continuo, que con cada vuelta del ciclo se enriquece y amplia más.
El final del libro es un compendio de las ventajas e implicaciones de la visión que el autor tiene de la comunicación como un universo completo, donde incluye la unión entre las ciencias y las humanidades y entre otros muchos pares de opuestos que, gracias a una visión global, pueden ser unificados y contemplados como una y la misma cosa.


Cabe destacar la manera peculiar de escribir del autor, que requiere del lector un esfuerzo especial. Por un lado, las citas se encuentran siempre insertas en las frases, de modo que completan el sentido de lo que el autor está diciendo, aunque pueden complicar su comprensión para un lector poco perspicaz. Y por otro lado, siendo éste el rasgo más destacado de su escritura, hace un uso constante de guiones, paréntesis y de la barra inclinada. Cada una de sus aserciones que incluyen estos elementos permite una multitud de lecturas posibles, de modo que el lector debe tener en cuenta todas las posibilidades que se deducen de una única oración. Su forma de escribir está en concordancia con su teoría de la comunicación, ya que del mismo modo que la comunicación se puede articular de muchas maneras y permite una multitud de puntos de vista, reunidos todos bajo un mismo universo, los significados que transmite con cada aserción son múltiples y se dejan contemplar desde ángulos muy variopintos. Pero, una vez acostumbrado el lector a esta forma de escribir, se descubren en ella muchas ventajas cognoscitivas, además del hecho de que obliga a estar en alerta constante para no dejar escapar ninguna de las alternativas que se plantean prácticamente en cada oración.



Referencias bibliográficas

Craig, Robert. 1999. “Communication Theory as a Field”. Communication Theory, 2: 119-161.
Freedman, Barbara. 1991. Staging the Gaze: Postmodernism, Psychoanalysis, and Shakespearean Comedy. Ithaca, NY, and London: Cornell University Press.
Peters, John D. 1993. “Genealogic Notes on ‘the Field’”. Journal of Communication, 43, no. 4: 132-139.


Claudia Fernández Fernández
Universidad de Málaga

Kiełtyka, Robert. On Zoosemy: The Study of Middle English and Early Modern English Domesticated Animals. Rzeszów: Wydawnictwo Uniwersytetu Rzeszowskiego, 2008, 257 pp. Preface by Grzegorz A. Kleparski. ISBN.: 978-83-7338-387-6.

Por Pedro José Chamizo Domínguez

El uso de nombres que significan literalmente en el ámbito del dominio animal para referirse translaticiamente al ámbito de dominio humano (zoosemia) es un fenómeno extendido en cualesquiera lenguas y culturas. Y esto ocurre hasta el punto de que el mismo nombre se usa, en función del contexto con carácter meliorativo (Vg.: gato por «hombre sagaz, astuto»),[1] con carácter peyorativo (Vg.: gato«ladrón, ratero que hurta con astucia y engaño») o con carácter axiológicamente neutro o estrictamente referencial (Vg.: gato por «hombre nacido en Madrid»). Incluso muchas veces el nombre que significa literalmente un animal (o su imagen) se usan para simbolizar o referirse a las mismísimas personas de la Santísima Trinidad (Vg.: el pez por Jesucristo)[2] o a naciones o grupos sociales (Vg.: el toro como símbolo de España).[3] Es más, este fenómeno tan extendido consistente en referirse al dominio de lo humano con términos que literalmente significan en el dominio animal es explotado cognitivamente para usar algunos de estos términos en función de sus múltiples significados. Así, por ejemplo, el nombre del grupo musical The Pussycat Dolls, ha sido probablemente escogido en función de los diversos significados que tiene el término inglés pussy-cat; a saber: 1) «a nursery word for a cat»; y 2) «applied to a person (…) one who is attractive, amiable, or submissive» (OED, 1989).[4] Por no mencionar el hecho de que, aisladamente considerados, los sustantivos ingleses cat y pussy, además de significar literalmente gato, significan: 1) «a prostitute»; 2) «the vagina»; y 3) «a woman thought available for promiscuous copulation» (Holder, 2003). Y hay otras a veces en que incluso se recurre a códigos más ocultos que en el caso anteriormente mencionado. Este es el caso del nombre de otro grupo musical, The Guerrilla Girls, cuyo significado, prima facie, sería el de Las (chicas) guerrilleras. No obstante, y dado que las componentes de ese grupo musical aparecen disfrazadas con caretas de gorilas y los sustantivos ingleses gorilla y guerrilla son un caso paradigmático de homofonía, The Guerrilla Girls significará a la vez Las (chicas) guerrilleras y Las (chicas) gorilas.[5]
 
Pues bien, todos estos ejemplos son casos de términos que se han convertido en polisémicos u homónimos mediante un largo, y a veces intrincado, proceso histórico en el que han actuado los mecanismos habituales que intervienen en el cambio semántico, mecanismos tales como la metáfora, el eufemismo, la metonimia, la ironía, el disfemismo o la sinécdoque. Y este proceso es el que estudia en el caso de la lengua inglesa Robert Kiełtyka en su On Zoosemy: The Study of Middle English and Early Modern English Domesticated Animals, trabajo que fue originalmente presentado como tesis doctoral dirigida por el profesor Grzegorz A. Kleparski (Universidad de Rzeszów). Para llevar a cabo su objetivo el autor divide su obra en dos partes principales, que él llama “capítulos”. En el capítulo I, «Historical Semantics: Past Achievements and Modern Vistas» (pp. 23-88), pasa revista al estado de la semántica histórica y a las diversas teorías lingüísticas que han tratado de explicar el cambio semántico desde el siglo XIX hasta nuestros días, haciendo especial hincapié en la explicación de la metáfora y la metonimia que proporciona la moderna lingüística cognitiva. En el capítulo 2, «Semantic Development of Middle English and Early Modern English Canine, Equine and Feline Zoosemy» (pp. 89-226), el autor centra su estudio en las transferencias metafóricas que se han hecho en la lengua inglesa hacia el dominio humano desde los dominios canino, equino y felino. No obstante, Robert Kiełtyka no se limita solamente a estudiar este fenómeno en el caso del inglés, sino que, además, hace un estudio contrastivo y comparativo de estas transferencias de significado desde el dominio de los animales domésticos al dominio de lo humano en las más diversas lenguas, entre las que se incluyen no solo muchas lenguas indoeuropeas sino también otras tales como el mandarín, el hebreo o el húngaro. Además de las dos partes centrales a las que acabo de aludir, el libro contiene un «Preface» (pp. 7-9) del Profesor Grzegorz Kleparski que es un acreditado especialista en semántica histórica y zoosemia, una página de convenciones tipográficas (p. 10), una «Table of Abbreviations» (pp. 11-14), una «Introduction» (pp. 15-21), unas «Conclusions» (pp. 227-242) y una extensísima y actualizada bibliografía dividida en dos partes: 1) «Dictionaries and Corpora» (pp. 243-245); y 2) «Other References» (pp. 245-257). Con respecto al aparato bibliográfico, aunque es más que suficiente para el propósito que el autor se propone llevar a cabo, quisiera añadir algunas trabajos monográficos sobre zoosemia que no han sido recogidos en este libro y que pudieran serle de utilidad en futuros estudios; a saber: Chamizo Domínguez y Zawislawska (2008), Echevarría Isusquiza (2003), Ferrario (1990) o Vigerie (1992).
 
El libro de Robert Kiełtyka cumple con creces el objetivo que su autor se propone con él de dar cumplida cuenta de la evolución semántica en la lengua inglesa de los nombres de los animales domésticos; lo cual es especialmente notable dado el hecho de que, a pesar del uso que hacen los hablantes de cualesquiera lenguas de la zoosemia, los académicos le han prestado poca atención hasta ahora a la cuestión. Ahora bien, como acontece con todo trabajo bien hecho, este libro no solo cumple con su objetivo particular, sino que, además, abre ciertas perspectivas interesantes para futuras investigaciones sobre el tema. De acuerdo con ello, me atrevo a sugerirle al autor un par de líneas de investigación que bien pudiera llevar a cabo en el futuro:
 
1.     En primer lugar quisiera referirme al fenómeno de transferencia metafórica del dominio de las plantas al dominio humano (plantosemia), fenómeno al que no se ha prestado prácticamente ninguna atención. Bien es cierto que los casos de plantosemia que se pueden documentar en una lengua dada son cuantitativamente menores que los de zoosemia, pero no es menos cierto que también existe una amplia nómina de términos que significan literalmente en el dominio vegetal y se aplican translaticiamente al dominio humano, lo mismo aisladamente considerados que formando parte de unidades fraseológicas. Baste, a título de ejemplo, citar algunos casos de la lengua española entre los que están lexicalizados y, consecuentemente, recogidos en el DRAE, aunque este diccionario no es exhaustivo ni mucho menos al respecto: alcornoque, que, además de significar literalmente el árbol, significa translaticiamente «persona ignorante y zafia»; papa, que además de significar literalmente el tubérculo, significa translaticiamente «mentira» (México) y «mujer hermosa» (Uruguay); pera, que, además de significar literalmente la fruta, significa translaticiamente «dicho de una persona: muy elegante y refinada, que raya en lo cursi», sin mencionar que el modismo pera en dulce significa «persona o animal de excelentes cualidades»; o trufa, que, además de significar la criadilla de tierra, significa en el dominio de lo humano «embuste (mentira)».
2.    En segundo lugar, y dado que en este libro no solo se estudia el fenómeno lingüístico y cognitivo de la zoosemia en la lengua inglesa, sino que, como he señalado anteriormente, se hacen continuas referencias al mismo fenómeno en otras muchas lenguas, sería interesante llevar a cabo estudios sistemáticos y contrastivos de la zoosemia en las diversas lenguas. Estos estudios, además de su indudable valor teórico, tendrían también un gran valor práctico, especialmente para los traductores y para la confección de diccionarios bilingües, especialmente en los casos de divergencias. Por ejemplo, el sustantivo polaco cipka/cipa y el sustantivo español polla designan ambos literalmente en el dominio animal a la gallina joven; pero el sustantivo polaco designa metafóricamente a la vagina u órgano sexual de las mujeres, mientras que el sustantivo castellano designa al pene u órgano sexual de los hombres en el español hablado en España y es obviamente un término tabú; amén de que en el español hablado en América significa, entre otras cosas, «apuesta, especialmente en carreras de caballos» (DRAE, 2008) y, obviamente, no es un término tabú de ninguna manera. De modo análogo el sustantivo inglés bug y el español bicho son sustituibles el uno por el otro salva veritate en el dominio animal, pero sus significados translaticios en el dominio humano son muy diferentes. Y ello porque bugsignifica translaticiamente «an unexpected defect, fault, flaw, or imperfection», «a sudden enthusiasm», «enthusiast», «a prominent person» o «a crazy person» (Merriam-Webster, 2008), mientras que bicho significa, entre otras cosas, «persona aviesa, de malas intenciones», «persona (individuo)» o (El Salvador y Honduras) «niño, muchacho» (DRAE, 2008). Y si todos estos ejemplos son casos de términos que pueden llevar al error al más experto de los traductores, muchos más problemático es el caso de los falsos amigos, tema sobre al que me he ocupado desde hace algún tiempo.
 
En cuanto al capítulo de las cosas que he echado en falta en este libro, quisiera señalar dos. La primera de ellas es estrictamente formal, se trata de la ausencia en el libro de un índice de los nombres propios y de los términos más relevantes que aparecen en la obra, índice que sería de mucha utilidad a la hora de consultar algún detalle concreto. La segunda de ellas tiene algún alcance teórico mayor. Cuando se estudia la zoosemia se da por hecho el que estamos tratando de proyecciones metafóricas o metonímicas desde el dominio animal al humano. Ahora bien, cuando utilizamos el nombre que designa literalmente a un animal para referirnos al dominio humano, lo que estamos haciendo en última instancia es una proyección antropomórfica sobre los animales, dado que damos por aceptado que los animales tienen determinadas características que, hablando con propiedad, son estrictamente humanas. Así, por ejemplo, si tórtolo ha pasado a significar en el dominio humano «hombre amartelado» y «pareja de enamorados» (DRAE, 2008), esto ha sido posible porque previamente hemos aceptado que los tórtolos y las tórtolas son constitutivamente enamoradizos, cosa que, hablando con propiedad, solamente es predicable de los humanos. Y ello sin mencionar el que hay casos en los que se sabe explícitamente que el proceso de transferencia de significado se ha tenido históricamente un viaje de ida y vuelta. De entre estos casos quisiera referirme, a título de ejemplo, a dos de ellos: un caso de zoosemia y otro de plantosemia. Con respecto al caso de zoosemia, es sabido que el sustantivo zorra se aplicó históricamente en primer lugar a los seres humanos (Corominas y Pascual, 1984-87) y solo posteriormente se usó para referirse al animal que los latinos llamaban vulpes, de cuyo diminutivo vulpecŭla proceden los sustantivos españoles vulpeja y vulpécula; y ello a pesar de que los hablantes actuales del español no sean conscientes de este proceso diacrónico y hayan vuelto a usar el sustantivo zorra en el dominio humano para significar. Con respecto al caso de plantosemia, es relevante hacer notar que el sustantivo español aguacate (que desde el español se ha extendido a multitud de lenguas: alemán Avocado; francés avocat; inglés, italiano y neerlandés avocado; polaco awokado; portugués abacate; griego αβοκάντο) procede del término āhuacatl, que en lengua náhuatl significa literalmente testículo (Corominas y Pascual, 1984-87). Y, una vez lexicalizado en español el sustantivo aguacate en español para designar al fruto, en las variedades del español habladas en América Central se use ese sustantivo para designar a una «persona floja o poco animosa» (DRAE, 2008).
 
Para concluir quisiera hacer hincapié en que la lectura de On Zoosemy: The Study of Middle English and Early Modern English Domesticated Animals, Robert Kiełtyka, es sumamente recomendable por, al menos, las siguientes razones: 1) porque su contenido se ajusta a los prometido en el título; 2) porque en este estudio se ha tenido en cuenta el estado actual de las teorías sobre la metáfora y la metonimia; 3) porque es de suma utilidad para futuros estudios contractivos de la zoosemia en las diversas lenguas y, en consecuencia, para la tarea práctica de los traductores; y 4) porque lo contenido en él es susceptible de ser ampliado a ulteriores estudios en los que se amplíe este tema tan sugerente de las transferencias de significado desde el dominio animal al dominio humano, sea esto en las dos líneas de investigación que me he permitido sugerir o en otras que a mí se me escapen.
 
Referencias bibliográficas
 
Chamizo Domínguez, Pedro J. 2008. Semantics and Pragmatics of False Friends. Londres/Nueva York: Routledge.
Chamizo Domínguez, Pedro J. y Magdalena Zawislawska. 2008. «Animal Names Used as Insults and Derogation in Polish and Spanish». Philologia Hispalensis, 20/1: 137-174. Disponible en: http://www.institucional.us.es/revistas/revistas/philologia/pdf/numeros/20/1_chamizo.pdf
Corominas, Joan y José A. Pascual. 1984-87. Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. Madrid: Gredos.
DRAE. 2008. Diccionario de la lengua española. Madrid: Real Academia de la Lengua. En http://buscon.rae.es/draeI/
Echevarría Isusquiza, Isabel. 2003. «Acerca del vocabulario español de la animalización humana». Círculo de lingüística aplicada a la comunicación, 15. Disponible en: http://www.ucm.es/info/circulo/no15/echevarri.htm
Ferrario, Elena. 1990. La metafora zoomorfa nel francese e nell'italiano contemporanei. Brescia: La Scuola.
Holder, Robert W. 2003. A Dictionary of Euphemisms. How Not To Say What You Mean. Oxford: Oxford University Press.
Merriam-Webster. 2008. Merriam-Webster on Line. Disponible en: http://www.merriam-webster.com/
Oxford English Dictionary. 1989. The Oxford English Dictionary. Edición de J. A. Simpson y E. S. C. Weiner. Oxford: Clarendon Press.
Sellar, Walter C., y Robert J. Yeatman. 1991. 1066 and all that. A Memorable History of England comprising all the parts you can remember including 103 Good Things, 5 Bad Kings and 2 Genuine Dates. Londres: Methuen [1930].
Vigerie, Patricia. 1992. La Symphonie animale. Les animaux dans les expressions de la langue française.París: Larousse.
 
Pedro José Chamizo Domínguez,
pjchamizo@uma.es
Universidad de Málaga
pjchamizo@uma.es
 
 
 


[1] Las definiciones de los términos castellanos las tomaré, salvo indicación expresa, de la edición electrónica del Diccionario de la lengua española (DRAE, 2008, en adelante).
[2] Como es sabido, el origen de la figura del pez para simbolizar a Jesucristo está en el hecho de que pez se dice en griego ichthys, sustantivo que coincide con el acrónimo de Iēsous Christos Theou Huios Sōtēr(Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador).
[3] A este caso alude el propio Robert Kiełtyka en su libro (p. 28), aunque me gustaría añadir a la información que se proporciona ahí que la imagen del toro en la bandera oficiosa de España tiene su origen en una famosa valla publicitaria del brandy de Osborne. No obstante, y a pesar de este origen comercial, el Toro de Osborne es la única valla publicitaria que se indultó cuando el Gobierno Español prohibió la publicidad comercial en las vías interurbanas (1998); y este indulto fue posible precisamente porque el Toro de Osborne era ya un símbolo oficioso de la propia España y con este sentido es utilizado por los seguidores de los equipos deportivos españoles.
[4] Aunque el OED no recoge estas acepciones, la versión electrónica del Collins English Dictionary & Thesaurus (http://uma.lexibase.reverso2.net/Main.aspx. Consultado el 30 de octubre de 2008), añade, como “taboo slang”, las siguientes: 1) «the female pudenda»; y 2) «a woman considered as a sexual object».
[5] La homofonía de los sustantivos ingleses gorilla y guerrilla se suele explotar cognitiva y humorísticamente con bastante frecuencia. A título de ejemplo baste la siguiente cita: «The second part of the Napoleonic War was fought in Spain and Portugal and was called the Gorilla War on account of the primitive Spanish method of fighting» (Sellar y Yeatman, 1991: 99). Para ulterior información sobre este asunto, ver Chamizo Domínguez (2008: 82-85).

Chamizo-Domínguez, Pedro J., Semantics and Pragmatics of False Friends, New York: Routledge, 2008, 186 pp. including bibliography and index 15 pp. plus introduction pp. 4. ISBN: 0-415-95720-6

por Jan Harald Alnes, University of TromsØ
jhalnes@sv.uit.no

 
0 Some books are interdisciplinary in the true sense of the word, that is to say, they treat a field of study that overlap between different disciplines without simply, or more or less, applying the insights from one field onto another field. This book (henceforth called “False Friends”), published in the Series Routledge Studies in Linguistics, is such a book. As the title says, the theme of the book is false friends, which, roughly, but to give the reader some ideas, could be explained as follows: It frequently happens that two ordinary languages, called “the Source language” (SL) and “the Target language” (TL), have homographic or homophonic words or phrases in common. If the meanings of two such words or phrases are either unrelated, or partly, but not completely, overlap, we have a case of false friends. Obviously, some of the false friends between SL and TL are false friends by more or less coincidence, while others are etymologically related. The former are called “chance false friends” and the latter “semantic false friends.” Of course, there are a number of subclasses under these headings. The most interesting subclass, and accordingly the one that receives most attention in this book, is that of partial semantic false friends. To exemplify, the Spanish “inexcusable” and the English “inexcusable” are partial semantic false friends as the former might be translated by the two English terms “inexcusable” and “unavoidable,” depending on the context (False Friends: 7 –8). Chamizo-Domínguez presents an enormous sample of such cases, each one of them exploring various quite interesting facts about the development of language, both internally and between different, more or less related, languages. The notion of context, just alluded to, turns out to be the key to understanding the present book. I will discuss it in some detail in due time.
 
Chamizo-Domínguez explores the general phenomenon of false friends from a “linguistic” as well as a “philosophical” point of view. His overall focus is Translation theory, a huge and growing interdisciplinary subject of which Spain is the leading centre. The present book is, beyond doubt, a major contribution to one of the main themes of this field of study. Translation between languages, or in contexts, that have, or contain false friends is approached from a theoretical, or “semantic” perspective, as well as from a practical, or “pragmatic” perspective. Let me note that as a philosopher, I am somewhat foreign to the use of real experiments in order to test out various assumptions and/or underscore points; I am more used to what philosophers call “thought-experiments.” I really enjoyed the different tests that Chamizo-Domínguez undertook towards students—some new to translation theory, others experienced—, as well as towards colleagues. It is of particular interest to note that it frequently happened that the test-persons provided translations that surprised or at least was unexpected from the author’s point of view (False Friends: 43 –45 and 159 –164). Such tests are used to illuminate both semantic and pragmatic issues.
 
This book, then, could, and should, be reviewed from quite different angles. Another interdisciplinary researcher, a linguist, or a philosopher may review it. As a philosopher by profession, I have my own limited approach towards, and insight into, this field of research. It is accordingly my hope that some member of either of the two other groups also would review this fine piece of work. (Fortunately, it has come to my attention that such is indeed the case!)
 
The review consists of five parts. I begin by introducing the general ontological theme in the philosophy of language, viz. the question about the nature of meaning. Some philosophers claim that meanings are entities of some kind or another, while others argue that meaning should be taken care of in some other way, prominently by way of an account of use. I detect both tendencies in False Friends. This question therefore reoccurs in different clothing throughout the four subsequent Parts. The major aim of this review is to read False Friends consequently as falling within the second kind of approach towards meaning. Consequently, I find it necessary from time to time to rephrase or reconstruct the actual wording of False Friends, while attempting to keep Chamizo-Domínguez’s insights. But, of course, as will become evident in my discussions, I also have other aims. Part 2 focuses on the notion of synonymy; this highly troublesome term is a key-term in False Friends, and, according to its author, in Translation theory quite generally. In part 3, I discuss what the author calls “secondary meaning,” in particular with respect to metaphors. Donald Davidson’s theory of meaning and metaphor is invoked in order to throw a critical light on this complicated issue. The notion of an implicature is crucial to False Friends, and a central issue in Part 4 is accordingly Paul H. Grice’s theory of implicatures. This theory, in turn, is but a central feature of Grice’s general and unified theory of meaning and communication. I present some aspects of this theory and relate them to False Friends. Since Chamizo-Domínguez in certain aspects, but not in all, is close to Grice, I believe that the latter’s theory is particularly useful in order to throw illuminating light on the central topics of False Friends. The review is rounded off in Part 5. I make a few comments on the pragmatic aspects of the book, and provide a few observations about the relationship between Willard van O. Quine and Chamizo-Domínguez. It should be noted from the outset that the various issues treated below are interconnected in a number of ways. Thus, I have found some overlap unavoidable.  
 
1 Chamizo-Domínguez observes quite correctly that one’s view on language informs one’s view on translation.[i] I agree in particular to his view that a “picture theory” of meaning leads to another understanding of the task and aim of translation than a “use-account” of meaning.[ii] To me, the author’s numerous illustrative examples of false friends strongly support the view that a picture-theory of meaning is at odd with a huge empirical material. By “picture theory,” I here include views that in addition to (or, even worse, instead of) talking about the meaning of sentences as used or uttered at particular occasions, take sentences to express thoughts (Gedanke) or propositions; i.e. theories whose ontology embraces meaning. As mentioned, Chamizo-Domínguez points out, time and again, and often the cases are rather complex, that one sentence, as used on a particular occasion, might be translated in different ways into another language, and he furthermore singles out numerous incorrect translation that have been made between languages. It is quite liberating and somewhat strange for a philosopher grown up in the shadows of the classical disputes between Gottlob Frege and Bertrand Russell, to read a book concerned with some of the deepest problems in the philosophy of language, which does not use the term “proposition” at all. If it is one feature that characterizes this book, then it is the overall emphasize on the context and the circumstance of the use of words, rather than an ontological treatment of the issue as to what meaning is.[iii] This general manner of approaching language is common to Chamizo-Domínguez and Quine—a philosopher who plays, as will become evident, a significant role for Chamizo-Domínguez. In Part 2, I point out that Chamizo-Domínguez accepts Quine’s objections against any attempt at capturing a philosophically enlightening notion of synonymy. And, of course, to Quine these objections are part of a comprehensive attack on any notion of meaning that carries ontological commitments. When we turn to the issue about the use of words in contexts other than the literal ones, however, I detect a tension in the thought of Chamizo-Domínguez between that issue, where Chamizo-Domínguez talks freely about levels of meaning, and the present one. Thus, although I myself prefer to approach meaning in terms of use (Quine, Wittgenstein), as is evident throughout this review, it is to me unclear whether Chamizo-Domínguez has the same preference. Our question, “What is the nature of meaning?” is left unresolved in False Friends. Now, obviously, the fact that False Friends does not answer our question is not in itself a significant objection, since its starting point is Translation theory. But if Chamizo-Domínguez trades on both traditions in the philosophy of language, then, I gather, he needs, at the end of the day, to adjust some part of his theory.
 
2 Chamizo-Domínguez takes the notion of synonymy to be the central notion in his project:
 
From these five concepts [synonymy, homonymy, polysemy, register, and diachrony], one is both the most basic and based for the others and for any theory on translation: this is synonymy, which has also been the most strongly criticised one by linguists and philosophers of language, though (False Friends: 32).
 
Hence, should we have to summarize to the minimum what the task of translation involves, I cannot think of anything better than understanding translation as identifying synonyms in two different languages. If this intuitive opinion is right, then the notion of synonymy in itself and its analysis become cornerstones in order to perform any attempt for establishing a theory of translation (False Friends: 33).
 
…despite all this, the introduction to the notion of synonymy in this work is essential in order to identify the cases in which two given terms in two given languages may be interchanged in the translation of an utterance (False Friends: 36).
 
In the first and third quote, Chamizo-Domínguez alludes to the by now classical philosophical and linguistic objections to the notion of synonymy; he subscribes to Quine’s objections in particular (Quine 1953,1960). Chamizo-Domínguez solves his problem in the only way possible, viz. by introducing a definition of synonymy that both avoids the actual philosophical and linguistic issues and is adequate for his purposes:
 
I shall deal with a weak notion of synonymy … two terms would be synonymous if, in a given context, one can be substituted by the other with no changes in the truth values of the utterance in which the substitution takes place (False Friends: 40, italics added).
 
The three key features of this definition is firstly, that synonymy is defined for terms, and not, say, sentences, secondly, the invocation of the term “context”, and finally, that the substitution is to preserve, not the truth-condition of the sentence or utterance, but its actual truth-value. In order to spell out the significance of this definition, I treat these features separately.
 
(i) It is clearly correct to give the definition of synonymy with respect to subsentential expressions, whether it is to terms only, as is Chamizo-Domínguez choice,[iv] or also is to include phrases and expressions. (This particular theme cannot, due to limit of space, be pursued any further, but the reader should be aware that it is a quite interesting and important issue). By the way, Quine observes that this is in accordance with the etymology of “synonymous” (Quine 1960: 61). It therefore comes as a surprise that Chamizo-Domínguez immediately after providing his definition, maintains that it is on line with the corresponding definition provided by Keith Allan in his comprehensive textbook in linguistics, viz. “A is synonymous with B only if when A is true, then B is true, and vice versa. (It follows that if A is false then B is false, and vice versa)” (False Friends: 40, Allan 2001: 115). Here synonymy is defined as a relation between sentences or utterances; it is, after all, sentences or utterances, and not terms, which have truth-values. Allan’s definition is clearly useless, as sentences substantially unrelated might, by coincidence, always have the same actual truth-value. Allan is aware of this, and introduces later on a modal version of his definition (Allan 2001: 188). To me, it is evident that even this refined definition of synonymy fails for a number of reasons. And, as a matter of fact, Chamizo-Domínguez is very close to committing himself to my view when he introduces four strong definitions of synonymy, where one of them is based on the notion of necessity, which he finds useless (False Friends: 31 –33). Now, since these definitions take terms as their starting point, Allan’s definition is not included among them. Still, it is hard to believe that one could accept the uselessness of the four strong definitions, and retain Allan’s definition. To conclude this discussion, synonymy ought to be defined for terms (or other subsentential expressions) in the first place, only then might one attempt to define the derived notion of synonymy of sentences or utterances. And this is what Chamizo-Domínguez does.
 
(ii) Let us turn our attention to the term “context.” A characteristic feature of one of the two important classes of partial semantic false friends (the other important class is mentioned in a moment), is the fact that in one setting, a biological one, say, they can be substituted for each other while preserving truth-value (or truth-conditions, see below), while in another setting, for instance a juridical one, they cannot so be substituted.  (If the two terms could be substituted in all such contexts, they would be what we might call “completely synonymous”). Chamizo-Domínguez introduces a number of such contexts in his book, for instance, ecclesiastical contexts (False Friends: 39), scientific contexts, philosophical contexts, linguistic contexts  (False Friends: 124), legal or political contexts (False Friends: 25) and academic contexts (False Friends: 126). I find this manner of singling out a subclass of partial semantic false friends by the invocation of contexts illuminating and clear. The notion of a context is not defined, but it might be viewed as a generalization of the old logical notion of a domain of discourse, or a subject of discourse. It seems, however, as if the word “context” is used in another, more committing, sense when Chamizo-Domínguez maintains that the sentence, or metaphor, “You are the cream in my coffee” is a context in which the term “cream” is used (False Friends: 48). We will discuss this particular example in some detail in Parts 3 and 4.
 
Now, a word about the other main subclass of partial semantic false friends, namely terms that, despite being completely synonymous or synonymous in given contexts, still ought not to be translated for each other. This lack of translatability is due to what is often called “pragmatic factors.” The reason is that the two terms have different “register.”  For some reason or other, the author does not define the term “register,” but his examples clarifies what it is. Let us take a brief look at one of them. Note first that “hemorroide” and “almorrana” are synonyms in Spanish, and can be translated into the English synonyms “haemorrhoid” and “pile,” respectively. Says Chamizo-Domínguez:
 
…It is obvious that any Spanish native speaker will find their register different. That is particularly why, although we may interchange “hemorroide and “almorrana” and keep the principle of substitution salva veritate, the implicatures of the sentences involved will be very different. Thus, the use of “hemorroide” often implies a certain cultural level of the speaker, while for “almorrana” the speaker’s cultural level is supposed to be lower (False Friends: 53).
 
He further points out that if a given language has only one word for haemorrhoids, then that word will be a partial semantic false friend to the corresponding two words in Spanish and English, due to a lack of corresponding implicatures. (Implicatures are discussed at some length in Part 4, we leave it undefined for now.) Chamizo-Domínguez concludes his discussion by saying that “although the reference of all those terms is the same, the implicatures will vary depending on the case” (False Friends: 53).
 
Clearly, then, the notion of partial semantic false friends that depends solely on register is a finely grained notion, much finer than e.g. truth-conditions; see below. Of course, although the term “register” might be quite new, the phenomenon has been known for a while. Gottlob Frege gives numerous corresponding examples in his attempts at clarifying his notion of a thought. I shall close this discussion with one of his remarks that also has some bearing on our next issue:
 
… in this connection it is useful to the poet to have at his disposal a number of different words that can be substituted for one another without altering the thought, but which can act in different ways on the feelings and imagination of the hearer. We may think e.g. of the words “walk”, “stroll”, “saunter” [“gehen”, “schreiten” and “wandeln”]. These means are also used to the same end in everyday language. If we compare the sentences “This dog [Hund] howled the whole night” and “This cur [Köter] howled the whole night”, we find that the thought is the same. The first sentence tells us neither more nor less than does the second. But whilst the word “dog” is neutral as between having pleasant or unpleasant associations, the word “cur” certainly has unpleasant rather than pleasant associations and puts us rather in mind of a dog with a somewhat unkempt appearance (Frege 1979: 140). [v]
 
(iii) We have reached the most complicated and demanding part of our discussion of Chamizo-Domínguez’s definition of synonymy, namely his invocation of the principle of substitution salva veritate. This substitution principle was first formulated by Leibniz: “Eadem sunt, quae sibi mutuo substitui possunt, salva veritate,” or alternatively “Eadem sunt, quorom unum potest substitui alteri salva veritate.”[vi] John L. Austin translates the principle, in the latest phrasing, as follows: “Things are the same as each other, of which one can be substituted for the other without loss of truth” (Frege: 1980: 76). [vii] It is common to take the principle to relate to the notion of identity, eventually to provide a definition or explication of that notion. Frege is famous for having developed an intricate philosophy of mathematics and language on the basis of the fundamental insight that two singular terms might refer to the same object, while having different sense. Such is the case with the two Greek terms “Hesperus” (“The Morning Star”) and “Phosphorus” (“The Evening Star”). These two terms might be substituted for each other salva veritate (but not in opaque contexts): “Hesperus is the brightest star seen in the east before sunrise” and “Phosphorus is the brightest star seen in the east before sunrise” have the same true value. But, says Frege, since “Hesperus” and “Phosphorus” have different sense, the thoughts expressed by the two sentences differ.[viii] Chamizo-Domínguez, on the other hand, and in strong opposition to Frege, relies on the salva veritate principle when defining synonymy. Thus, as he himself states, his notion of synonymy is weak, we could call it “referential synonymy.” It states than any two members of a pair of co-referring or co-extensional terms, in a given context, are synonymous. Maybe, I wonder, it is too weak. Let me elaborate a bit. Despite deep divergences in general philosophical outlook, such disparate philosophers as Frege, Wittgenstein, Carnap, Quine and Davidson, just to mention the most outstanding ones, maintain that the meaning (“sense,” in the case of Frege) of a sentence is given when one has stated the conditions under which it is true.[ix] Accordingly, then, a truth-conditional semantics might contain this rephrased version of Chamizo-Domínguez’s definition:
 
 Two terms would be synonymous if, in a given context, one can be substituted by the other with no changes in the truth-conditions of the utterance in which the substitution takes place.
 
Let “TV” be shorthand for the original definition, and “TC” shorthand for this new one. Now, let me underscore that both TV and TC take for granted that there is a deep connection between meaning and truth, and it is hard to imagine an account of meaning that does not. The crucial difference between them is that the while TV involves the actual truth-value, TC avoids invoking reference or extension. Let us return to Frege’s example once more. According to TV, “The Morning Star” and “The Evening Star” are synonymous in quite a number of contexts, while they are in general not synonymous according to TC. Clearly, then, the definition of synonymy in terms of truth-conditions is more finely grained that the definition of synonymy in terms of truth-value. That is to say, all pairs of terms that are synonymous according to TC, are synonymous according to TV, but not vice versa. It is highly important to note that the distinction between partial semantic false friends due to lack of synonymy in a given context and partial semantic false friends due to different registers in a given context, holds for both definitions. Recall here that Frege himself time and again underscored the difference between what we have called “implicatures” and truth-conditions.  (The substitution of “cur” for “dog” preserves truth-conditions, but invokes implicatures. In these cases, the implicatures are conventional and not conversational; but see Part 4 for a further discussion and modification of this claim.) I have, in other words, not been able to figure out the exact reasons for defining synonymy as coarse-grained as done in False Friends. To rephrase my present point as a challenge: Although “synonymy” in these contexts is a quasi-technical terms, is it not the definition in term of truth-conditions, rather than the definition in terms of truth-value, that is in accordance with our vernacular language? Now, it is highly important to note that Chamizo-Domínguez has made a strong case for the claim that whether one opts for TV or TC, or another “weak” definition of synonymy, the restriction to context should be a crucial part of the definition. This is an improvement over traditional weak definitions.
 
Let me close of this discussion of synonymy by repeating my agreements with Chamizo-Domínguez. First of all, I fully agree with him both that synonymy must be given a weak definition, i.e. the definition should not involve modality, and that the definition must be given with respect to a particular interest. (The interest-relativity of philosophical notions is, by the way, one of the major lessons to be learned from the writings of Quine.) I further find it crucial with respect to Translation theory to draw a theoretical distinction between synonymy and register.
 
3 Our next theme is levels of meanings, in particular metaphorical meaning. I am not in favour of Chamizo-Domínguez’s liberate use of the notion of meaning, in particular when he maintains that a word has primary, secondary and transitional meanings. There seems to be too many meanings around. I have, of course, no objections against this way of speaking, per se, as long as it is made clear that it does not carry ontological commitments. We are moving into muddy waters, and it might well be that my worry is due to such terminological matters; but the issue needs to be explored.
 
(i) Let us begin by taking yet another at the notion of a context and its role in the definition of synonymy. I shall propose an alternative analysis of Chamizo-Domínguez’s problematic example; an analysis I believe to fit perfectly into the main line of reasoning in False Friends. Chamizo-Domínguez notes that the English word “doctor” and the Spanish word “doctor” are partial semantic false friends; in some contexts, i.e. academic ones, they might be substituted for one another, but not in general in medical contexts, this since one distinguishes in Spanish between “doctor” and “médico” in cases where one simply uses “doctor” in English (False Friends: 120 –123. I grossly simplifies Chamizo-Domínguez detailed and intriguing treatment of this case). Let us, for the sake of illustration, say that the terms are partial, but not completely, synonymous. In the medical context the two terms cannot always be substituted salva veritate. Compare this to “You are the cream in my coffee,” where the sentence is said to be the context, and it is maintained that the English word “cream” and the Spanish word  “crema” are synonymous in this context. But, one could ask, what does this mean? What does it mean to say that “You are the cream in my coffee” and “Eres la crema de mi café” have the same truth-value? In other words, what sense are we to make out of the claim that “You are the cream of my coffee” has any truth-value at all? To me, the sentence (or an utterance of it in any regular contexts, with given utterer and audience) is patently false. Let us apply the definition of synonymy to this case. As the context is just one sentence, it follows that any word that, when substituted for “cream” in “You are the cream of my coffee” makes it false, are synonymous with “cream;” an unwelcome consequence, indeed. To be fair, let me quote Chamizo-Domínguez’s own words:
 
When a metaphor is proposed for the first time (a novel metaphor) in a linguistic system, speakers understand the use of such terms as a diversion from its literal meaning—a “flouting” or a “categorical falsity”, as Grice called it (1989: 34). In this case the metaphor seems to be a usage matter, and its interpretation is occasional and limited to the moment of the utterance. Thus, the meaning of a novel metaphor would not go beyond its particular sense at the very moment of the utterance. Therefore, the example of metaphor that Grice himself provides, … “You are the cream of my coffee” … could be understood in Spanish without many difficulties if literally translated as …“Eres la crema de mi café.” This is because the English noun “cream” and the Spanish noun “crema” share the meaning of “the oily or butyraceous part of the milk, which gathers on the top when milk is left undisturbed” (OED) and “sustancia grasa contenida en la leche”, or “nata de leche” (DRAE), in English and Spanish, respectively. Consequently, in a context such as [“You are the cream of my coffee”], “cream” may be replaced by “crema” with no changes in the truth values of the sentences involved (False Friends: 48).[x]
 
 
Although I do not think this account works, I believe that the solution to our problem is simple. Why not simply maintain that with respect to the translation of a metaphor, the synonymy principle (whether TV or TC) is invoked secondary in the following manner: As “cream” and “crema” are synonymous in regular standard (standard, normal, most) contexts, “crema” is the foremost candidate for a translation of the actual sentence into Spanish? An account along this line would not only solve our problem, it would in addition rely on a clear, unified and simple notion of context. To me, this proposal is but a minor modification of Chamizo-Domínguez’s own theory, and I see no reason why it should not be acceptable to him. One might note that if two terms are partial semantic friends, and this is due to contexts (in the sense of “subjects of discourse”) which are common, then the problem of translating the terms in novel metaphors is similar to the problem of literal translation; also a consequence welcomed by Chamizo-Domínguez, I presume. My present suggestion about translation furthermore fits nicely into what I am saying about Grice’s account of literal meaning in Part 4. 
 
(ii) Chamizo-Domínguez’s treatment of Donald Davidson’s influential theory of metaphors is somewhat hostile (False Friends: 47ff). The reason, in my opinion, is mainly that Davidson does not clarify his notions of meaning and use, nor the distinction between them, adequately for readers who are not intimately familiar with his philosophy and the tradition to which he belongs. One needs, in particular, always to be strictly aware of the fact that Davidson uses the term “meaning” in a quasi-technical sense. Or more accurately, he uses “meaning” with a specific task, or interest in mind, to recall Quine’s methodological insight. That use, although schematically spelled out elsewhere, is simply taken for granted when Davidson presents his theory of metaphor. In fact, the difference between Davidson’s account of metaphors and that of the author of False Friendsmight be slighter than the latter thinks. I begin by providing a (very) schematic account of Davidson’s theory of meaning (drawn from Davidson 1984: Part 1); thereafter I compare his theory of metaphors to the one provided in False Friends.
 
Davidson’s grand project in the philosophy of language (I am here ignoring his attempts at formulating a unified theory of language and action) is to develop a theoretical framework for a satisfying theory of meaning for natural languages. Such a theory, he maintains, must be a theory about the truth-conditions for the actual as well as the potential sentences of that language. He argues at length and in detail, that a Tarskian definition of truth is such a theory. (The principal difference between Tarski’s own historical project and that of Davidson, is that while Tarski defines truth and takes meaning for granted, Davidson starts out with a primitive notion of truth and uses it to provide a theory of meaning.) Such a theory must be recursive and it must contain specifications of the reference of the singular terms as well as a satisfaction-relation for the predicates. Thus we get the so-called T-sentences of the form
 
“P” is true inL if and only if S,
 
where “`P´” is a sentence in the language “L” and “S” is a canonical description of “`P´” in the actual meta-language. A theory of meaning is adequate and extensionally correct, according to Davidson, just in case it generates all and only the correct T-sentences for the actual language. To illustrate, let Spanish be the object-language and English the meta-language. Then this is an example of a T-sentence:
 
“La nieve es blanca” is trueS if and only if snow is white.
 
We note, then, that in this theory of meaning, we do not need any notion of meaning. Let us instantiate our standard example of a metaphor, “You are the cream in my coffee” (assume for the same of the argument that the reference of “Eres” has been fixed). We get
 
“Eres la crema de mi café” is trueS if and only if you are the cream in my coffee.
 
Thus, “Eres la crema de mi café” is simply false. Such is the case with most metaphors (Davidson 1984: 257). The fallout is that the significance of metaphors cannot be captured by way of Davidson’s theory of meaning; in fact, he even makes the stronger claim that no theoryof meaning can make sense of metaphors. The adequacy of a theory of meaning is limited to the literal meaning of words. This is explicitly maintained in the introduction to (Davidson 1984):
 
No discussion of theories of meaning can fail to take account of the limits of application of such theories. The scope must be broad enough to provide an insight into how language can serve our endless purposes, but restricted enough to be amenable to serious systematization …`What Metaphors Mean´, is mainly devoted to the thesis that we explain what words in metaphor do only by supposing they have the same meanings they do in non-figurative contexts. We lose our ability to account for metaphor, as well as rule out all hope of responsible theory, if we posit metaphorical meanings (Davidson 1984: xix).
 
What then, from the perspective of this approach towards meaning, is the significance of metaphors? First of all, note that metaphors are an important and probably unavoidable feature of all complex use of language, including the scientific one:
 
In the past those who have denied that metaphor has a cognitive content in addition to the literal have often been out to show that metaphor is confusing, merely emotive, unsuited to serious, scientific, or philosophical discourse. My views should not be associated with this tradition. Metaphor is a legitimate device not only in literature but in science, philosophy and law; it is effective in praise and abuse, prayer and promotion, description and prescription (Davidson 1984: 246).
 
This is followed up a bit later:
 
We must give up the idea that a metaphor carries a message, that it has a content or meaning (except, of course, its literal meaning) … No doubt metaphors often make us notice aspects of things we did not note before; no doubt they bring surprising analogies and similarities to our attention; they do provide a kind of lens or lattice, as Black says, through which we view the relevant phenomena … What I deny is that metaphor does its work by having a special meaning, a specific cognitive content (Davidson 1984: 261 –262).
 
As is clear from these passages, within the framework of a theory of meaning, the only acceptable notion of content, or cognitive content, with respect to sentences or utterances is the one captured by the T-sentences: they provide the meaning of the sentences of the language, period. But, metaphors are none the less highly important—an opinion clearly expressed in the quote above.
 
Hopefully, my sketch has provided at least an idea of Davidson’s view on metaphors. Let us turn to the criticism that Chamizo-Domínguez voices against Davidson’s account:
 
Davidson’s denial to talk about metaphorical meanings … departs from the real or methodological oversight of how signifiers attain new meanings, but do not necessarily lose the former one, and how this process takes place in practice. The hardcore of this oversight resides in not distinguishing the three stages a metaphor … may undergo; e.g. novel, semilexicalised and lexicalised (False Friends: 47).
 
Here, I shall not discuss the significance of a novel metaphor; that issue is simply too huge to be covered in these pages. (For the record, note that Davidson, as one might expect, attaches no importance at all as to whether a metaphor is novel or not (Davidson 1984: 252f).) Rather, I shall make an attempt at establishing that Davidson, despite Chamizo-Domínguez’s claim to the contrary, do have the resources needed in order to distinguish between the three stages a metaphor may undergo. Let us take a look at Chamizo-Domínguez’s main case against Davidson:
 
… the most interesting stage of metaphors is semilexicalisation because speakers are aware of both the literal and the figurative meaning of a certain term. These metaphors allow us to establish conceptual nets and conform a system to conceptualise a particular reality in terms of another different reality … Let us look at a quote from the daily press to illustrate this point:
 
[14] “La Plaza de las Ventas, primera en el mundo y cátedra del toreo, aguarda nueva gestión”  [Las Ventas bullring, top of the world and bullfighter’s chair, is awaiting for new management … El País, December 1 2002, p. 41).
 
If, after having read it, we look up the entry for “cátedra” at the DRAE, we will see that none of the nine senses and five collocations of this word makes reference to bullfighting at all. Hence in [14] “cátedra” does not mean “aula” [classroom], empleo y ejercicio del catedrático [chairman´s position], or “facultad o material que enseña un catedrático” [subject thought by a chairman] (DRAE), for instance. Consequently, in  [14], we are providing a new transferred meaning for “cátedra” as a synonym of “lugar en que se practica lo mejor del toreo” [place where the best bullfighting is played or “lugar en que se puede aprender lo mejor de la tauromaquia” [place where one can learn the best in bullfighting matters]. But when using “cátedra” as in [14], we are actually conceptualizing bullfighting in terms of academy. Then, [14] is coherent with a wide conceptual network where we use terms with academic literal referents to denote and conceptualize the taurine domain (False Friends: 49).
 
This obviously needs to be spelled out. When Chamizo-Domínguez provides his two alternative synonyms for “cátedra,” he presupposes, since the synonyms do not involve any reference to, or do not even allude to, academy, that they in the actual context differ from “cátedra” exclusively in terms of register. Thus, the two alternative substitutions preserve truth-value, but lose the important implicature (in our wide sense of the term, see Part 4). It seems clear then, that Chamizo-Domínguez takes the truth-value of [14] to depend on whether La Plaza de las Ventas in fact has the quality of being the place where the best bullfighting is taking place, or alternatively, of being the place where one can learn the best in bullfighting matters, while Davidson simply takes [14] to be false. (But as a metaphor, it might still be effective and reach its intended effects.) It is not clear to me what our intuitions say about this case; it is not even clear what is at stake. This point is reinforced by looking at the further part of Chamizo-Domínguez criticism. For, when he talks about “conceptualising,” this might be read strongly or weakly. According to the strong reading, the conceptualization in terms of academy contains sentences (utterances/thoughts/propositions) that are true or false; according to the weak reading, we think about or encounter bullfighting along academic lines, but this does not involve sentences (utterances/thoughts/propositions) that are true or false, rather it is a manner of approaching bullfighting. Now, clearly, Davidson has no problems at all subscribing to the weak reading, but he would surely object to the strong reading, which seems to be that of Chamizo-Domínguez. But, again, how are we to decide between these two alternative ways of understanding the intended effects of the chosen metaphor? My general point is that despite Chamizo-Domínguez impressive phenomenological descriptions of the content and significance of metaphors, Davidson has the resources to transform these descriptions into his own theoretical framework. This exemplifies what one might call “effective redescription.” (It is furthermore evident that Davidson might take account of the practical example that Chamizo-Domínguez discusses (False Friends: 50), by way of his own resources.)  To conclude: it seems to me that the difference between Davidson and Chamizo-Domínguez boils down to as to whether the latter takes metaphors not only to be appropriate, adequate, and illuminating, but in addition to have truth-values. If he does, he takes such terms such as “secondary meaning” and “linguistic meaning” to be non-reducible, but then he owes us an account of the truth-makers that justifies ascribing these metaphors another truth-value than the literal one.
 
4 Chamizo-Domínguez refers to Grice’s notion of implicatures several times. Recall that Grice talks about different kinds of implicatures, the conventional and the conversational ones, in particular. [xi] Roughly, the general distinction is that while a conventional implicature is generated by way of a word or expression, independently of knowledge of the involved context, a conversational implicature must be calculated by way of some extra-linguistic knowledge.[xii] As Grice’s focus is mainly on the conversational implicatures, he mentions, to my knowledge, only two examples of conventional implicatures. This is the first one:
 
In some cases the conventional meaning of the words used will determine what is implicated, besides helping to determine what is said. If I say (smugly), He is an Englishman; he is, therefore, brave, I have certainly committed myself, by virtue of the meaning of my words, to its being the case that his being brave is a consequence of (follows from) his being an Englishman. But while I have said that he is an Englishman, and said that he is brave, I do not want to say that I have said (in the favored sense) that it follows from his being an Englishman that he is brave, though I have certainly indicated, and so implicated, that this is so I do not want to say that my utterance of this sentence would be, strictly speaking, false should the consequence in question fail to hold. So some implicatures are conventional …” (Grice 1989: 25f).
 
The crucial thing to be noted here is that what is said is closely connected to—it might even be considered an Ersatz of—the traditional notion of a proposition or a Fregean thought; it is the part of the significance of the utterance which, strictly speaking, is true or false. Or, to speak alternatively, what is said is spelled out by spelling out the truth-conditions of the utterance. Since it is of such an extremely importance to grasp this notion, both in order to understand Grice, and in order to get hold of my discussion below, I will cite a long telling passage from Grice:
 
In the sense in which I am using the word say, I intend what someone has said to be closely related to the conventional meaning of the words (the sentence) he has uttered. Suppose someone to have uttered the sentence He is in the grip of a vice. Given a knowledge of the English language, but no knowledge of the circumstances of the utterance, one would know something about what the speaker had said, on the assumption that he was speaking standard English, and speaking literally. One would know that he had said, about some particular male person or animal x, that at the time of the utterance /whatever that was), either (1) xwas unable to rid himself of a certain kind of bad character trait or (2) some part of x´s person was caught in a certain kind of tool or instrument … But for a full identification of what the speaker had said, one would need to know (a) the identity of x, (b) the time of the utterance, and (c) the meaning, on the particular occasion of utterance, of the phrase in the grip of a vice … this brief indication of my use of say leaves it open whether a man who says (today) Harold Wilson is a great man and another who says (also today) The British Prime Minister is a great man would, if each knew that the two singular terms had the same reference, have said the same thing (Grice 1989: 25). [xiii]
 
This determination of what is said plays a role both when I discuss Grice’s second example of a conventional implicature, and then, afterwards, when I present Grice’s account of literal or conventional meaning.
 
Let us look at Grice’s second example of a conventional implicature, used by Frege already in 1879 (Frege 1972: 123). An utterer (“U”) has uttered the sentence “She was poor but she was honest.” “What U meant, and what the sentence means,” says Grice, “will both contain something contributed by the word “but,” and I do not want this contribution to appear in an account of what (in my favored sense) U said (but rather as a conventional implicature)” (Grice 1989: 88).  To spell out, U says the same by an utterance of “She was poor and she honest” as he says by an utterance of “She was poor but she was honest,” this since both utterances have the same truth-conditions: they are true if and only if the actual woman is poor and she is honest. Now, obviously, U´s choice of using “but” rather than “and” indicates that he thinks there is a certain contrast between the property of being poor and the property of being honest. Thus U applies the linguistic fact that the use of “but,” in opposition to “and,” in general indicates a contrast between the content of the two conjuncts. Since this contrast is built into the very word, the implicatures generated by its use are conventional. Now, when Chamizo-Domínguez maintains that uses of synonymous words with different registers generate implicatures, he must be thinking of conventional implicatures. A true follower of Grice must furthermore maintain that it is by making a choice between using “haemorrhoids” or “piles”, say, that U generates an implicature. A crucial feature of Grice’s theory is that the generation of an implicature per se is intentional (cf. the passage cited in note xiv). Thus, if U knows the word “pile,” but is unfamiliar with “haemorrhoids,” then, in Grice’s sense, even though U’s use of the word “pile” tells something about him, the use does not generate an implicature. That is to say, that which the actual use tells about its user is not part of what is communicated, or part of the significance of the utterance. As Chamizo-Domínguez does not raise the issue about intentionality, it is not clear to me that this is what Chamizo-Domínguez has in mind. But, in any case, I am not sure that Grice would even label the discussed intentional kind of indication “an implicature,” as both his examples involves logical considerations, while the “implicature” under consideration is meant to tell, indirectly, something about the utterer. It might well be then, that Chamizo-Domínguez uses the term “implicature” in a looser sense than Grice. On the face of it, I see no problem with this, as Chamizo-Domínguez’s project differs from that of Grice. Still, it would be an interesting project, and certainly one to the taste of Chamizo-Domínguez, to figure out whether any theoretical insight is gained by splitting the overarching class of (conventional) implicatures, in the loose sense of the term, into different subclasses.
 
In the long passage cited above, Grice uses the terms “literal meaning” and “conventional meaning.” And, as he makes abundantly clear, the generation of a conversational implicature, or some other kind of non-conventional implicatur, depends on this meaning. Now, Grice treats metaphors as conversational implicatures. That is to say, one understands the literal meaning, that is, what is said (in the present technical sense of the term “said”), plus, in certain complex cases, what is conventionally implicated, and then one works out, or calculates, the intended message.[xiv] This means that a metaphor derives from the literal meaning of the involved words. But now, what is conventional or literal meaning to Grice? The answer to this question, I believe, might indicate a path to a further development of the theory of metaphors that is to the taste of Chamizo-Domínguez. I believe this since the answer ties together Grice’s theory of meaning and his theory of implicatures. It is only possible, of course, to give a rough sketch of this complex account here.[xv] As is well known, Grice analyses meaning in general as constituted by complex sets of higher-order intentions. Now, obviously, the simpler a complex of intentions is, the better is the changes of getting the message across; and this is the clue to Grice’s understanding of the notion of literal meaning. The following passage is stripped off any of the usual technicality (variables, quasi-variables, etc.) in Grice’s discussions. I quote it at length, since it contains a number of points closely connected to those of Chamizo-Domínguez:
 
The general suggestion would therefore be that to say what a word means in a language is to say what it is in general optimal for speakers of that language to do with that word, or what use they are to make of it; what particular intentions on particular occasions it is proper for them to have, or optimal for them to have. Of course, there is no suggestion that they always have to have those intentions: it would merely be optimal, ceteris paribus, for them to have them. As regards what is optimal in any particular kind of case, there would have to be a cash value, an account of why it is optimal. There might be a whole range of different accounts. For example, it might be that it is conventional to use this word in this way; it might be that it is conventional among some privileged class to use it this way—what some technical term in biology means is not a matter for the general public, but for biologists; it might be, when an invented language is involved, that it is what is laid down by its inventor. However, what we get in every case, as a unification of all these accounts, is the optimality or propriety of a certain form of behaviour (Grice 1989: 299).[xvi]
 
Let me illustrate with a simple example. Suppose I want to convey the view to someone that I find the staff at the department of philosophy at the University of Málaga generous and helpful. Depending on the situation and the audience, there might be different ways of conveying this message. This we know from Grice’s deep analyses into the conditions that govern conversations. But it is just one, or a few ways, that would not involve calculations or, more generally, would not depend on any particular knowledge or presuppositions among the utterer and the audience, and that is to utter the sentence: “I find the staff at the department of philosophy at the University of Málaga generous and helpful.” As this sentence is the optimal way of communicating the intended message, it is the conventional or literal way of communicating it. (In this connection I do not take account of the complicating factors that involve the distinction between sentence-meaning and word-meaning.) Now, note that “and” and “but” have different literal meanings, as they are used to convey different messages (Grice 1989: 121). Literal meaning, in other words, goes beyond what is said. My present suggestion is that the phenomenon of partial semantic false friends might in general be explained as the fact that a particular word has some optimal use in one language that it does not have in another language. Furthermore, according to the present account, the distinction between the two synonyms “haemorrhoids” and “piles” is explicable as different optimal uses systematically tied to social class or status in the English-speaking population. Lexicalization, to speak with Chamizo-Domínguez, happens when a word gains an optimal use that it did not use to have. The phenomenon of semi-lexicalization that is so important to the author of False Friends, might also be taken care of from this theoretical perspective. We would then talk about a non-conventionalimplicature (in the wide sense of the word) that normally or generally are generated by the use of a given word. (Two words are partial semantic false friends if, despite being synonyms, the use of one of them would generate an implicature of this kind, while the corresponding use of the other would not.) Such an implicature corresponds nicely to Grice’s “generalized conversational implicature”—the kind of implicatures that really interested Grice (Grice 1989: 37–40).
 
To sum up the admittedly rather sketchy discussion of this Part, I have, as in the former Part, attempted to take account of Chamizo-Domínguez’s insights, while avoiding troublesome non-reducible notions of secondary meanings, transitional meanings, metaphorical meaning, and the like. This made me to reformulate some of his basic notions into a Gricean or quasi-Gricean vocabulary—a vocabulary, by the way, already partly utilized in False Friends. But to repeat my warning once again, it might well be that my misgivings in this Part are due to terminological matters, I am not sure.
 
5 Except from a minor observation in a note, I have not talked about the pragmatics of False Friends, as this theme is beyond my competence. I found the last chapter of False Friends fascinating, and I learned a lot from it. It was especially fun to see that the main practical example was a translation of a text on existence by Quine—a major theme of this review! Before closing off, I shall briefly mention a further point about Quine, having to do with the distinction between the theoretical and the practical, a distinction that to a certain degree overlaps with Chamizo-Domínguez’s distinction between semantics and pragmatics. Chamizo-Domínguez uses strong formulations when he underscores the role of a notion of synonymy for Translation theory:
 
The practical effect of expelling the notion of synonymy from the linguistic theory will not be anything but denying the mere possibility of translation, or at least its determination, and, consequently, giving up any attempts to establish an axiological criterion that allows us to choose between the different possible translations of a text or an utterance. Or, as the lesser of two evils, accepting the possibility of the existence of different alternative manuals to translate the same text, all of them compatible with the data recorded from native speakers and all of them incompatible among them, as Willard van O. Quine claimed: “Two translators might develop among them independent manuals of translation, both of them compatible with all speech behavior, and yet one manual would offer translations that the other would reject. My position was that either manual could be useful, but as to which was right and which was wrong there was no fact of the matter” (False Friends: 36).  
 
Now, since Chamizo-Domínguez accepts Quine’s objections to any general and philosophically illuminating notion of synonymy, he also accepts the “lesser of the two evils.” In fact, due to the long history of cultural interchange among the various cultures in the world, as well as the established translations between a huge numbers of languages, this “evil” has little, if any, “practical effect.” (In general, even hitherto unknown cultures or languages are related to some known cultures or languages, and thus the translation of such languages will not be radical in Quine’s sense.) Quine’s point is purely theoretical: it is directed against prevalent theories of meaning and conceptual content. We could, if we were ingenious enough, even translate the humdrum words of our fellow speaker of English (“chair,” “man,” “Spanish”) non-automatic and non-homophonic, “while” to quote Quine, “conforming to all his dispositions to verbal responses to all possible stimulations.”  After this observation, Quine sets out the philosophical consequence of his thought-experiment:
 
Thinking in terms of radical interpretation of exotic languages has helped make factors vivid, but the main lesson to be derived concerns the empirical slack in our own beliefs. For our own views could be revised into those attributed to the compatriot in the impractical joke imagined; no conflicts with experience could ever supervene, except such as would attend our present sensible views as well. To the same degree that the radical translation of sentences is underdetermined by the totality of disposition to verbal behavior, our own theories and beliefs in general are under-determined by the totality of possible sensory evidence time without end (Quine 1960: 78).
 
Chamizo-Domínguez adds flavour to Quine’s vision of language by demonstrating, by way of a real experiment, that even when translating between related languages of related cultures, the choice between different translation-manuals has real effects. Quine would most certainly appreciate the closing passage of False Friends chapter 5:
 
And the problem of a variety of possible manuals for the translation of a single text seems to lie, in this case, mainly in the fact that the possibilities of expression of one language do not coincide with those of another. In these cases, although the translator may know that the manual he chooses has flaws, and that other manuals exist (which also contain flaws), he has to choose one of them, perhaps the one he considers least faulty. Taking all of that into account, most of translations we can provide shall reveal some aspects of the original text and hide many others as well because, as Quine himself asserts “The radical translator is bound to impose about as much as he discovers”… What Quine says about the radical translator, can be said, mutatis mutandis, about the normal translator, as shown throughout this book, and in particular in this chapter (False Friends: 164). 
 
Let me close off by noting that a reader must be intimately familiar with the great European languages not to learn something from Chamizo-Domínguez’s almost encyclopaedic knowledge, expressed in examples spread out on as good as every page. The author utilizes the web and the dictionaries to be found there in an exemplary manner. This is an illuminating and fascinating book, which I would have liked to be longer than its 186 pages. Hopefully, Chamizo-Domínguez at some occasion or another responds to some of my challenges, as I am convinced that this would lead to fun reading, with a number of well-funded and illustrative—always in more than one way—examples, backing up his theoretical points. *
 
 
 
 
 
 
 
 
Bibliography
 
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Alnes, Jan Harald (1999) “Sense and Basic Law V in Frege´s Logicism,” Nordic Journal of Philosophical Logic 4, 1 –30.
 
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Chamizo-Domínguez, Pedro, J. and Igor E. Klyukanov (in progress) “E. Bakthin and J. Ortega y Gasset: Nostradad and Beyond.”
 
Davidson, Donald (1984), Inquiries into Truth and Interpretation, Oxford: Clarendon Press.
 
Frege, Gottlob (1972) Conceptual Notation, in Terrell W. Bynum (ed. and trans.) Frege: Conceptual Notation and related articles, Oxford: Oxford University Press, pp. 103 –204.    
 
Frege, Gottlob (1979) Posthumous Writings,Hans Hermes, Friedrich Kambartel, Friedrich Kaulbach (eds.), Peter Long, Roger White (trans.) Oxford: Basil Blackwell.
 
Frege, Gottlob (1980) The Foundations of Arithmetic, John. L. Austin (trans.), Evanston, Illinois: Northwestern University Press.
 
Frege, Gottlob (1988) “On Sense and Meaning,” in Peter Geach, and Max Black (eds.), M. Black (trans.) Translations from the Philosophical Writings of Gottlob Frege, 56 –79.
 
Grice, Paul H. (1989) Studies in the Ways of Words, Cambridge, Mass.: Harvard University Press.
 
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Mates, Benson (1986) The Philosophy of Leibniz: Metaphysics and Language, New York: Cambridge University Press.
 
Neale, Stephen (1992) “Paul Grice and the Philosophy of Language,” Linguistics and Philosophy, 15, 509 –599.
 
Platts, Mark de Bretton (1979) Ways of Meaning, London: Routledge & Kegan Paul.
 
Quine, Willard v. O. (1953) “Two Dogmas of Empiricism”, in Quine, From a Logical point of View, Cambridge, Mass.: Harvard university Press.
 
Quine, Willard. v. O. (1960) Word & Object, Cambridge, Mass.: The M.I.T. Press.
 
Jan Harald Alnes,
University of TromsØ
jhalnes@sv.uit.no
 
 


[i] Indirectly in this work, but explicitly in Chamizo-Domínguez (1987) and in Chamizo-Domínguez and Klyukanov (in progress).
[ii]He ascribes the picture theory to the author of Tractatus. As it is for present purposes irrelevant, I will not here go into the exegetical issues as to whether or not Wittgenstein develops a theory in the Tractatus, nor discuss whether he presents an alternative theoryin the Philosophical Investigation. For the record, on these issues I associate myself with the “anti-theoretical” school of Cora Diamond, Burton Dreben, Warren Goldfarb and Juliet Floyd. Chamizo-Domínguez does not talk about an account of meaning in terms of use, and I might be stretching his viewpoints in order to make them fit those of mine. In any case, as maintained below, I take his numerous translational examples to points in the direction of such an approach towards meaning.
[iii]Of course, I do not think anything I am saying here would persuade a firm believer in propositions to give up her view. There are no knockdown arguments in philosophy, to speak with Robert Nozick.
[iv]I am not sure that he always sticks to this restriction, however. At a certain point it is maintained that a term is synonymous to an expression (False Friends: 49). I discuss this particular case in Part 3.
[v]The quote is from an unpublished article called “Logic,” and the telling title of the chapter is “Separating a Thought from its Trappings” (“Trennung des Gedankens von den Umhüllungen”). This article is well worth studying for a reader interested in the present subject.
[vi]The first is from (Frege 1988: 64), the second from (Frege 1980: 76).
[vii]Of course, the exact understanding of this principle is a subject of some rather heated discussions, cf. e.g. (Mates 1986) and (Ishuguro 1990) for different readings of the principle.
[viii]This treatment is simplified in a number of ways. I discuss Frege’s understanding of sense and identity in detail in (Alnes 1999).
[ix]See the references in (Platts 1979: 3).
[x]“DRAE” is shorthand for: “Diccionario de la lengua española” and “OED” is shorthand for “Oxford English Dictionary.”
[xi]Grice suggests that there are other kinds of non-conventional implicatures than the conversational ones, but he does not substantiate this possibility (Grice 1989: 26 and 28).
[xii]In Grice´s own words:
 
“I wish to make [a distinction] within the total signification of a remark: a distinction between what the speaker has said … , and what he has implicated …, taking into account the fact that what he has implicated may be either conventionally implicated (implicated by virtue of the meaning of some word or phrase which he has used) or nonconventionally implicated (in which case the specification of the implicature falls outside the specification of the conventional meaning of the words used)” (Grice 1989: 118).
 
The crucial notion of “said” is specified below.
[xiii]Note that this notion of said is closely related to Davidson’s notion of said in (Davidson 1984: 246).
[xiv]The following long passage is informative both about Grice’s way of distinguishing conventional and conversational implicatures, and about his way of specifying the content of a conversational implicature. Note also that it is clear that an implicature must be intended:
 
“The presence of a conversational implicature must be capable of being worked out; for even if it can in fact be intuitively grasped, unless the intuition is replaceable by an argument, the implicature (if present at all) will not count as a conversational implicature; it will be a conventional implicature. To work out that a particular conversational implicature is present, the hearer will reply on the following data: (1) the conventional meaning of the words used, together with the identity of any references that may be involved; (2) the Cooperative Principle and its maxims; (3) the context, linguistic or otherwise, of the utterance; (4) other items of background knowledge; and (5) the fact (or supposed fact) that all relevant items falling under the previous headings are avaliable to both participants and both participants know or assume this to be the case. A general pattern for the working out of a conversational implicature might be given as follows: ”He has said that p; there is no reason to suppose that he is not observing the maxims, or at least the Cooperative Principle; he could not be doing so unless he thought that q; he knows (and knows that I know that he knows) that I can see that the supposition that he thinks q is required; he has done nothing to stop me thinking that q; he intends me to think, or is at least willing to allow me to think, that q; and so he has implicated that q” (Grice 1989: 31).
 
The reader should compare this passage to Chamizo-Domínguez’s pragmatic account of how to work out a message in (False Friends: 146 –151). To me at least, that treatment suggests that Chamizo-Domínguez’s understanding of communication and the task of translation is close to that of Grice.
[xv]Stephen Neale underscores the significance of taking Grice to have a unified theory of meaning and conversation in his influential (Neale 1992). My sketch of Grice’s theory is deeply inspired by this article. It must in particular be noted that the way I connect the notions of optimality and literal or conventional meaning is worked out in detail by Neale.
[xvi]The more technical treatment of this idea, but withoutthe significant evaluative notion of optimality is given in (Grice 1989: 126 –37). In a rudimentary form, the idea is present already in Grice’s classical article ”Meaning” from 1957 (Grice 1989: 220 –223).
* Pedro Chamizo-Domínguez has informed me in conversation that he holds the view that metaphors have truth-values as metaphors, and that his argument is to be found in (Chamizo-Domínguez 1998: 71 –94). Thus, I pinpointed correctly the difference between him and Davidson in Part 3, but in light of this information there is, despite my attempt at arguing the contrary, a deep substantial difference between the two authors. I have not had the opportunity to study Chamizo-Domínguez’s book on metaphors, and must leave an assessment of it for another occasion. Instead, I will sketch a reading of Grice that suggests that, at least to a certain degree, he is in agreement with Chamizo-Domínguez. In the long passage cited in note xiv above, Grice noted that the “presence of a conversational implicature must be capable of being worked out,” and a bit later he gave this scheme for calculating such an implicature:
 
“He has said that p; there is no reason to suppose that he is not observing the maxims, or at least the Cooperative Principle; he could not be doing so unless he thought that q; he knows (and knows that I know that he knows) that I can see that the supposition that he thinks q is required; he has done nothing to stop me thinking that q; he intends me to think, or is at least willing to allow me to think, that q; and so he has implicated that q.”
 
If we focus on such phrases as “he has said that p,” “he thought that q,” “he thinks that q,” and “he has implicated that q,” we realize that the variables “p” and “q” take as their values something which is said, or can be said, in the Gricean sense. (Let us ignore, as it is at present irrelevant, the issues concerning conventional implicatures.) It follows that since Grice takes metaphors to be conversational implicatures, they have truth- values. In this sense, then, Chamizo-Domínguez and Grice agree against Davidson. But, on the other hand, while Chamizo-Domínguez maintains that metaphors have truth-values asmetaphors (whatever that exactly means), Grice argues that when a conversational implicature is present, the audience has replaced it, or its wordings, by something said, or something that can be said. And it is this that is true or false. Recall here, that one and the same wording, “You are the cream in my coffee,” might be calculated differently, leading to different “that q”-results, depending on the utterer and the audience (see e.g. the two different results in (Grice 1989: 34).  I will not speculate any further on these issues at this moment, only note that I need to undertake further investigations in order to figure out the exact relationship between the respective accounts of Grice and Chamizo-Domínguez on metaphors.
 
(Note added after the review was written)

Jimeno Salvatierra, Pilar, La creación de Cultura. Signos, símbolos, antropología y antropólogos, Universidad Autónoma de Madrid. Servicio de Publicaciones, Madrid, Junio, 2006, 205 pp., ISBN(10): 84-8344-026-1. Tapa blanda, 17x24 cms, 15 euros.

por Marta Infantes Benitez

Pilar Jimeno Salvatierra nos ofrece en su libro La creación de Cultura. Signos, símbolos, antropología y antropólogos un acercamiento antropológico al complejo sistema de la construcción de símbolos, que hoy llamamos representaciones culturales. Para ello, es imprescindible analizar los cambios sociales que conectan los nuevos valores con temas epistemológicos.

La Antropología, es una de las ciencias que organiza y analiza ese flujo caleidoscópico de impresiones que el mundo nos presenta, estudiando los diversos sistemas culturales para los que unas veces se sirve del enfoque estático y otras del enfoque dinámico, atendiendo a su vez a diferentes consideraciones dependiendo de la orientación personal de cada antropólogo o grupo de antropólogos. Así, por ejemplo, para las teorías subjetivistas las formas de entender la sociedad son intencionales o referenciales y están centradas en el sujeto de la reflexión, mientras que los que abogan por teorías objetivistas defienden que las formas de entender la sociedad se producen en el propio seno social. En cuanto a las teorías materialistas tienden a considerar la sociedad como efecto de la estructura social en sus relaciones sociales. Actualmente el antropólogo se ve abocado a estudiar la cultura desde dos perspectivas inseparables una de otra, la del individuo y la de la sociedad mayor a la que pertenece y que se impone sobre la primera de varias maneras.

Para examinar la construcción de los símbolos son muchos los antropólogos que recurren al estudio de los pueblos primitivos para analizar especialmente el papel que jugaba la religión, pues ésta constituye una fuente de la que ha emanado multitud de simbologías. Pero los símbolos no se dan exclusivamente gracias a la religión sino que el mismo lenguaje es su principal generador ya que parece ser el único sistema interpretante o al menos el principal, y así lo cree Max Müller, para quien los dioses se fueron haciendo reales mediante las palabras a medida que se separaban de los propios símbolos creados por el hombre. En este sentido las religiones serían el producto de un uso determinado del lenguaje, pues éste a menudo suscita diversos problemas que podrían llevarnos a sostener una postura idealista, realista o nominalista y no precisamente porque hayamos decidido creer en ella sino porque esa creencia nos vendría ya dada por la lengua que hablamos. De este modo los elementos sígnicos y simbólicos que dependen del lenguaje nos remiten a las mismas acciones sociales permitiendo encontrar significaciones culturales en la interpretación de éstas. Rappaport señala la oposición entre la interpretación de la antropología clásica, mediante símbolos, enfrentándola a la actual, que considera más adecuada por utilizar una lectura de los signos, puesto que los primeros son ambiguos por no tener una referencia clara mientras que los segundos poseen un aspecto material y observable, cuyo conocimiento con fines de interpretación considera más fiables. Fue Lèvi-Strauss quien pretendió superar esta separación entre lo cognoscente y lo conocido recurriendo al binarismo cognoscitivo, pues según él, los universales culturales están regidos por una lógica de oposiciones binarias que se reúnen en un inconsciente estructural colectivo, despersonalizado, “como si se tratara de la estructura de cualquier lenguaje que reproducimos al hablar sin siquiera ser conscientes de ello” (Jimeno 2006, 66), pues cada cultura crearía su propio conjunto o sistema inteligible estructurado que permanece rígido frente a la movilidad o variabilidad de los significados que forman el entramado de ésta.

Para interpretar los símbolos desde sus estructuras cognitivas, Pilar Jimeno Salvatierra realiza un recorrido a través de las diferentes corrientes del pensamiento antropológico para recoger las principales definiciones, diferencias y orígenes tanto del símbolo como del signo, que parecen estar estrechamente vinculadas con la religión y la ciencia a la vez que con el mito y el discurso lógico-racional, sirviéndose de autores como Cassier, Turner y Sperber, inspirados, algunos de ellos, en las teorías de lingüistas como Carnap, Saussure o Sapir. Con respecto a la interpretación de los símbolos Turner, por ejemplo, distingue tres niveles en la significación del hecho simbólico; un primer nivel que se correspondería con la interpretación indígena, un segundo nivel relativo al uso del símbolo y por último un nivel en el que el símbolo alcanza una posición relativa determinada. Sin embargo, el estructuralismo sugiere la posibilidad de tratar los símbolos dentro de un conjunto de dominios interrelacionados en oposición a otro elemento, pues considera el simbolismo como un sistema cognitivo. Resulta interesante la crítica de Sperber al simbolismo como forma de interpretación, puesto que la interpretación de un símbolo ya es también simbólica.

También a través de las principales teorías que versan sobre las acciones colectivas plantea, Pilar Jimeno Salvatierra, un acercamiento a ese mundo simbólico que ha creado el hombre y examina la posible interpretación de los símbolos en el ritual y en la identidad social de los grupos, para concluir con una crítica, desde diversos autores, al multiculturalismo de la sociedad actual.

Marta Infantes Benitez

Eco, Umberto; Seis paseos por los bosques narrativos, Editorial Lumen, S. A. (Barcelona – 1996), primera edición

Jaume Grau Pitarch

Es un ensayo muy bien construido y correctamente desarrollado en primera persona del singular, en el que el autor, Umberto Eco, realmente nos da unos paseos, seis para ser más exactos, por los mundos literarios, él los llama ‘bosques literarios’. Sin caer nunca en la trampa del aburrimiento, o lo ya conocido y como tal fustrante. Un ensayo en un tono poco literario que consigue que uno se fije en el libro, primero por el título y luego por el índice. Siempre me ha atraido los escritos de Umberto Eco, desde que leí por primera vez “El nombre de la rosa” cuando era joven, hace ya de esto muchísimas primaveras. Fan desde la primera página que le leí de su magnífico libro medieval. Me llamó muchísimo la atención su manera de escribir, fresca y a la vez intelectual. Me pensaba que era este libro, el de los seis paseos, un conjunto de escritos ensayísticos o de conferencias de otro estilo, como más en su línea literaria y me sorprendió muy gratamente su lectura. Aquí pude encontrarme con autores de lo más diversos, como Italo Calvino, Umberto Eco ‘Umberto’, Achille Campanile, Carolina Invernizio, Franz Kafka, Alfred Kazin, Thomas Mann, Roger Schank, Edgar Allan Poe, Jules Verne, Charles Romyn Dake, Howard Phillips Lovecraft, Laurence Sterne, Carlo Collodi, Immanuel Kant, Raymond Radiguet, Marcel Proust, Fiódor M. Dostoievski, Jerome David Salinger, Gérard de Nerval, Pelham Grenville Wodehouse, Jonathan Swift, Fernando Pessoa, Wolfgang Iser, Paola Pugliatti, Mickey Spillane, Ludwig Wittgenstein,... Y, más aún, reencontrarme con personajes entrañables para mí, como el Lobo Malo, el Rey Enfermo, el Ogro, Gedeone, el Viejo Cochero, Gregorio Samsa, Juan, María, el Dragón, Caperucita Roja, Arthur Gordon Pym, Tristram Shandy, la Madre, el Padre, el Tío, la Tía, Jacopo Belbo, tío Carlo, tía Caterina, Pinocho, la Gioconda, Sylvie, Gérard Labrunie, Adrienne, Aurélie y mucho otros entre los personajes tratados o enumerados de alguna manera en este libro. Y, sobre todo, lugares comunes de paso de nuestra imaginación durante nuestra vida, como “Si una noche de invierno un viajero...”, “Lector in fabula”, “The Role of the Reader”, “Propuestas para el próximo milenio”, “Cuentos populares italianos”, “Agosto, moglie mia non ti conosco”, “El beso de una muerta”, “La venganza de una loca”, “El cadáver acusador”, “El albergue del delito”, “La metamorfosis”, “Las aventuras de Arthur Gordon Pym”, “Reading and Understanding”, “Tristam Shandy”, “La caperucita roja”, “El péndulo de Foucault”, “Los límites de la interpretación”, “Interpretation and Overinterpretetion”, “Las aventuras de Pinocho”, “Le Diable au corps”, “Sylvie”, “Los viajes de Gulliver”, “Obra abierta”, “My Gun is Quick”, “Investigaciones Filosóficas”,... Todos sin orden ni concierto... o tal vez sí, el orden y el concierto que quiere imponernos Umberto, como le llama Italo Calvino cariñosamente a Umberto Eco. Y esto que sólo he enumerado lo que podemos ver en el primero de los paseos, no queriendo desvelar todas las sorpresas que nos depara el autor en sus seis paseos. Pero, sobre todo, no confundamos el ‘uso’ y la ‘mención’ de las palabras en este libro, Eco no lo hace nunca en ningún momento. El estilo es ágil, así se agradece una lectura y luego una relectura sin agobiarse. Un ensayo literario –o mejor decir seis ensayos literarios concadenados perfectamente- en el que ha organizado las conferencias/capítulos de manera muy clara. Eco ha escrito este ensayo queriéndonos llevar, como dice en el título de la obra, por unos caminos boscosos de paseo narrativo. Aprovechemos para gozar con el paisaje que nos ofrece y disfrutemos mucho con ello.

Esto sí, tengamos en cuenta que el ensayo –los ensayos- de Umberto Eco sigue la dialéctica de un buen profesor especializado en filología, lingüística y semántica, y, sobre todo, en novela moderna. Nos habla también aquí del Lector Modelo, del Lector Tipo, del Lector Empírico, del Lector Ideal, del Lector Implícito, del Lector Virtual, del Lector Ficticio, del Metalector, del Espectador Empírico, del Espectador Dispuesto, del Metaespectador, del Colaborador, del Autor Modelo, del Autor Empírico, del Autor Real, del Autor Ideal, del Autor Implícito, del Autor Virtual, del Narrador, del Texto, del Paratexto, del Metatexto, del Intratexto, de la Fábula, de las Reglas del Juego, del Punto de Vista, del Personaje Real, del Personaje Novelesco, del Personaje Ficticio. Y también, sobre todo también, del pretérito imperfecto y sus usos temporales –los usos como durativo e iterativo y, más aún, su ambigüedad temporal- en la novela, y más que nada en la novela de “Sylvie” de Gérard de Nerval. Nos plantea a través del libro un camino de correspondencias que es un paseo totalmente efectuado por y para el bosque narrativo, él de su imaginación e intelecto. Primero de la mano de Sylvie y Gérard de Nerval, y luego de Arthur Gordon Pym y Edgar Allan Poe. Pero no sufráis, nos los volveremos a encontrar por otros bosques narrativos en distintos paseos con Umberto Eco. Y con la excusa de reencontrarnos en estos paseos por los bosques con antiguos compañeros de ilusiones y esperanzas, tristezas y desesperos, nos hablará de las relaciones entre el autor, el narrador y el lector, la relación entre los tiempos verbales de la narración y los tiempos reales reflejados en ellos, y de muchos otros temas interesantísimos y curiosos. Así aprenderemos a leer mejor cualquier novela, sea como sea. Un ensayo dirigido totalmente a los estudiosos de la novela y su lectura, o simplemente a los amantes de poder y saber leer bien aquéllas. Aprendamos de Umberto Eco aprehendiendo muy bien sus palabras y sus ideas.

Un muy buen trabajo –trabajos- y muy bien llevado, en que el autor ha tenido que valorar muchas ideas y conceptos para no ir a parar a lo simple y fácil. Un ensayo –ensayos- para todo aquél que le guste el autor, para todo aquel que le guste el tema y para todo aquel que quiera poder dominar la lectura de las novelas que lee. Un libro muy interesante para leer y releer unas cuantas veces, hasta entenderlo a la perfección. No porque este escrito con un lenguaje complejo, sino porque el tema es muy complejo de por sí.

Jaume Grau Pitarch

De la explicación de la conciencia a la confesión de su carácter mistérico. De Dennett a Searle



Daniel Dennett intento explayar qué sea eso que llamamos conciencia. John Searle le replicó confesando que tal análisis no conducía a ideas claras y distintas, sino a tenérselas que ver con un misterio, ante el que los argumentos callan, y las voces de Dennett, Chalmers o Searle, Crick, Edelman, Penrose o Rosenfiel, enmudecen. Para explicar este desconcierto ante la conciencia, Searle expuso sus argumentos en el primer capítulo de "El misterio de la conciencia" Paidós. Los restantes capítulos, y las conclusiones del libro, están formados por las reseñas que el mismo Searle escribió para "The New York review of books". En ellas estudiaba el tratamiento que daban a la conciencia el resto de los autores que hemos citado. En cualquier caso, el compendio más completo que conozco de la crítica de Searle a Dennett es la que ofrece Carlos Ortiz de Landázuri en philosophybooks. Pedro Jorge Romero realizó una reseña de "El misterio de la conciencia" para "El archivo Nessus" en las que se deja sentir su formación como físico y literato.

De
Dennett ya hemos hablado, conviene hacerlo ahora respecto a Searle.Quizá su mérito más relevante sea la rehabilitación de la teoría de la intencionalidad frente a Dennett. Searle recupera parte de la teoría forjada por Elisabeth Ascombe, aunque recorta el alcance de la intencionalidad. Como señala Carlos Ortiz de Landázuri, Searle defiende su propuesta desde una epistemología naturalizada que no admite la referencia a entidades metafísicas ajenas a los propios procesos ahora analizados, como en este caso sucede con el cerebro y la mente. En su opinión, "el uso meramente metafórico de la noción de intencionalidad permite mostrar como los fenómenos naturales está abiertos a diversos niveles de inteligibilidad, incluyendo una referencia a una mente capaz de comprenderlos, sin que la aparición de la conciencia pueda verse como una anomalía en el funcionamiento del universo, como ahora pretende el materilaismo eliminativo de Dennett".

Searle se sitúa ante el misterio por no reconocer ningún punto ajeno al debate entre el materialismo de Dennett o el dualismo en el que, a su juicio, incurre toda postura metafísica. Intentando desmarcarse de los enfoques metafísicos, Searle afirma que i) el enfoque que adopta ante la mente es biológico, ii) que la esencia de la mente es la conciencia, iii) que el funcionamiento de la conciencia es intencional.

Puede leer la
reseña que a "Mind, language and society" escribió William Sheridan en InSite Reviews. La de Herbert Hubert. También le recomiendo el artículo de Alex Viskovatoff sobre la racionalidad y la realidad social según Searle, o el que Javier Monserrat escribió sobre la teoría de la conciencia de Searle. Incluso puede leer el libro de Searle entero en la red a través de "Questia"


Siga leyendo...

Searle, John R.; Mind, Language, and Society. Philosophy in the real World, Basic Books, New York, 1998, 169 pp.

Carlos Ortiz de Landázuri

John R. Searle, en 1997 y 1998, defendió la necesidad por parte de la neurociencia de un lenguaje privado en primera persona capaz de detectar la posibles disfunciones lingüísticas aparecidas en el uso del anterior lenguaje en tercera persona, a fin de poder determinar si su uso es correcto o incorrecto, sano o patológico, en cada caso concreto. A este respecto en 1997, en El misterio de la conciencia (Searle, J. R.; El misterio de la conciencia. Intercambios con Daniel Dennett y David J. Chalmers, Paidós, Barcelona, 1997, 141 pp.), refutó la unilateralidad de los anteriores argumentos materialistas de Daniel Dennett a favor de un lenguaje objetivo en tercera persona capaz de lograr la progresiva eliminación por parte de la neurociencia de cualquier referencia a la mente o conciencia subjetiva, cuando en su opinión hubiera sido necesario llevar a cabo un análisis previo de los presupuestos implícitos en su propia propuesta. En su opinión, las propuestas de Dennett a favor de la objetividad de un lenguaje neurocientiífico en tercera persona adolecen de numerosos malentendidos que hacía tiempo parecían erradicados del ámbito de las ciencias antropológicas, pero que, sin embargo, ahora vuelven a resurgir con más fuerza de mano de esta nueva ciencia. En su opinión, Dennett no pretende explicar la conciencia o mente humana, sino simplemente disolverla o negarla, para sustituirla a su vez por la actividad neuronal propia del cerebro. Todo se da por bueno con tal de conseguir este propósito.
A este respecto, según Searle, la neurociencia de Dennett concibe los organismos vivientes desde un conductismo radicalizado que los reduce a en simples mecanismos estímulo respuesta, sin apreciar la mediación de un centro funcional básico que a su vez permitiría regular el inicial procesamiento de aquella misma información. Por otro lado Dennett también habría defendido una versión funcionalista fuerte de la inteligencia artificial (AI) mediante la feliz confluencia de cuatro factores: las máquinas cibernéticas de von Neumann, un ilimitado conexionismo neuronal, el virtuosismo de las series algorítmicas cifradas y los hallazgos antropológicos respecto de los procesos neuronales de reproducción mimética. Sin embargo su propuesta prescinde de lo principal respecto a una posible explicación de la conciencia: la justificación de un centro funcional superior capaz de articular y dar un sentido unitario a la interacción existente entre todos estos factores, así como de detectar la aparición de disfunciones lingüísticas en el uso del anterior lenguaje en tercera persona.
Finalmente, Dennett habría defendido un materialismo eliminativo que reduce la actividad de la conciencia a la mera actividad neuronal del cerebro, haciéndola depender exclusivamente de las entradas y salidas de información procedente de la experiencia, expresadas a su vez en un lenguaje en tercera persona. De este modo se habría dejado de tener en cuenta el papel decisivo desempeñado por el lenguaje en primera persona utilizado por la propia conciencia para expresar su capacidad de regulación de la respectiva actividad cerebral, como efectivamente ahora exigiría un modelo no-reduccionista de interacción recíproca entre mente y cerebro. De ahí que ahora se postule la necesidad de encontrar un nuevo modelo no reduccionista de interacción mente-cerebro, donde se reconozca un doble influjo: por un lado, el influjo causal que la actividad cerebral puede ejercer sobre los diversos estados mentales; y, por otra parte, el mayor o menos alcance intencional que de un modo indirecto los estados mentales atribuyen a los estados cerebrales por haber sido un factor desencadenante decisivo, una ‘conditio sine qua non’, del establecimiento de este segundo tipo de relación.
A este respecto Searle en 1998, en Mente, lenguaje y sociedad, también habría dado un paso más respecto de la anterior modelo reduccionista de Dennett. En su opinión, el modelo de interacción mente-cerebro debe tener en cuenta desde un principio la mutua influencia que la actividad neuronal y la conciencia se ejercen recíprocamente entre sí, sin pretender suplantar el peculiar papel desempeñado por cada uno de ellos. Sólo así se podrá apreciar la peculiar causalidad intencional indirecta que la neurociencia debe atribuir a la actividad cerebral sobre los estados mentales, ya que sin su concurso la conciencia tampoco podría atribuirles un mayor o menor alcance intencional. Se reconoce así la importancia desempeñada por un lenguaje objetivo en tercera persona capaz de describir la actividad cerebral desde criterios estrictamente científicos. Sin embargo ahora también se resalta la necesidad complementaria de un lenguaje privado en primera persona capaz de expresar la intencionalidad meramente causal que de un modo indirecto ahora también se atribuye a esa misma actividad cerebral respecto de los posteriores estados mentales que ella misma origina. Sólo así la neurociencia podrá conmensurar la actividad cerebral y los respectivos estados mentales, pudiendo distinguir cuando el funcionamiento mental-cerebral es propio de un homúnculo sano respecto de la actividad patológica propia de un “zombi” enfermo, dando lugar a disfunciones lingüísticas que el propio paciente es incapaz de corregir.
A este respecto Searle distingue tres tipos de intencionalidad: la intencionalidad meramente metafórica de aquellas relaciones causales que de un modo genérico remiten a un antecedente o consecuente, sin individualizarlos ni llegar a establecer entre ellos una relación de identificación. La intencionalidad causal indirecta que ahora se atribuye a la actividad cerebral por poder generar diversos estados mentales que son los únicos verdaderamente intencionales. La intencionalidad directa o explícita, propiamente dicha, de aquellos estados mentales que a su vez la conciencia remite a tres posibles supuestos: o bien los distintos objetos del mundo externo, cuando se utilizan en una primera intención; o a ellos mismos y a su respectivo proceso de producción, incluyendo ahora también la actividad cerebral que a su vez los ha producido, cuando se usan de un modo reflejo en segunda intención; o a los estados mentales que un ulterior acto de habla pudiera producir en un posible interlocutor, pudiéndoles otorgar así una tercera o cuarta intención aún de mayor alcance.
Searle recurre a un ejemplo tomado a su vez de Elizabeth Anscombe en Intentions para distinguir esta doble tipo de intencionalidad directa y causal. En aquel caso Anscombe recurrió al ejemplo de la lista de la compra a fin de explicar los distintas funciones desempeñadas por la noción de intencionalidad en la correcta aplicación de un razonamiento práctico, distinguiendo a su vez dos supuestos netamente distintos: la intencionalidad directa o explícita del propio consumidor a la hora de confeccionar aquella lista y la intencionalidad causal que aquella misma lista podría tener para un hipotético detective que a su vez trata de descifrar el significado que le dio el consumidor, sin que ya en este caso se pueda hablar de una intencionalidad explícita o directa. En ambos casos puede hablarse de verdad o falsedad, según sea posible establecer una correspondencia entre el estado mental y el objeto en cada caso intencionado, pero en cada caso cambiarán las condiciones de sentido exigidas para la correcta atribución de una intencionalidad de este tipo.
Searle defiende su propuesta desde una epistemología naturalizada que no admite la referencia a entidades metafísicas ajenas a los propios procesos ahora analizados, como en este caso sucede con el cerebro y la mente. En su opinión, el uso meramente metafórico de la noción de intencionalidad permite mostrar como los fenómenos naturales están abiertos a diversos niveles de inteligibilidad, incluyendo una referencia a una mente capaz de comprenderlos, sin que la aparición de la conciencia pueda verse como una anomalía en el funcionamiento del universo, como ahora pretende el materialismo eliminativo de Dennett. Es más, sólo si se admite la anterior estructura de la conciencia, concebida como la esencia de la mente, se podrá evitar la aparición de formas de materialismo claramente regresivas, como ahora sucede con el epifenomenismo o el propio conductismo. Se concibe así la conciencia como un fenómeno biológico que a su vez señala la dirección seguida por la evolución del universo físico y por el desenvolvimiento del propio mundo social, sin necesidad de remitirse a principios metafísicos externos a ellos mismos. Se justifica así un realismo, una epistemología y un mundo social naturalizado, que a su vez permite explicar la complejidad biológica, mental y cultural de ser humano. En su opinión, esta sería la la metafísica naturalizada subyacente a su teoría sobre la triple dimensión sintáctica, semántica y pragmática de los actos de habla.
Para justificar estas conclusiones ahora se dan 6 pasos: 1) Metafísica básica: realidad y verdad justifica la inteligibilidad del Universo sin presuponer un principio externo a los propios fenómenos naturales, como podría ser Dios; 2) Cómo nosotros nos referimos al Universo: la mente como fenómeno biológico, comprueba la génesis de dos grandes errores al prescindir de la mente humana a la hora de comprender el universo, como son el conductismo y el epifenomenismo; 3) La esencia de la mente. La conciencia y su estructura, analiza tres posibles lagunas que a su vez ponen de manifiesto tres rasgos de la conciencia: su capacidad intencional de apropiarse del universo, de sí misma y de los valores propios y ajenos; 4) Cómo la mente opera: la intencionalidad, distingue la intencionalidad directa propia de los actos mentales respecto de la simple intencionalidad causal propia de la actividad cerebral, desde una epistemoloía naturalezada que a su vez rechaza un materialismo eliminativo como el Dennett; 5) La estructura del mundo social: cómo la mente crea una realidad social objetiva, justifica la aparición de diversas instituciones, como el dinero, mediante el libre juego que ahora se asigna a la triple dimensión de la intencionalidad, respecto de los objetos de la experiencia, respecto de sí misma y respecto de un hipotético interlocutor; 6) Cómo opera el lenguaje: el habla como un tipo de acción humana, comprueba como la doble dimensión ilocutiva y perlocutiva de los actos de habla es el presupuesto último de su anterior teoría del significado, de la comunicación, del simbolismo y de las reglas del lenguaje.
Para concluir una reflexión crítica. Sin duda Searle ha mostrado como el personalismo humanista también puede aportar una epistemología naturalizada aún más sofisticada, capaz de otorgar al lenguaje en primera persona de la conciencia, de la intencionalidad o del propio ejercicio del lenguaje un papel muy decisivo en la efectiva configuración de los procesos de interacción recíproca entre la mente y el cerebro. De todos modos su propuesta deja una cuestión sin responder sobre la que giró los posteriores debates acerca de este tema: dado que la filosofía de la mente atribuye a los estados mentales unos niveles de intencionalidad muy superiores a los en principio aportados por los automatismos neuronales de las explicaciones empíricas, ¿qué tipo de interacción habría que establecer entre la filosofía la mente y la neurociencia a fin de hacerlas compatibles?
Carlos Ortiz de Landázuri

Ausín, T.; Entre la lógica y el derecho. Paradojas y conflictos normativos, Plaza y Valdés, Barcelona, 2005, 280 pp.


Carlos Ortiz de Landázuri

Txetxu Ausín prolonga algunas propuestas de la lógica deóntica jurídica de Miguel Sánchez-Mazas, en el contexto de los actuales debates de la lógica deóntica contemporánea. A este respecto se considera a Von Wright el iniciador en 1951 de una lógica deóntica muy dependiente del modo alético como Leibniz reinterpretó a su vez la lógica modal aristotélica. En su caso habría reinterpretado lo normativo, lo lícito o lo permitido, como una variante de la necesidad, la posibilidad o la imposibilidad metafísica, dando a su vez lugar a inevitables paradojas y sofismas. Además, de la falacia naturalista, o del paso indebido del ser al debe, ahora también se señalan otros sofismas. Especialmente la paradoja de las obligaciones sobrevenidas o del mal menor, producida en este caso por una colisión entre normas de igual o diverso rango; o la paradoja originada por la ley del cierre, según la cual si una acción es obligatoria también lo son sus consecuencias, cuando es evidente que al menos desde un punto de vista intencional se trata de dos supuestos distintos. En cualquier caso la paradoja surge al afirmar a la vez el carácter obligatorio y no-obligatorio de una determinada norma, con unos efectos similares a las que tiene el hallazgo de una contradicción en la lógica formal alética. En estos casos la aparición de una contradicción hace que todo el razonamiento implicado se vuelva arbitrario y deje de tener validez el principio de bi-valencia, según el cual una proposición no puede ser a la vez verdadera y falsa. Sin embargo ahora se admite la posibilidad de una lógica deóntica paraconsistente, no-monotónica, transitiva, difusa y en definitiva fuzzy, que admitiría la validez del recurso a los términos comparativos ‘más’, ‘menos’, ‘tanto como’, con sus correspondientes conectivos y operadores cuantificacionales, especialmente el cuantificador existencial. De este modo se podría neutralizar la posible aparición de las anteriores paradojas por un procedimiento muy preciso: el cálculo fuzzy ya no se basaría en una aplicación estricta del principio de bivalencia alético, según el cual todo enunciado es verdadero o falso, es obligatorio o no, etc. En su lugar justificaría la obligatoriedad de cada norma de un modo gradual, dando lugar a una deontología normativa más casuística y prudencial, propia del hombre experto, incluido el jurista, sin el carácter alético de la ética aristotélica.

Para justificar estas conclusiones la monografía se divide en nueve capítulos: 1) Introducción; 2) El cálculo deóntico convencional, donde se explican algunos principios específicos del cálculo de normas, especialmente la ley de cierre; 3) Paradojas de la lógica deóntica, generadas a su vez por la ley de cierre o por un conflicto de normas, como ahora sucede con la paradoja del asesinato indoloro; 4) Soluciones de las paradojas deónticas, analiza las distintas estrategias utilizadas para neutralizar la posible aparición de estas paradojas, especialmente la condicionalización, los criterios de relevancia o la estrategia minimizadora, aunque en todos los casos se vuelven a replantear, sin resolverla, la paradoja del conflicto de normas o del mal menor; 5) Conflictos normativos, analiza específicamente dicha paradoja del mal menor, con un resultado similar; 6) Conflictos en el ámbito jurídico, justifica los numerosos casos límite y situaciones de incertidumbre a los que puede dar lugar la paradoja del conflicto sobrevenido o del mal menor; 7) Lógica deóntica y conflictos normativos, justifica su propia propuesta para resolver estas paradojas y sofismas, a partir de las propuestas debilitadoras, paraconsistentes, no-monotónicas o incluso relativistas, de Da Costa, Puga, Grana, Abe, Stelzner, Weingartner; 8) Conclusiones, contrapone su propuesta al carácter alético del que adolecen los cálculos deónticos clásicos, ya sean de procedencia aristotélica o leibniziana, resaltando a su vez las posibles ventajas de su propuesta; 9) Bibliografía.

Para concluir una reflexión crítica. Primero resaltar la claridad y brillantez con que se expone un cálculo muy técnico y de enorme complejidad, entremezclado con problemas muy diversos, especialmente jurídicos, yendo directamente al núcleo del problema, sin abandonarlo en ningún momento. Sin embargo a mi parecer Ausín radicaliza excesivamente la contraposición entre las lógicas deónticas alternativas o no-clásicas frente a las aléticas o clásicas, cuando posiblemente se podría postular una complementeriedad recíproca, especialmente si se toma la lógica difusa o fuzzy como paradigma de las primeras. A este respecto ha habido quien ha considerado a la lógica fuzzy como una lógica desviada postmoderna que no respeta el principio de bi-valencia y no es alética. Sin embargo para la mayoría se trata de un malentendido que, en todo caso, radicalizaría aún más las paradojas ahora generadas por el salto del ser al debe, del bien mayor al mal menor, de los principios a las consecuencias, fomentando un relativismo que acabaría disolviendo el carácter deóntico o valioso por sí mismo atribuido a las normas. A este respeto la lógica deóntica y la lógica fuzzy exigieron una prolongación de los procesos de fundamentación de la lógica modal alética, postulando un perfeccionamiento mutuo que les permitiera contra-argumentar las posibles paradojas y sofismas que esta misma compatibilidad podría originar, y que a su vez les permitiera hacer compatible el uso que en cada caso se hizo del principio de bi-valencia. Y en este sentido cabría cuestionar, ¿el cálculo de normas ahora propuesto no se debería interpretar como un intento de contra-argumentar las paradojas que a su vez pudiera originar el mal uso de la lógica modal alética, llevando a cabo una profundización en los presupuestos de la lógica normativa y del propio silogismo práctico, ya sea de tipo aristotélico, leibniziano, hegeliano o wrightiano? Y si se acepta esta sugerencia, ¿habría que renunciar a la propuesta de Sanchez-Mazas de seguir concibiendo estos cálculos lógicos y la subsiguiente deontología normativa como una reedición del viejo proyecto de una ‘matheisis universalis’ de tipo leibniziano? ¿O no se deberían ver más bien estas propuestas como una profundización encaminada a salvar las paradojas originadas por una conciliación de este tipo, en el sentido también señalado por el proyecto de ‘New Foundation with Urelements’ de Aczel, Barwise y Etchemendy, como en alguna ocasión anterior he sugerido?

Carlos Ortiz de Landázuri


Katz, James E.; Magic in the Air. Mobile Communication and the transformation of social Life, Transaction, Brunswick, 2006, 194 pp.

Carlos Ortiz de Landázuri

James E. Katz en 2006, en La magia del aíre. La comunicación a través del móvil y la transformación de la vida social, también analiza el papel desempeñado por las nuevas tecnologías electrónicas, desde el Internet al móvil, en el cubrimiento de la información con motivo del 11-S y en días posteriores, llegando a una conclusión muy precisa: El 11-S habría permitido visualizar los nuevos papeles profundamente ambivalentes asumidos por el móvil y el Internet en la transformación de la vida social, traspasando claramente las funciones de comunicación interpersonal que habitualmente se le asignan. A este respecto el 11-S habría demostrado que el móvil en determinadas ocasiones se puede acabar convirtiendo en el único medio disponible para expresar las reacciones de fe, esperanza, terror y redención, que se despertaron en una situación límite de lucha por la supervivencia como aquella, por ser el único lugar compartido (syntopian) al que poder acudir, como lo pusieron de manifiesto las numerosas conversaciones de los afectados por los atentados, ya desde dentro de la torres o desde los aviones. Se comprueba así una vez más que en estos casos lo importante no era el mensaje sino el medio utilizado, que permitió visualizar un tipo de mensajes que de otro modo nunca hubieran aflorado a la opinión pública.
El propósito de Katz es analizar las consecuencias de esta última revolución tecnológica para cada una de sus instituciones y el conjunto de la sociedad norteamericana. La rápida acogida dispensada por el gran público es una muestra de una demanda oculta que pone de manifiesto una sociedad cada vez más incomunicada y atomizada, a pesar de presumir de lo contrario. Se reconoce la estrecha ligazón entre los móviles e Internet, con conclusiones fácilmente extrapolables. En cualquier caso los móviles han ampliado considerablemente el ámbito de la comunicación, llevándola a ámbitos y situaciones hasta hace poco impensables, dando lugar a la así llamada magia del aire. Se describe el móvil como el contrapunto mágico de una sociedad altamente tecnológica que parecía haber renunciado a este tipo de consuelos fascinantes y engañosos, como en otros tiempos podía haber sido leer una carta u obtener una indulgencia, demostrando así que la humanidad sigue necesitada de este tipo de recursos. Se justifica así el poder de la magia de una comunicación sin fronteras y sin limitaciones, con sus fuertes connotaciones espirituales y religiosas. Se habría así producido un peculiar proceso de reculturización de resultados difícilmente previsibles, que a su vez habría generado numerosos enemigos o simples usuarios oportunistas o simplemente compulsivos.
El 11-S habría demostrado de todos modos seis importantes ambivalencias de los móviles y de Internet respecto a su posible incidencia en la efectiva transformación de la vida social, a saber: 1) Fomenta la práctica de determinados valores espirituales o religiosos - por ejemplo, la asignación de poderes mágicos ocultos a los números o en la revitalización de determinados valores religiosos -, aunque su uso generalizado también puede resultar muy corrosivo, pudiendo llegar incluso a anular el desarrollo de la propia espiritualidad; 2) Ayuda a la formación de esperas públicas de comunicación altamente sofisticadas, al modo de naciones de espíritus, capaces de superar las distorsiones comunicativas habituales en estos casos, como pueden ser los fenómenos de exclusión, aunque también generan otras nuevas igualmente perniciosas, como son la cercanía con el extraño y el alejamiento de lo más inmediato; 3) Genera una nueva ética de la comunicación en público, que ha terminado volviendo obsoletos los criterios de corrección válidos hasta hace poco, aunque también genera un fenómeno de ‘multi-habla’ (‘multitasking’) de difícil intelección; 4) la creación de un lenguaje específico correspondiente al nuevo significado público asignado a la comunicación, fácilmente manipulable con fines comerciales, oportunistas o simplemente compulsivos; 5) una revolución educativa en las actitudes y costumbres de los distintos agentes educativos, que ha terminado erosionando la autonomía del profesor y su sentido de la autoestima;
Posteriormente, en la segunda parte, también se analiza el pasado, presente y futuro de las telecomunicaciones en la sociedad de la información: analizando cuatro aspectos: 1) el impacto del teléfono en las transformaciones de la sociedad, tanto desde un punto de vista global como microsocial, y tanto respecto a la distribución geográfica como al desarrollo económico, político o social; 2) El papel de la contabilidad en la sociedad de la información, a fin de permitir la predicción y control de los acontecimientos mediante adecuadas estrategias de información, sistemas globales y culturales más funcionales, que a su vez generarán nuevas formas políticas y sociales de integración compartida; 3) El futuro de las tecnologías de la comunicación especula sobre los futuros cambios que se generarán, cuando los valores humanos sean puestos a prueba por un mecanicismo tecnológico fuertemente implantado, que a su vez generará nuevas tendencias y leyendas en el modo de afrontar los viejos problemas humanos y las futuras libertades; 4) El futuro del móvil está indefectiblemente unido a la sociedad tecnológica que lo creó; por eso al proyectar las futuras generaciones de móviles estamos proyectando en cierto modo el futuro de la sociedad de la información, modificando el significado del tiempo, de uno mismo y del espacio vital del respectivo entorno;
Para concluir una reflexión crítica. Sin duda el 11 de Septiembre puede ser un punto de partida para llevar a cabo una reflexión crítica sobre las profundas transformaciones generacionales acaecidas en la sociedad postmoderna, ¿pero el propio 11-S no permitió visualizar otro posible tipo de relaciones interpersonales más concretas y no siempre tan edificantes, aunque no generen precisamente esta atmósfera mágica que ahora se les atribuye? Por otro lado, ¿no se deberían extrapolar este tipo de reflexiones a otras situaciones similares que también han llegado a constituir un auténtico fenómeno mediático con posterioridad al 11-S, aunque hayan terminado teniendo un desenlace colectivo totalmente distinto al de entonces? En efecto, tanto los atentados de Atocha del 11-M como los del metro de Londres del 7-J demostraron que se puede hacer un uso político e ideológico muy versátil de las nuevas tecnologías electrónicas en la sociedad de la información, sin tener que atribuirles un carácter tan mágico como hora se pretende.

Carlos Ortiz de Landázuri

Macdonald, Myra (2003). Exploring media discourse. London: Arnold Publishers. 231 pp. ISBN 0-340-71989-3.

Galina V. Sinekopova

The author begins her book by calling the reader’s attention to “an intensifying sense of social, political and economic uncertainty, especially in the western world” (p. 1). Macdonald’s book meets the challenge of dealing with this uncertainty; in that respect, the book follows the tradition of “‘enlightened indeterminacy’ – a willingness to embrace ambiguity and uncertainty as an integral part of everyday life” (Eisenberg, 2001: 534). Specifically, the book under review examines that part of life that deals with “changing modes of configuring the relationship between media texts and the social world” (p. 1). Macdonald defies the view of media as a mere play of image and sound effects in this uncertain world; she defines media as a strong player capable of influencing people’s perceptions of a meaningful reality and emphasizes media’s flexibility and liberating potential.
Macdonald’s view of media as operating discursively rather than simulating or reflecting reality is consistent with the shift from the positivist view of communication to the phenomenological view, which underscores an operative rationality of every mediated act (Smith, 1997: 330). To reveal how media operate discursively, Macdonald chooses the methodology of the critical discourse analysis, noting that her approach differs from the traditional method in a number of ways. For example, “instead of focusing on the detailed structuring of individual texts,” she pays central attention to “the evolving patterns of discourse,” including visual and verbal signification (p. 3). This approach is gaining acceptance in the field of discourse analysis where the study of any communicative practices is related to broader social and cultural frameworks (Phillips, Hardy, 2002). Macdonald believes that this approach to media discourse will help her to avoid “the narrowness of semiotic analysis, with its tendency to focus solely on the text” (p. 2). Anyone familiar with an increasingly diverse scope of semiotic analysis of media (cf., Bignell, 1997; Gottdiener et al., 2003) is likely to disagree with Macdonald’s claim. Interestingly, she herself is receptive to T. van Leeuwen’s idea of “pan-semiotics” and states the need for a semiotic approach to media, based on different modalities of signification. Macdonald’s approach to media discourse and her “attempt to map broader trends and changes over time and across genres” (p. 4) would only have benefited from the conceptual framework and methodologies of semiotics.
The book under review is divided into three sections, moving from a more theoretical discussion of the main conceptual issues to an examination of some internal shifts taking place in media practices to a demonstration of specific discursive patterns.
In the first section (“Mapping key terms”) the author takes up two broad issues: what is discourse, and what is the role of human agency in discourse. Discourse is defined as “a system of communicative practices that are integrally related to wider social and cultural practices, and that help to construct specific frameworks of thinking” (p. 10). Based on this view, the author emphasizes the role of human agency, operationalized in media, in helping to construct versions of reality. Again, semiotics is given only cursory attention as the basic ideas of F. de Saussure, Ch. S. Peirce and R. Barthes are brought together in one paragraph (p. 15). The author analyzes in more depth the relationships between discourse and ideology, power and knowledge. Although the first section is primarily theoretical, several specific cases of media discourse are discussed here as well, e.g., “The Case of Diana’s Death” and “Greenpeace Versus Shell: A Foucauldian Case?”
“The benefit of approaching media through a discursive analysis” (p. 51) finds its fuller manifestation in the second section (“Changing media discourses”). The author begins the second section by rethinking the “personalization” and “infotainment” debate. She notes the need for “an alternative to a critical model that opposes ‘entertainment’ to ‘information’” (p. 60). The binary tradition, however, appears difficult for the author to overcome: she continues to discuss such dichotomies as “hard” and “soft” news, spectacle and identification, public and private. The author seems to transcend this binary thinking later in the section, approaching media discourse as a performative space where discursive contest constantly takes place. In this respect, she resorts to M. Bakhtin’s notion of a “dialogics of truths” (p. 64), but the alternative model, the importance of which was stated at the beginning of the section, never receives a coherent and convincing manifestation. At the same time, the increasingly mediated visibility of public life is exposed in detail, using numerous examples of Western television shows, newspaper articles, etc.
This analysis of media discourse continues in the third section (“A Case of ‘Risk’”). As the title of the section suggests, attention here shifts to the analysis of risk as “a discursive freezing of a range of perceptions of anxiety into a singular frames” (p. 106). The author looks at several such frames, considering media constructions of risks to children, e.g., child abuse, risks perceived to arise from “unsafe” foods, and the globalized risk associated with “Islamic fundamentalism,” including some observations on how this has been influenced by the events of September 11, 2001. The author shows how the discourse of risk emerges as a common discursive theme in today’s society. She warns the reader not to underestimate the significance of media construction of risk and calls for an honest and serious debate, firmly grounded in the public sphere. Such debate is crucial because “discourses of risk have the power to take us on challenging imaginary journeys, but they have their own diversions” (p. 189). By avoiding diversions and making every conscious effort to embrace uncertainty inherent in media discourse, it becomes possible to realize its liberating potential. Macdonald’s book, dedicated to the analysis of changing relationships between media texts and the social world, is an important effort in that direction.

References:
Bignell, J. (1997). Media Semiotics: An Introduction. Manchester: Manchester University Press.

Eisenberg, E. (2001). Building a mystery: Toward a new theory of communication and identity // Journal of Communication. Vol. 51, No. 3, pp. 534-552.
Gottdiener. M. et al. (Eds.). Semiotics. Thousand Oaks, CA: Sage Publications, Inc.
Phillips, N., Hardy, C. (2002). Discourse analysis: Investigating processes of social construction. Thousand Oaks, CA: Sage Publications, Inc.
Smith, A. (1997). The limits of communication: Lyotard and Levinas on otherness. In M. Huspek & G. Radford (Eds.), Transgressing discourses: Communication and the voice of other (pp. 329-352). New York: SUNY Press.
Reviewed by:

Galina V. Sinekopova, Ph. D.
Assistant Professor, Department of Communication Studies
Eastern Washington University
Phone: (509)359-2865
Fax: (509)359-2496
E-mail: gsinekopova@mail.ewu.edu



MINGO RODRÍGUEZ, A. Mª-MORENO MÁRQUEZ, C. (eds.), Signo, intencionalidad, verdad. Estudios de fenomenología, Actas del V congreso internacional de fenomenología: “Signo, intencionalidad, verdad. Cien años de fenomenología” (Sevilla 6-10.XI.2000), Colección actas, nº 50, Sociedad española de fenomenología/Secretariado de publicaciones de la universidad de Sevilla, Sevilla 2005; 500 pp.

Juan A. García González

En el año 2000 se cumplía el centenario de la aparición de las Investigaciones lógicas de Husserl. Para conmemorarlo la sociedad española de fenomenología (SEFE: www.cica.es/aliens/sefe) y el departamento de metafísica de la facultad de filosofía de la universidad de Sevilla organizaron el congreso cuyas actas ahora se editan. Aunque estas actas no hayan sido tan fieles como algún insensato hubiese podido figurarse que fuesen (p. 14), al menos porque sólo recogen la palabra-texto y no la palabra-voz, dan una muy buena idea de la pujanza de los estudios fenomenológicos en la actualidad, y constituyen un merecido homenaje a ese maestro, promotor de la filosofía en el siglo veinte, que fue Edmundo Husserl.
El volumen recoge treinta y siete trabajos agrupados en dos partes. La primera, en torno a las Investigaciones lógicas y estudios husserlianos, reúne aportaciones específicas sobre la obra cuyo centenario se conmemoraba y en torno a la fenomenología de Husserl. La segunda se reserva a desarrollos y otros estudios de corte fenomenológico, centrados sobre autores como Heidegger, Fink, Gadamer, Habermas...
Como un reflejo de la altura académica del congreso, cabe mencionar las colaboraciones de Rudolf Bernet, director del archivo Husserl de Lovaina, sobre la conciencia del tiempo; la de Lester Embree, presidente de la organización de asociaciones fenomenológicas, titulada la constitución de la cultura básica; y la de Jocelyn Benoist, de los archivos Husserl de París, sobre la teoría del nombre propio. Apreciable también la naturaleza internacional del congreso, con contribuciones de autores que se desempeñan profesionalmente en Buenos Aires, Cali, Evora, Lisboa, Lima, México, Milán, Praga...
De entre los españoles Javier San Martín escribe sobre la reducción fenomenológica y el comienzo de la filosofía; César Moreno sobre la intuición y la donación de sentido, con una bonita reflexión sobre lord Chandos; Mª Carmen Paredes sobre la intuición categorial; José Villalobos sobre fenomenología y creación poética; Alicia Mingo sobre la trascendencia fenomenológica; Jesús Conill compara la hermenéutica genealógica y la fenomenológica con algunos autores de la más reciente filosofía española: Ortega y Zubiri; Urbano Ferrer estudia a Alfred Schütz; Mª Luz Pintos encuentra en la recuperación de la animalidad una utilidad de la fenomenología cien años después; por sólo mencionar algunos ejemplos de los muchos y buenos trabajos reunidos en este volumen.
A la pluralidad temática que se entreve por lo dicho, habría demás que añadir la precisa documentación que acompaña a los trabajos publicados, con citas muy rigurosas de textos en ocasiones muy selectos.
Por todo ello, el volumen que presentamos no sólo es expresión de una académica actividad celebrada en Sevilla, sino también lugar de información y estudio sobre la filosofía fenomenológica. Aunque se haya demorado un tanto esta publicación, vaya desde aquí nuestra felicitación a los organizadores y participantes en el congreso, así como a sus editores. Lástima que obras de esta clase no suelan tener la difusión que merecen.

Juan A. García González

VARELLA, Stavroula. Language Contact and the Lexicon in the History of Cypriot Greek. Contemporary Studies in Descriptive Linguistics, Vol. 7. Oxford/Berna/Berlín/Bruselas/Frankfurt del Meno/Nueva York/Viena: Peter Lang, 2006. 283 pp

Pedro J. Chamizo Domínguez

El estudio de los avatares que ha sufrido una lengua (o un dialecto dado de una lengua determinada, como es el caso del libro del que estoy dando cuenta) a lo largo de su historia no es solo una cuestión que interese a los lingüistas profesionales, sino que también puede ser de sumo provecho para cualesquiera otros profesionales. Y ello porque un estudio de este tipo revela muchos aspectos del devenir de un país o una región, que no son estrictamente hablando lingüísticos pero que están relacionados con ellos. La doctora Stavroula Varella centra su trabajo en el caso del dialecto chipriota de la lengua griega y en los procesos de interferencia que este dialecto ha sufrido en su contacto con otras lenguas. Y ello hace especialmente interesante su trabajo por dos razones al menos. La primera razón radica en el hecho de que normalmente estamos tan acostumbrados a que la lengua griega haya sido, junto con la latina, la mayor exportadora de términos a las lenguas europeas modernas, que no solemos ser conscientes de que, también el griego, ha recibido préstamos de las más diversas lenguas. Y justamente el propósito de Stavroula Varella en su libro es poner de manifiesto la multitud de términos que el griego (chipriota) ha tomado de otras lenguas a lo largo de su historia, asunto que documenta desde los más antiguos documentos conservados en esta variante de la lengua griega hasta nuestros días. Pero, y en ello radica la segunda de las razones a las que quiero referirme, el caso del dialecto chipriota de la lengua griega es especialmente interesante por cuanto que la isla de Chipre ha sido colonizada por multitud de pueblos diversos. Efectivamente, en Chipre han asentado sus reales los hititas, egipcios, persas, romanos, bizantinos, árabes, francos, otomanos e ingleses. Y todos ellos han ido dejando su huella lingüística en el dialecto chipriota del griego. Así, por ejemplo, la lengua árabe ha dejado una importante imprenta en el griego chipriota, aunque quizás no tan amplia como la que ha dejado en el castellano. No obstante, hay algunos términos compartidos entre el griego chipriota y el castellano que tienen sus orígenes en el árabe. En este sentido no quiero dejar de aludir al hecho de que, también este dialecto del griego, ha tomado prestado del árabe el término turjumàn (τζουρτζουμάνος, en chipriota) para designar al intérprete o lengua como una clase especial de traductor, cosa que también ha ocurrido en castellano, tomando el término directamente en un primer momento del árabe como trujumán y, en un segundo momento del francés trucheman como truchimán (Corominas y Pascual, 1984-1987)

En cuanto al contenido del libro, hay cinco capítulos centrales y varias secciones menores de las que son habituales en los libros académicos. El libro comienza con una página de agradecimientos, Acknowledgements (p. 7), en la que la autora muestra su reconocimientos a cuantas personas e instituciones la han ayudado en su trabajo. A continuación aparece un corto prólogo (p. 9) donde se resume el contenido de la obra, haciéndose especial hincapié en que aquí se van a estudiar las influencias de otras lenguas solamente en el dialecto chipriota, que no en la lengua griega en general. Y a continuación aparecen los cinco capítulos centrales. El capítulo 1, Introduction to the Greek dialect of Cyprus (pp. 11-48), consiste básicamente en una introducción a las características peculiares del dialecto chipriota de la lengua griega, donde también se pasa revista a las fuentes de las que se ha tomado el corpus estudiado. El capítulo 2, Cultural and linguistic contacts in Cyprus (pp. 49-74), proporciona una descripción del contexto histórico y socio-cultural que enmarca y da razón de préstamos que el dialecto estudiado ha tomado de otras lenguas. El capítulo 3, Exploring the lexicon I: Phonology and morphology (pp. 75-160), pasa revista a los procesos fonológicos y morfológicos que han sufrido los términos foráneos en su aclimatación al dialecto término desde sus respectivas lenguas origen. En el capítulo 4, Interlude: The issue of etymologies (pp. 161-176), se discuten algunas de las etimologías anteriormente propuestas para los términos incluidos en el corpus y se ofrecen otras etimologías alternativas a las comúnmente aceptadas hasta el momento. El capítulo 5, Exploring the lexicon II: Semantics (pp. 177-231), se centra en los aspectos semánticos en el estudio de los cambios de significado de los términos estudiados con respecto a los significados que estos términos tienen en sus respectivas lengua origen. Y finalmente, el libro se remata con cuatro secciones más: un epílogo (pp. 233-238) que sirve de resumen; un apéndice con las listas de préstamos según las fuentes textuales, Lists of loanwords according to their textual source (pp. 239-271) clasificada por periodos históricos y en función de las lenguas de las que proceden los préstamos; una bibliografía más que apropiada (pp. 273-278); y un índice de los términos lingüísticos usados en el libro (pp. 279-283).

Aunque podrían ser obviados si se tratase de un estudio de otra lengua o del propio griego clásico, los capítulos 1 y 2 se me antojan imprescindibles en este libro por, al menos, dos razones. En primer lugar, porque, así como cualquier individuo medianamente culto suele tener nociones del griego clásico y de su división en varios dialectos principales (ático, jónico, eólico, dórico y arcado-chipriota), el griego moderno suele ser menos conocido y, si esto es verdad para la lengua estándar, mucho más lo es para un dialecto hablado en una isla que, para más inri, está política, religiosa y lingüísticamente dividida. En segundo lugar, porque de modo análogo, así como la historia de Grecia suele ser conocida hasta su conquista militar por Roma, suele ser bastante desconocida desde ese momento. Esto último hace que uno suela tender a olvidar que en Chipre, además de turcos e ingleses, también sentaron sus reales francos y venecianos, por ejemplo. Y precisamente una de las virtudes de este libro consiste en poner en conexión la historia de la isla con las diversas influencias lingüísticas que el griego chipriota ha ido sufriendo en relación con los diversos conquistadores que ha tenido la isla a lo largo de su historia. Por su parte, el capítulo 3 requiere de una competencia en fonética y fonología del griego de la que yo, por desgracia, carezco; aunque supongo que su pertinencia es inexcusable para los especialistas en la lengua griega en particular y los especialcitas en fonética y fonología en general.

Por el contrario, dada mi especial dedicación académica, a mí me han interesado especialmente los capítulos 4 y 5 en la medida en que versan sobre problemas semánticos, de interferencia lingüística y, en última instancia, son un excelente estudio particular que puede generalizarse a otras muchas lenguas –si no a todas las lenguas. Efectivamente, préstamos, calcos y herencias –aunque estas últimas no afectan al contenido de este libro dado el marco que se ha impuesto su autora– pueden ser documentados en cualesquiera lenguas y, precisamente por ello, son motores de cambios semánticos a la vez que la fuente de los falsos amigos semánticos totales o parciales que pueden encontrarse en dos lenguas cualesquiera. Y ello tiene dos consecuencias relevantes. En primer lugar, el estudio de los diversos préstamos que ha ido recibiendo una lengua dada –o un dialecto específico de una lengua– es un instrumento precioso para relacionar el fenómeno estrictamente lingüístico con fenómenos antropológicos, culturales e históricos; y esto lo ha llevado a cabo la Dra. Varella de forma magistral en lo que respecta a su lengua materna. En este sentido el libro que comento parece ser exhaustivo, aunque uno se extraña de que en el griego chipriota no esté documentado ningún préstamo ni del alemán, ni del español, ni del portugués. Bien es cierto que ni alemanes, ni españoles, ni portugueses han colonizado nunca Chipre, pero, aún así, no deja de ser sorprendente; máxime si tenemos en cuenta que muchos de los préstamos que se atribuyen al provenzal bien pudieran proceder del castellano o del portugués, dado que se escriben exactamente igual en las tres lenguas. Por ejemplo, el verbo examinar (αξαμινιάζω) se atribuye al provenzal cuando se escribe exactamente igual en castellano y portugués. Del mismo modo, batalha (πατάλια) también se atribuye al provenzal cuando se escribe exactamente igual en portugués y se pronuncia exactamente igual en castellano aunque se escriba batalla. Con toda seguridad la dra. Varella tiene razón en estas atribuciones, puesto que ello es lo que se infiere de las fuentes estudiadas; pero uno no puede por menos que señalar esta cuestión.

Pero, en segundo lugar, préstamos y calcos son, como he dicho antes, la fuente de los falsos amigos semánticos. Y, en este sentido hay en el libro una laguna que debería ser subsanada por trabajos posteriores de la autora. Me explico. Dado que la mayoría de los términos de una lengua dada son polisémicos, rara vez la lengua término toma la palabra en cuestión de acuerdo con todos los significados posibles en la lengua origen, sino que lo hace cambiando sus significados en función de cuatro o cinco mecanismos distintos: 1, restricción de los diversos significados de un término en la lengua origen a uno o muy pocos significados en la lengua término; 2, restricción de significados en la lengua término y añadido de nuevos significados que estaban ausentes en la lengua origen; 3, conservación del significado del término en la lengua origen y creación de nuevos significados en la lengua término; 4, aparición de por lo menos un significado nuevo en la lengua término y cambio de categoría gramatical de la palabra en cuestión; y 5, aparición de nuevos y diferentes significados en dos o más lenguas término a partir de un significante común en una lengua origen determinada (Lorentzen, 2005; y Chamizo Domínguez, en prensa). Y todos estos cambios de significado pueden ser explicados mediante el recurso a diversas figuras del lenguaje tales como la metáfora, la metonimia, la sinécdoque, el eufemismo, el disfemismo o la ironía. El resultado de todo ello no es otro que el de la aparición de falsos amigos semánticos y la multiplicación de los problemas de traducción entre las lenguas afectadas por este fenómeno de interferencia lingüística. Obviamente, esta cuestión no es el tema del libro de Stavroula Varella y mis apreciaciones no son una crítica a su contenido –que cumple con creces con el objetivo que se propuso la autora– sino, más bien, la propuesta de un reto. Dicho de otra manera, lo que estoy sugiriendo es que, una vez llevado a cabo este trabajo previo e inexcusable, la autora podría plantearse la posibilidad de seguir por este camino tan excelentemente iniciado y regalarnos otro trabajo en el que nos haga ver cuáles son los cambios semánticos que han sufrido los diversos préstamos tomados por el griego chipriota de otras lenguas con respecto a sus respectivas lenguas origen.

Incluso hay algunos temas a los que se alude de pasada y que podrían desarrollarse de una forma muy productiva. Por ejemplo, en las páginas 177-180 se alude a un fenómeno que tiene especial relevancia en la lengua griega pero que puede extrapolarse, mutatis mutandis, a otras muchas lenguas. Me refiero al hecho de que eso que llamamos “el griego actual o moderno” es una de esas lenguas en las que la diglosia aparece de forma paradigmática en la medida en que hay un dialecto popular (δημοτική, el demótico) y un dialecto culto (καθαρεύουσα, el katharevousa). Pues bien, como norma general los defensores del griego culto son puristas y, en función de ello, han procurado sustituir muchos de los términos tomados de otras lenguas por términos con marchamo griego. Así, por ejemplo, el griego demótico ha tomado prestado el sustantivo patata ( πατάτα, en griego) del castellano, pero, comoquiera que a los puristas les ha parecido poco digno ese barbarismo, lo han sustituido por el sustantivo geomelon (γεώμηλον), que significa literalmente ‘manzana de tierra’ y que tiene toda la pinta de ser un calco del francés pomme de terre, que ha podido ser tomado consciente o inconscientemente. Ahora bien, si esto es así, uno puede preguntarse qué es lo que hace que un término sea preferible al otro. Y de forma más general, ¿qué hace que algunos términos se consideren vulgares, políticamente incorrectos o disfemísticos mientras que otros se consideren cultos, polìticamente correctos o eufemísticos? Y la respuesta a este tipo de preguntas no es una cuestión lingüística, sino, más bien, social o cultural (Allan y Burridge, 1991). Y quizás haya pocas lenguas tan adecuadas para estudiar a fondo esta cuestión como la lengua griega, dado que en ella –además de una diversidad dialectal análoga a la de otras lenguas– también existe en fenómeno de de diglosia de forma más puras que en otras lenguas. Aunque, desde la perspectiva en que me estoy situando, este fenómeno no sería ajeno a ninguna de ellas en mayor o menos medida. Por ejemplo, ¿Cuál sería la razón última de que en castellano el sustantivo hemorroides sea considerado el término culto y el sustantivo almorranas el término vulgar y vitando en muchos contextos si no es una razón de prestigio social? Máxime, como es este el caso, cuando ambos términos proceden de la lengua griega en última instancia (Corominas y Pascual, 1984-1987). Del mismo modo, los puristas alemanes trataron de sustituir el sustantivo Television por el más castizo de Fernsehen, aunque en este caso es posible que la batalla esté camino de perderse.

Pero volviendo al asunto de los préstamos curiosos. En las páginas 221 y 245 se recoge como préstamo del italiano el sustantivo campana (καμπάνα) que parece ser que en griego chipriota significa ‘campana de ‘iglesia’ y que funciona como un hipónimo del término griego original kodon>koudouni (κώδων>κουδούνι), que sería el término superordenado. Ahora bien, dado que en italiano campana connota cualquier tipo de campana (como en castellano), sea la campana de una iglesia o la campana de un barco, bien pudiera ser que estemos ante un caso paradigmático en que el griego chipriota haya restringido el significado del término original y, como consecuencia de ello, estemos ante un ejemplo de falso amigo semántico parcial por vía de una restricción de significado. Y, para terminar, otro caso sumamente interesante es el del sustantivo cementerio (σιμιντίριν), que se hace derivar del provenzal cimenteri (p. 242), cuando, curiosamente, el sustantivo cementerio –y sus diferentes variantes en las más diversas lenguas– procede en última instancia del griego clásico κοιμητήριον, vía el sustantivo latino coemeterĭum (Corominas y Pascual, 1984-1987). Con este ejemplo estamos ante un caso de lo que yo mismo he llamado “préstamos de ida y vuelta” (Chamizo Domínguez, en prensa). Efectivamente, el provenzal habría tomado como herencia del latín el sustantivo cimenteri, un término que, en realidad y con el significado de camposanto, era en griego un eufemismo a partir de su significado literal de dormitorio. Si esto es así, entonces tenemos que el griego chipriota ha vuelto a retomar un término originalmente griego con solo uno de los significados que tenía ese término originalmente en la propia lengua griega.

En resumen, la lectura de Language Contact and the Lexicon in the History of Cypriot Greek, de Stavroula Varella, es sumamente recomendable para cualquier persona interesada en los fenómenos de interferencia lingüística no solo por lo que está dicho explícitamente en él, sino también por lo mucho que sugiere y los caminos de investigación que abre para el futuro. Por ello me permito retar a la autora para que siga trabajando en esta línea que ha iniciado y nos regale con otro trabajo en que nos haga ver cómo han cambiado de significado los términos que el griego chipriota ha tomado de las demás lenguas.

Referencias bibliográficas

Allan Keith y Kate Burridge. 1991. Euphemism and Dysphemism, Language Used as Shield and Weapon. Oxford-Nueva York: Oxford University Press.
Chamizo Domínguez, Pedro J. 2006: «False Friends», en Brown, Keith (ed.) Encyclopedia of Language and Linguistics. Oxford: Elsevier, pp. 426-429.
Chamizo Domínguez, Pedro J. en prensa. False Friends: Semantics and pragmatics. Londres: Routledge.
Chamizo Domínguez, Pedro J., y Brigitte Nerlich. 2002: «False friends: their origin and semantics in some selected languages». Journal of Pragmatics. 34, pp. 1833-1849.
Corominas, Joan y José A. Pascual. 1984-87. Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. Madrid: Gredos.
Lorentzen, Lise R. 2005. «C’est un vrai bordel! Faux amis norvégiens-français», en XVI Congreso de Romanistas Escandinavos. Universidades de Copenhague y Roskilde. En HYPERLINK "http://www.ruc.dk/isok/skriftserier/XVI-SRK-Pub/JUS/JUS04-Lorentzen/" http://www.ruc.dk/isok/skriftserier/XVI-SRK-Pub/JUS/JUS04-Lorentzen/.


Pedro J. Chamizo Domínguez

SHAPIRO, Steward; Vagueness in Context, Claredon, Oxford University, Oxford, 2006, 226 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Vaguedad en contexto recurre a la argumentación dieléctica característica de la teoría de modelos, a fin de evitar las paradojas generadas por la vaguedad de los conceptos en el superevalucionismo epistemológico. En efecto, Williamson y Sorenson tuvieron que alegar una ignorancia epistémica insuperable, o una futura aplicación del principio de bivalencia aún más estricta, a fin de evitar la aparición de casos límite en sí mismos ambiguos o una paradoja del sorites aún más irresoluble, aceptando en ambos casos el eslogan superevaluacionista, "la verdad es superverdad", es decir, la verdad a nivel del lenguaje objeto también debe serlo a nivel del metalenguaje correspondiente, como les criticó Rosana Keefe. En cambio Steward Shapiro defiendo un superevaluacionismo de tipo pragmático, que le permite invertir este tipo de argumentos siguiendo a su vez las propuestas de algunas lógicas intuicionsitas, como la de Dummett. En su opinión, el reconocimiento de ámbitos de vaguedad a la hora de determinar el significado pragmático de un concepto debería ser compatible con la referencia a una noción de superverdad y con la aplicación de un principio de bivalencia por parte de los metalenguajes lógicos, siempre y cuando previamente se dispusiera de diversos criterios de tolerancia respecto de la posible aparición de ulteriores casos límite en un ámbito concreto de aplicación. Se evitaría así la pretensión del supervaloracionismo epistémico de excluir totalmente la vaguedad en nombre de un ideal de precisión excesivamente rígido, sin tampoco fomentarla de un modo indiscriminado, como pretende el multivaloracionismo epistémico, cuando de hecho ambas son necesarias.
Evidentemente al hacer esta propuesta Shapiro presupone en los usuarios del lenguaje una maestría en la interpretación del lenguaje conversacional de las diversas lenguas habladas, o de las diversas lógicas alternativas, concretamente en la lógica fuzzy (p. 11), a fin de evitar las dos principales paradojas generadas por la vaguedad de los conceptos, a saber: a) las contradicciones generadas por la ambivalencia verdadero-falso de los casos límite respecto a una determinada propiedad; y b) la ulterior aparición de una paradoja del sorites o del montón, que a su vez generan los casos límite de segundo orden, cuando la propiedad transitiva atribuida a este tipo de conceptos o clases genera un proceso al infinito respecto al posible número de casos límite, tanto respecto a una determinada propiedad como a su negación, sin tampoco poder evitar su extrapolación a todos los elementos de la serie. Al menos así sucede con la paradoja del calvo-melenudo, o de los montecillos-montoncetes o del culibajo-jorobadete (en el popular personaje Tientetieso o Humpty Dumpty, similar a un huevo, de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll), sin tampoco poder ya aplicar un punto medio de inflexión entre uno a otro concepto, al modo como sucede en la contraposición cóncavo-convexo. Sin embargo sería posible introducir nuevos criterios de determinación y de tolerancia respecto a estos nuevos casos límite de segundo orden o de orden superior, si verdaderamente se logra desde un principio dar a la definición ajustada del concepto.
Evidentemente la aceptación de un sistema lógico de este tipo presupone ya una maestría a la hora de definir los conceptos y de aplicarlos por parte del locutor y del oyente, reconociendo el carácter contextualista y conversacional de los criterios de tolerancia e indeterminación fijados en cada caso. Sin embargo ahora también el propio concepto de maestría o competencia locutiva adolece de una doble vaguedad, tanto respecto a la determinación de su respectivo ámbito de aplicación como en la fijación de los respectivos grados de tolerancia, sin poderle exigir una precisión excesivamente rígida, ni tampoco una indeterminación excesivamente arbitraria. El criterio del locutor competente ideal se postula de nuevo como criterio último para fijar su validez de los criterios de determinación y de tolerancia en razón de los distintos contextos, aunque ahora también se toma prestada de los sistemas lógicos superevaluacionistas una poderosa herramienta para evitar la aparición de este tipo de paradojas, a saber: Exigir una base de aplicación que justifique los criterios de determinación y los índices de tolerancia utilizados en cada caso para justificar el posterior uso de un concepto. Sólo así se podrá utilizar la aparición de estas mismas paradojas para localizar una nueva base de aplicación, que a su vez permita postular una posible resolución de estos ulteriores casos de doble vaguedad o vaguedad de orden superior, sin necesidad de remitirse ya en ningún caso a una noción de superverdad. Se justifica así una ampliación de la teoría de la vaguedad más allá de la base de aplicación habitual, incluyendo también la referencia a objetos de tipo abstracto, cuasi-abstracto, o incluso metafísico, epistémico o metodológico, o a la propia noción de objetividad.
Para concluir una reflexión crítica: Steward Shapiro extrapola el tratamiento superevaluacionista de la vaguedad a la justificación de todo tipo de entidades abstractas, metafísicas o incluso metodológicas, siempre y cuando a su vez se les aplique una teoría de modelos capaz de evitar las paradojas generadas por sus posteriores aplicaciones de tipo pragmático. Sin embargo para justificar este paso sería necesario disponer de una base de aplicación proporcionada, así como de unos criterios de determinación y de tolerancia ajustados, que permitieran el tránsito desde los modelos de aplicación más simple a los más complejos. Sin embargo ahora este tránsito no se justifica ni siquiera en el caso más simple del paso desde los modelos de la lógica proposicional de primer orden a los modelos de la lógica de predicados de segundo orden. Shapiro propone a este respecto una teoría marco muy ambiciosa cuyo desarrollo pormenorizado debería ser objeto de distintas lógicas alternativas que deberían fijar los distintos criterios de determinación y tolerancia en la definición de cada concepto.

DUMMETT, Michael; Truth and the Past, Columbia University, 2004, 122pp.; Wahrheit und Vergangenheit, Suhrkamp, Frankfurt, 2005, 138 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Verdad y pasado analiza la vigencia en el pensamiento contemporáneo de un concepto clásico que con frecuencia se ha dado por superado, o por problemático, cuando según Michael Dummett sigue gozando de muy buena salud. Se comprueba a este respecto las numerosas paradojas que el uso estricto del principio de bivalencia generó en la filosofía de las matemáticas y en la conceptografía de Frege, o en la teoría de los tipos de predicación y niveles de lenguaje de Wittgenstein, o en el concepto semántico de verdad en Tarsky, o posteriormente en Ayer, Davidson, Kripke, Putnam, amenazando con un relativismo y un antirrealismo creciente, que de algún modo también se terminó haciendo presente en el intuicionismo matemático del propio Dummet. En efecto, el intuicionismo matemático acabó estableciendo unos criterios de prueba tan estrictos para así reconocer la posible certeza de una proposición, que terminó restringiendo excesivamente el ámbito de la verdad. Por este motivo el intuicionismo matemático cuestionó la validez axiomática anteriormente atribuida al principio de tercer excluido, incluido también el principio de bivalencia, salvo que se aporte para cada caso una prueba proporcionada de su respectiva validez. Sin embargo ahora se muestran las indudables ventajas que podría tener un uso menos estricto de este principio de bivalencia para recuperar el valor de verdad de las proposiciones referidas al pasado, sin relativizar por ello la noción de verdad. Permitiría reconstruir con mayor amplitud las peculiaridades semánticas de este tipo de proposiciones, así como la posible justificación de una metafísica del tiempo. Se vuelve así a una polémica que la filosofía analítica mantuvo a principios del siglo XX con McTaggart y que hoy día Rorty ha vuelto a replantear con una mayor radicalidad. En efecto, Rorty cuestionó, en clara alusión a Karl-Otto Apel, las pretensiones de validez de los enunciados presuntamente verdaderos (p. 117) y, siguiendo a Davidson, hizo depender la verdad y la justificación o fundamentación de una proposición de criterios de decisión en sí mismos arbitrarios, sin poder ya justificar el valor absoluto atribuido a aquellas pretensiones de verdad. Sin embargo Dummett defiende una posible recuperación del valor de verdad de un enunciado, siguiendo a su vez un planteamiento tomado de Anscombe y Putnam (p. 21 y 32), a saber: en su opinión, es imposible separar el significado de un enunciado respecto de la proposición que lo expresa, como tampoco se puede independizar la descripción de un hecho respecto de la interpretación que se hace del mismo, siendo así que el sentido de ambos está inevitablemente ligado entre sí, pudiéndose juzgar de la corrección o incorrección de uno por la referencia al otro, aunque uno exprese esa verdad de un modo directo y el otro de modo indirecto. En cualquier caso hay diversos modos como una verdad puede justificar su referencia al pasado, en virtud de la verdad y validez de un determinado presente, sin necesidad de fomentar un relativismo aún más radicalizado. A este respecto Dummett lleva a cabo una justificación 'intuicionsita' del concepto de verdad por ser un requisito de la propia noción de prueba matemática. La verdad aparece así como una noción previa y más básica que la del principio de bivalencia, aunque a este respecto cabe preguntarse: ¿La noción 'intuicionista' de verdad no contamina el uso que ahora se hace de algunos conceptos más básicos, como son la noción de hecho, de error, de rectificación, de necesidad, de análisis, etc.? ¿Hasta que punto la justificación esta noción de verdad permite limitar el rechazo 'intuicionista' del principio de bivalencia, al menos para aquellos casos en los que se dispone de un criterio de corrección para garantizar su posible validez? Se trata sin duda de cuestiones dejadas abiertas a debate, que confirman la oportunidad de esta investigación para la filosofía de las matemáticas en general y para la lógica en especial.

BAECKER, D.; Form und Formen der Kommunikation, Suhrkamp, Frankfurt, 2005, 284 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Dirk Baecker, editor de numerosas obras de Niklas Luhmann, describe en Forma y formas de la comunicación, el papel del análisis matemático a la hora de formalizar los procesos de información, control, interacción y percepción cognitiva de la mente humana. Se trata de comprobar como las situaciones de incertidumbre posibilitan y a su vez condicionan la configuración de las artes y las ciencias a través de estos procesos, con una conclusión muy precisa: los análisis matemáticos funcionalistas de la comunicación humana pueden evitar los efectos negativos producidos por una ulterior aplicación incorrecta de estos mismos procesos, si desde un principio se tienen en cuenta las situaciones de incertidumbre que los posibilitan y a su vez los condicionan, cosa imposible en los procesos causales. Sólo así fue posible tener en cuenta leyes de la forma que permiten la interacción entre un emisor y un receptor, como hizo notar Brown en 1969, o la jerarquización alternativa de diversas formas de pensamiento, como propuso Herbst en 1976, o el análisis de la empresa y de los objetivos propuestos, como hizo Shannons en 1993. Después Varela y Luhmann han generalizado este tipo de modelos ya sea para las neurociencias o la teoría social.
En efecto, Brown y Shannons justificaron una forma comunicativa básica entre dos, tres o más elementos, que establecerían entre sí una doble relación de redundancia interactiva y de recursividad recíproca, con independencia del contexto, de las situaciones de incertidumbre y del resto de circunstancias donde puedan tener lugar (p. 23-24). A este respecto Nobert Wiener, John Newman y Morgersen aplicaron el teorema básico de la redundancia a la teoría de sistemas, a la cibernética, a la teoría de juegos y a los autómatas. Según este teorema un sistema (S) no es idéntico consigo mismo cuando se toma como una función (S) respecto a un determinado mundo entorno diferente (U), de modo que si se modifican las situaciones de incertidumbre a las que se somete todo el sistema puede cambiar. Posteriormente Foerster definió la comunicación como una función recursiva de una interpretación de un organismo respecto de la de otro, presuponiendo su recíproca conmensuración respecto de una determinada observación, presuponiendo a su vez el sometimiento de ambos sistemas a unas situaciones de incertidumbre similares, aunque se tratase de un presupuesto de imposible justificación. Se pudo así formalizar la comunicación social como un proceso redundante y a la vez recursivo de transmisión de una información y de ulterior conmensuración selectiva ilimitadamente mejorable, siempre y cuando ambos sistemas se hallaran sometidos a similares situaciones de incertidumbre, como ahora se comprueba a través de Max Weber, Schütz, Parson, Luhmann, Sacks o Habermas. A este respecto ahora se sugiere utilizar las nociones de repetición y oscilación de Brown y Shamoon para formalizar las peculiares relaciones estéticas que estos distintos autores establecieron entre explicación y comprensión, entre comunicación y percepción, entre cerebro y conciencia, entre cuerpo y soma, presuponiendo siempre el sometimiento de sus respectivas relaciones de redundancia y recursividad interactiva a unas similares situaciones de incertidumbre.
Evidentemente este análisis formal matemático de la redundancia y la recursividad localiza con gran precisión las limitaciones y virtualidades de los procesos de comunicación recíproca. Por un lado la recursividad se considera un requisito previo exigido a cualquier proceso de tipo informático, cibernético, de teoría de sistemas, semiótico, neurofisiológico o del cálculo computacional, que pretenda garantizar una comunicación recíproca entre emisor y receptor. Pero por otro lado la redundancia exige la aportación de algún tipo de aplicación práctica, a saber: de tipo ecológico, si se trata de una comunicación entre cosas; cultural, si se trata de formalizar una relación social; de futuro, si se refiere a una simple relación temporal. Pero en cualquier caso se exige algún tipo de comprobación empírica, sin confundirlos con los mecanismos sustitutivos de validez tautológica. Sólo así estos modelos matemáticos de comunicación recíproca pudieron garantizar unas aplicaciones cada vez más versátiles, aunque sometidos a unas situaciones similares de incertidumbre. Se localiza así una categoría básica de las ciencias humanas y sociales, incluida la estética, como ahora sucede con este tipo de relaciones recursivas redundantes, que hacen a su vez posible un análisis más pormenorizado de cuatro problemas básicos, a saber: a) el modelo teórico usado por los diversos tipos de juegos dentro del espacio comunicativo de la interacción humana; b) el orden social de expectativas interrelacionadas, que a su vez hace posible la descripción autorreguladora de las diversas formas de relación social; c) el sentido interactivo de la aplicación de un sistema funcional a las personas, a los medios, a las redes, haciendo posible su propia evolución interna; d) el empeño ecologista, transversalista, economicista e intervencionista de un sistema funcional de este tipo, dada la capacidad que se le asigna para reconocer sus posibilidades y limitaciones de actuación.
Para concluir una reflexión crítica: los análisis matemáticos funcionalistas de Dirk Baecker pretenden garantizar la efectiva commensuración de relaciones redundantes y recursivas de la ciencia social, del mercado económico y de sus diversas instituciones en virtud de una ley de la forma, o a una forma de las formas, a pesar de las indudables paradojas que generan este tipo de propuestas. En efecto, el funcionalismo postula en virtud de esta ley fundamental la emergencia de un metasistema global de tipo ecologista, transversalista, economicista e intervencionista, que permite postular el logro de un permanente reequilibrio entre las numerosas disfunciones y relaciones asimétricas existentes entre los diversos subsistemas sociales y económicos, a pesar de la creciente complejidad que hoy día adquieren estos problemas. Sin embargo la justificación de estas virtualidades presupone el logro de este reequilibrio en cualesquiera situaciones de incertidumbre, basado en criterios estrictamente pragmáticos, a pesar de ser un extremo nunca suficientemente justificado. Y a este respecto cabe preguntarse, ¿realmente se puede postular un giro pragmático a la hora de justificar un posible reequilibrio entre la totalidad de las situaciones de incertidumbre a las que se hallan sometidas este tipo de relaciones redundantes y recursivas, cuando simultáneamente también se producen otras asimetrías, vaguedades, monoticidades, condicionamientos o subalternaciones, a las que también habría que aplicar criterios similares?

WOLFF, Jens; Metapher und Kreuz. Studien zu Luthers Cristusbild, Mohr Siebeck, Tübingen, 2005, 677 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

¿El lenguaje metafórico de la cruz aportó un nuevo horizonte interpretativo al hecho religioso? Jens Wolff propone a este respecto una reconstrucción del modo como Lutero otorgó un valor estrictamente metafórico y un sentido teológico muy preciso al lenguaje sobre la cruz, recurriendo para ello al método retórico usado por Quintiliano para reinterpretar la literatura pagana latina. En efecto, Lutero a partir de 1521 concibió el lenguaje metafórico de la cruz como una prolongación de otros símbolos y alegorías veterotestamentarios utilizados para explicar el misterio de la misericordia y de la redención vicaria anunciada por Dios al pueblo elegido. De este modo remetaforizó completamente aquellas antiguas alegorías reinterpretándolas a la luz del nuevo significado de la cruz. De este modo se pudo otorgar un sentido meramente propedéutico o iniciático a aquellas imágenes bíblicas respecto de esta otra metaforología espiritual más decisiva referida al crucificado-resucitado, reconstruyendo así la unidad existente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Lutero pudo así marcar distancias tanto respecto de los humanistas renacentistas que no terminaron de entender las peculiaridades de una posible aplicación de los métodos hermenéuticos o retóricos al lenguaje metafórico de la cruz, como a otros reformistas protestantes que, como Melanchton, rechazaron la posibilidad de utilizar las virtualidades que ahora ofrecía este tipo de lenguaje para justificar la peculiar naturaleza de otros misterios cristianos más complejos, desde los sacramentos en general, incluida la Eucaristía, al propio misterio de la resurrección. En cualquier caso para Lutero la justificación del lenguaje metafórico de la cruz tiene tres presupuestos previos, a saber: su preanuncio histórico a través de unas metáforas con un sentido profético muy concreto, la posibilidad de una conmensurabilidad recíproca entre el lenguaje divino y humano (la llamada comunicación de idiomas) y, finalmente, una nueva gramática capaz de expresar el hecho decisivo del que depende toda la experiencia de lo divino, a saber: la constatación de la infinita distancia y a la vez de la cercanía inmediata que el crucificado-resucitado mantiene respecto de Dios, con la posibilidad añadida que se ofrece a todo hombre de apropiarse de este mismo lenguaje metafórico de la cruz para hacer suyo este mismo proceso. Jesucristo aparece así como la culminación de un proceso histórico de metaforizaciones y remetaforizaciones, que le configuran como un auténtico Da-sein o ser-ahí en medio del mundo con capacidad de redefinir un nuevo lenguaje capaz de expresar las peculiares relaciones que el mismo establece con Dios, el mundo y los demás hombres. A este respecto el lenguaje metafórico del Antiguo Testamento se configura como una condición de sentido que a su vez hace posible el sentido pleno de la Cruz. Pero por su parte el lenguaje de la cruz permite descubrir el oculto sentido propedéutico de aquellas otras metáforas y alegorías asignándoles su auténtico sentido más profundo. Para llegar a estas conclusiones la monografía de divide en cuatro partes:
1) El lugar emblemático tan singular ocupado por el Salmo 22 en la articulación luterana entre la metaforología espiritual del Antiguo y Nuevo Testamento, así como en la posterior traducción de estos mismos textos bíblicos a los lenguajes populares modernos, con ayuda de las técnicas retóricas usadas por Quintiliano para la exégesis de los textos antiguos (Introducción).
2) El Cristo metafórico muestra la continuidad existente entre la imagen de Cristo ofrecida por los dos Testamentos (a través del Salmo 22), a pesar de las diferencias existentes entre la Ley antigua y el Nuevo Evangelio. Se defienden a este respecto cuatro tesis: la verdad metafórica del crucificado y su inseparabilidad con la del resucitado; la conexión entre la muerte de Dios y la salvación o vida futura prometida al pecador; el significado originario de la cruz como forma de llevar a cabo la redención vicaria y una efectiva reconciliación con Dios; la caracterización bipolar del Siervo de Yahvé y por extensión del propio Jesucristo, generada a su vez por la metáfora del paño de ignominia en Isaías, así como en la Epístola de San Pablo a los Romanos, a pesar de sus claras diferencias (1ª Parte).
3) La muerte de Dios descubre el sentido de la redención vicaria de Cristo (en el Salmo 22) a través de cinco pasos: el escándalo de la Cruz en el texto novotestamentario y en sus precedentes del Salmo 22 y del Canto del Siervo de Isaías; el carácter de evento salvador por antonomasia que ahora se atribuye a la cruz, aunque con un sentido claramente ambivalente en lo que tiene de sacrificio redentor vicario; la reconciliación de Dios con el género humano a través del crucificado; el logro de una efectiva comunicación entre los respectivos idiomas humano y divino, así como la ulterior remetaforización del mensaje bíblico acerca del Mesías Redentor a partir de la cruz (2ª Parte).
4) El Dios vivo muestra la unión existente entre la crucifixión y la resurrección, entre la muerte y la vida de Dios, entre la humillación y la posterior exaltación del resucitado-crucificado, en virtud del hallazgo de una nueva gramática metafórica para referirse al misterio de la Cruz. De este modo el propio Cristo se presenta como una metáfora del Da-sein o ser-ahí del hombre en el mundo, dando lugar a una recristologización de la metaforología y a una remetaforización cristológica de la historia de la salvación (3ª Parte).
Para concluir una reflexión crítica. La monografía resalta las indudables aportaciones de la metaforología espiritual de la Cruz de Lutero, concebida ahora como el único fundamento posible de la tesis de la legibilidad del mundo, de la historia y del propio Dios, señalando a su vez sus precedentes más inmediatos. Se trata de una cuestión que posiblemente en su época había quedado un tanto descuidada, pero que hoy día se ha vuelto de nuevo muy polémica, al menos según Hans Blumenberg, o aún antes Heidegger, al considerar un sinsentido esta pretensión de la tradición judeo-cristiana (cf. Blumenberg, H.; La legibilidad del mundo, Anagrama, Barcelona, 2004). Evidentemente las propuestas de Lutero son sobradamente conocidas y aún hoy día siguen resultando muy polémicas, pero respecto a la cuestión ahora planteada se debería hacer una puntualización. ¿Hasta que punto la justificación de estos sucesivos procesos de remetaforización y de una posible legibilidad del mundo, de la historia y de Dios, no sólo requieren la atribución a la figura de Cristo de un conjunto de rasgos bipolares antitéticos, concebidos al modo de un "Da-sein" o ser-ahi arrojado al mundo en dependencia del Creador, sino de la atribución a la naturaleza humana de Cristo de un libre arbitrio efectivo, cuestión que desde luego no fue suficientemente abordada por Lutero? ¿Hasta que punto se puede esperar de Lutero una justificación de la necesaria participación de la naturaleza libre de Cristo en este tipo de procesos cuando en la polémica que mantuvo con Erasmo en su escrito 'De servo arbitrio' justificó la dependencia absoluta de la libertad humana respecto de la predestinación divina, y de la naturaleza humana de Cristo respecto de la voluntad divina, sin dejar ya un margen a una posible libre colaboración con los planes de la corredención divina? Evidentemente se trata de problemas en gran parte dejados abiertos por Lutero, pero que hoy día el pensamiento postmoderno, siguiendo a Heidegger, los ha radicalizado aún más al rechazar la pretensión del lenguaje metafórico de la cruz de superar la distancia irrebasable entre Dios y el hombre.

VIVIAN, Bradford; Being made strange: Rethoric beyond representation, Albany, State University of New York Press, 2004,

by Igor E. Klyukanov

The author begins his book by noting that, in our efforts to understand the “supposedly universal human condition” (p. x), rhetoric plays a crucial role, traditionally conceived as an instrument which allows humans to represent transcendent phenomena. Traditional (Western) rhetoric of human being, in this sense, takes for granted such scholastic benchmarks as reason, truth, and transparency of speech. Bradford Vivian questions this logic and asks if we can “conceive of rhetoric without appealing to essential notions of human being” (p. 9). The groundwork for answering this question is laid out in Part 1 (“Beyond Representation”), which is critical in nature.
The author claims that the voice of traditional rhetoric, as representing intention or judgment by language, is too strong and biased. It is argued in the book that such concepts as identity, intention, and language have taken over our understanding of rhetoric; as a result, rhetoric in the active voice leads to “an intellectually conservative and rigidly moral interpretation of pedagogy, communication, and civic life” (p. 74-75). Such rhetoric, traditionally identified with ethos as artful expression of one’s essential nature is too categorical and results in unidirectional communication.
The author goes on to defend rhetoric from “the clandestine dagger of representation” (p. 53), emphasizing its discursive and non-representational nature. Not surprisingly, the template for this defense is formed by the ideas of such thinkers as Nietzsche, Foucault, Derrida whose thrust is clearly postmodern. Based on their ideas, the author offers a new conception of rhetoric - rhetoric in the middle voice. This conception is developed in more detail in Part 2 (“Being Otherwise”), which is conceptual and methodological in nature.
Having criticized traditional rhetoric in the active voice for its equating communication with ethos of representation and canonization of the dichotomous ontology of subjectivity, conceptualized either as being or becoming, either essence or appearance, Bradford Vivian considers human being “in its more indeterminate and potentially transformational sense, as both a noun and a gerund” (p. 15); thus, the author’s approach takes on a non-linear character. Discussion of language reappears in the book, similarly to the reappearance of language following the “death of God” which, coupled with the “birth of man,” became the organizing principle of modern knowledge and discourse. For the author of the book, modernistic literature exemplifies the middle voice whereby language, as such, engenders subjects and objects, disseminating meaning (p. 50). Using literature as an example does not come as a surprise; the term itself, “the middle voice,” is borrowed by the author of the book from Hayden White who emphasized its doubly active nature as it both produces an effect on an object and constitutes a particular kind of agent. At the same time, “the middle voice expresses the occurrence of meaning without identifying it as either cause or effect” (p. 60).
Thus, rhetoric in the middle voice is defined, by analogy with modern literature, by self-enacting discourse, which engenders, maintains, or transforms modes of subjectivity. In this sense, rhetoric in the active voice itself turns out to be merely one of such discursive modes, engendered by rhetoric in the middle voice (p. 87). Following Foucault, the author focuses on the way in which different elements are related to one another in a discursive formation; this way - the Tao of rhetoric in the middle voice as it were - is captured in the concept of ethos that “refers to the heterogeneous sense and value of social relations themselves” (p. 102). Thus, the author of the book strives, from a rhetorical perspective, to de-center subjectivity, as far as it is possible to do without recourse to categorical being yet using language. In this respect, the author’s arguments resonate with, for example, the basic premises of discursive psychology that proclaims everything in the human world “in some measure, indeterminate” (Harré & Gillett, 1994: 35) or similar attempts in semiotics of de-centering “the self to an optimal extent, beyond which there is no more self” (Wiley, 1994: 194).
The author argues that the ethos of a discursive formation can be studied according to its style, which manifests the middle voice of rhetoric. Taking French sociologist Michel Maffesoli’s innovative definition of style as “the crystallizing sentiment of an epoch” (p. 114), the author of the book reconfigures this concept rhetorically, emphasizing its emotive and aesthetic rather than rational and universal aspects. In this light, communication is presented as a process of people “touching” one another rhetorically, “not a normative civic ideal, but the preservation of social or discursive conditions” (p. 128). True to his goal, the author is careful to avoid focusing on any represented position, as such, identifying as the defining feature of style its performative pursuit of dispersion. Even in the etymology of the term “discourse,” while explaining the rhetorical function of collective style, the author emphasizes its nature to run in several directions in a disorganized and chaotic way (p. 126) rather than its more traditional meaning derived from Late Latin “discursus” - “a running back and forth.” Similarly later in the book, the author finds the etymological core of the word “communication” in its “indelible sameness” (p. 188), which overshadows its connotations of sharing or exchange, based on implied differences. Traditional definitions of such fundamental concepts as “discourse” or “communication,” it seems, do not fit well in the author’s conception of rhetoric in the middle voice for each such definition can be viewed as a representation of inherent identity – the very position challenged in the book. At the same time, the author notes that his conception of rhetoric beyond representation should not be equated with a termination of rhetoric in its conventional form; he is careful to point out that, in his book, new significance is assigned to the nonrepresentational rather than antirepresentational elements of rhetoric (p. 37). Two specific case studies of such nonrepresentational elements are provided in Part 3 of the book (“Rhetoric and the Politics of Self and Other”).
More specifically, the author demonstrates alternate approaches to the relationship between subjectivity and the discursive formation of time, memory, and historical experience, investigating the public memory of Thomas Jefferson (chapter 5) and the interplay of speech and silence, based on the analysis of Malek Alloula’s “The Colonial Harem,” which describes a collection of erotic postcards of Muslim women popular among French colonists at the beginning of the last century (chapter 6). The author shows how the ethos of the past provides the discursive conditions according to which we define our relationship to historical figures as well as ourselves. It is convincingly argued that our collective memory often arises as a crisis of representation when “commemoration is not the product of a deep and coherent knowledge of the past. To the contrary, … it comes into being as the manifestation of a desire to regard our frequently shallow and elliptical knowledge of the past otherwise” (p. 153). Although it is never explicitly stated in the book, perhaps the author’s conception of rhetoric in the middle voice can be viewed as a reaction to such a crisis of representation, i.e. rhetoric’s traditional reduction to representation. The author of the book identifies this crisis and presents his case for rhetoric in the middle voice eloquently and meticulously. In a manner of speaking, he tries to make sure this middle voice is heard in the huge heritage museum of Western traditional thought, challenging its very foundations. Whether this call to question rhetoric as a purely representational phenomenon is supported or not will be seen as an indication of whether such a crisis of representation is, indeed, present or not.


REFERENCES

HARRÉ, Rom and Grant GILLET.
The Discursive Mind. (Thousand Oaks, CA: Sage).

WILEY, Norbert.
The Semiotic Self. (Chicago: The University of Chicago Press).

LAFONT, Cristina; Lenguaje y apertura del mundo. El giro lingüístico de la hermenéutica de Heidegger, Madrid, Alianza editorial, 1997, 261 pp.

por Luís E. de Santiago Guervós

Aunque no sea algo muy corriente, estamos ante una excelente y original obra de filosofía, traducida del alemán, pero escrita por una joven filósofa española (Valencia, 1963). Se trata de la publicación de parte de la tesis doctoral de la autora, que fue dirigida en su momento por J. Habermas y publicada en la conocida y prestigiosa editorial alemana Suhrkamp bajo el título Sprache und Welterschliessung Zur linguistischen Wende der Hermeneutik Heideggers. (Frankfurt a. M.: Suhrkamp, 1994). Es realmente sorprendente encontrar el nombre de una filósofa española en el catálogo de este bastión de la filosofía alemana, y todavía es más llamativo, si cabe, comprobar cómo con una soltura encomiable trata de explicar a Heidegger a los mismísimos alemanes. Casi me atrevería a decir que sin ninguna clase de complejos tutea con autoridad a toda la más selecta aristocracia de la filosofía actual: Habermas, Apel, etc. Pero este libro, no es algo aislado en la corta, pero brillante carrera de Cristina Lafont. Es una continuación y complementación de su anterior obra: La razón como lenguaje (Madrid: Visor, 1993), en la que hacía una revisión de los supuestos básicos del “linguistic turn” llevado a cabo por la tradición alemana de la filosofía del lenguaje y en la que analizaba la peculiar dialéctica que subyace a la conexión entre “razón” y lenguaje” propia de esta tradición. Y todo ello centrándose en las concepciones del lenguaje de pensadores diversos como Humboldt, Heidegger o Habermas. Allí proponía Cristina Lafont, después de discusiones productivas en Frankfort con Karl-Otto Apel y Jürgen Habermas, una alternativa a esa tradición y cuestionaba aspectos fundamentales de la filosofía de Habermas. Hacía una revisión de los supuestos básicos del “linguistic turn” llevado a cabo por la tradición alemana de la filosofía del lenguaje y en él analizaba la peculiar dialéctica que subyace a la conexión entre “razón” y lenguaje” propia de esta tradición. Estamos ante un agradable acontecimiento: dos libros escritos con rigor y profundidad que contribuirán sin duda a iluminar, desde una perspectiva como es la del lenguaje, el panorama de la evolución del pensamiento filosófico en nuestro final del milenio.

El punto de partida de la autora en esta obra es el siguiente: el giro lingüístico presenta un problema inherente al propio paradigma del lenguaje. Y ese problema, consustancial a todo planteamiento universalista, parecía agruparse en torno a la función de apertura del mundo (Welterschliessung) del lenguaje. Un ejemplo pragmático de esta situación la encontramos en Heidegger, que se centra en la función de la “apertura del mundo” del lenguaje. El planteamiento de Heidegger, que se resume en una hipostatización del lenguaje (“Die Sprache spricht”), suscitó en la autora la reconstrucción de la pregunta que respondiese a esa cuestión filosófica. Pero dicha cuestión sólo podría llegarse a comprender si se llevaba a cabo “un análisis global del programa heideggeriano de una transformación hermenéutica de la fenomenología”(p. 19). Creo que es un planteamiento acertado, pues la radicalización de la filosofía de Heidegger no se puede entender bien sin entender su radicalización hermenéutica de la fenomenología. El mismo Heidegger así lo entendía cuando a las preguntas del periodista japonés se refería a “lo hermenéutico” como algo que había guiado su pensamiento desde sus primeros escritos. Pienso que hubiera sido interesante platear de una forma más directa el problema del lenguaje en Heidegger como una consecuencia de la radicalización de la hermenéutica.

En cuanto al análisis del libro, como era de esperar, la autora comienza analizando en una primera parte la incidencia del giro lingüístico en la obra de Heidegger. Piensa Cristina Lafont que las premisas que determinan la concepción del lenguaje son el producto de una evolución a partir de la transformación hermenéutica de la fenomenología, cuya consumación encontramos posteriormente en la Kehre. Sin embargo, Heidegger prosigue la línea de pensamiento sobre el lenguaje desarrollada por la tradición alemana de Hammann, Herder y Humboldt, principalmente. El denominador común de esta tradición era la crítica a la concepción del lenguaje propia de la filosofía de la conciencia, que considera el lenguaje como un “instrumento” para la designación de entidades independientes del lenguaje, o como transmisor de pensamientos. Al lenguaje le compete un papel “constitutivo”, y sólo entonces se puede hablar de un cambio de paradigma. Ahora se reclaman para el lenguaje las competencias trascendentales de la conciencia y el estatus de condición de posibilidad de nuestra relación con el mundo. De tal manera que la “apertura del mundo” que tiene lugar en el lenguaje se convierte en la instancia última que garantiza el conocimiento intramundano, pero dicha apertura no resulta revisable. Cristina Lafont también analiza las premisas que guían el proyecto de transformación hermenéutica de la fenomenología llevado a cabo en Ser y Tiempo. El núcleo fundamental de esta transformación es para la autora la “pre-estructura” de la comprensión. La argumentación de Heidegger se corresponde aquí con la crítica del lenguaje de Humboldt. Por encima del “como” (als) apofántico, Heidegger sitúa el “como” hermenéutico que opera en el ámbito anti-predictivo . Con ello se lleva a cabo la sustitución del modelo básico de la percepción (fenomenología) por el modelo de la comprensión (hermenéutica).

El giro lingüístico se consuma en Heidegger después de la llamada Kehre, donde se estudia el carácter “constitutivo” del lenguaje como “apertura del mundo”. Después de analizar los escritos sobre el lenguaje de esta época. sostiene, con un buen criterio, la continuidad de las premisas entre las dos etapas y analiza la contraposición que mantuviera Heidegger entre el lenguaje como “apertura del mundo” y el lenguaje como instrumento de comunicación. Esa continuidad se aprecia también en el tema de la “verdad” como “desocultamiento”, que después de la Kehre se interpreta como “Lichtung del ser”. Un análisis de las distintas obras de Heidegger y su propia retractación obliga a distinguir dos ámbitos: el de la cuestión de la verdad y el de la constitución de sentido.

La segunda parte del libro tiene como objeto principal analizar la tesis de Heidegger sobre el carácter determinante de la verdad intramundana que la “apertura del mundo” tiene en cuanto acontecer de verdad, y los fundamentos en la concepción de la “diferencia ontológica”. En esta segunda parte adquieren especial relevancia las teorías del significado y de la diferencia implícitas en la “diferencia ontológica”. Ampliando el ámbito de la investigación se establece un diálogo muy interesante con aquellos autores que esbozaron de alguna manera una teoría de la referencia “directa”. Son, sobre todo, S.A. Kripke, K.S. Donellan o H. Putnam, quienes ocupan un lugar preferente. Para concluir, se detecta también la debilidad con la que están fundamentadas las conclusiones epistemológicas de Heidegger y el límite de la validez de sus premisas. Para ello se sirve de la comprensión heideggeriana de la ciencia

Estamos, realmente, ante una gran obra, imprescindible para cualquier estudioso que quiera adentrarse en los vericuetos del pensamiento de Heidegger. No es extraño que algunos la consideren ya como un “clásico” dentro del desarrollo y de las implicaciones del “giro lingüístico”, y que con el tiempo se convierta en un instrumento imprescindible para el estudio del pensamiento filosófico de las últimas décadas. Con esta obra, la interpretación de Heidegger, siempre difícil y comprometida, adquiere una nueva luz para todos aquellos que sigan pensando en el valor determinante de este autor para la comprensión de nuestro mundo actual.

TAURECK, Bernhard H. F.; Metaphern und Gleichnisse in der Philosophie. Versuch eine kritische Iconologie der Philosophie, Suhrkamp, Frankfurt, 2005, 503 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Metáforas y comparaciones en filosofía aborda una persistente paradoja del pensamiento especulativo: cuando más se pretende evitar el recurso a unos usos metafóricos o comparativos del lenguaje en sí mismos imprecisos - por ejemplo, al referirnos a la muerte -, precisamente entonces se hace un uso indebido del lenguaje, que a su vez genera una mala conciencia especulativa en si misma inevitable. Según Taureck, la poesía también hace metáforas y comparaciones tan audaces o más que la filosofía cuando se remite a la muerte o a otros conceptos límite similares, pero su mala conciencia nunca alcanza los niveles de la filosofía, ya que en su caso tampoco se reividican las mismas pretensiones irrenunciables de precisión y globalidad, como ahora es el caso. De ahí la necesidad de justificar una previa iconología crítica que justifique el peculiar uso que el lenguaje filosófico hace de las metáforas y comparaciones, tratando de justificar el valor de uso asignado en cada caso.
La tradición filosófica tiene acuñadas a este respecto un gran número de metáforas y comparaciones canónicas que, como ocurre con la imagen de la nave del estado, configuran un ámbito inter-imaginario verdaderamente compartido y dejado a recaudo de la memoria. Al menos así lo hizo notar Ortega y Gasset en la Rebelión de las masas al hacer referencia a una propedéutica heurística previa de ideas y creencias, ya se les quiera dar un alcance poético o estrictamente filosófico (p. 26). Pero lo mismo se podría decir de la metáfora platónica del pastor y del ganado en Heidegger; o del uso estoico de la metáfora del vigilante de una torre, ya se le otorgue un sentido claramente favorable suicidio, o se use para defender el don irrenunciable de la vida, como ocurrirá más tarde en Rousseau; o la metáfora clásica de la cadena de seres y acontecimientos, según se utilice para argumentar a favor o en contra del suicidio, como ocurrirá respectivamente en Hume y Montaigne; o la metáfora presocrática de la noche para referirse al caos frente a la luz ordenada del día, tan presente también en Heidegger, Nietzsche o Hegel. Se muestra así como el lenguaje metafórico de la filosofía configura un ámbito inter-imaginario previo dejado a recaudo de la memoria y cuyo uso cultural compartido es en sí mismo ambivalente. Para justificar estos extremos la monografía se divide en cuatro partes y una conclusión:
1) Las imágenes como presupuesto del filosofar separa tres posibles usos de las metáforas, respecto de nosotros, los demás o en atención a su estricto significado, que a su vez está condicionado retroactivamente por los otros dos. Al menos así sucede en el uso metafórico de algunas expresiones, como la cadena del ser, la aleceia o desvelamiento, el sol, o las letras, el libro y el lector, o el pastor y el ganado, o el arquitecto, dando lugar a distintas paradojas similares a las antes señaladas.
2) Semántica de casos y de probabilidad en el uso filosófico de las imágenes, localiza este peculiar inter-imaginario cultural previo, que a su vez permite unificar la dispersión probabilista de casos respecto del significado metafórico compartido asignado. Se analiza como Descartes, Kant, Adorno, Derrida, Buenaventura, Tomás de Aquino, Rochefoucault, Nietzsche, Spinoza, Rousseau o Hegel, abordaron este problema, incluyendo el debate sobre la incognoscible cosa en sí, o a la reversible dialéctica entre amo y esclavo.
3) Se justifica el peculiar proceso de delimitación y posterior redefinición de los conceptos filosóficos a través de tres pasos: a) Se comprueba la paradoja de la esencial indefinición y de la indemostrabilidad de las nociones y principios filosóficos más comunes, incluido el propio Dios, tal y como fue descrita por Aristóteles, Tomás de Aquino, Xenofanes, Plotino, Hegel o Nietzsche; b) El paso hacia una mayor concreción en el uso metafórico del lenguaje, aunque para ello haya que provocar diversas situaciones límite de imposible justificación, como de hecho sucede con el supuesto metafórico de la salida de la cueva, de la localización de una utopía, o de una transvaloración de los valores; c) Se diferencia el uso metafórico del lenguaje por parte de la filosofía y la poesía, como ahora se pone de manifiesto a través de la imagen del rayo.
4) Se analiza la posible dimensión transcendental del uso de las imágenes en filosofía, ya que el lenguaje metafórico no sería posible sin una previa apertura hacia lo indefinible, y en definitiva hacia la vida, como de hecho ocurre con los conceptos de vacío, ciego o de la propia muerte. En cualquier caso las sucesivas redefiniciones iconológicas de los conceptos se ponen al servicio de la vida, que ahora se afirma como el presupuesto transcendental o la condición de sentido de todo este proceso. Sólo así la apropiación de un valor metafórico de pretensiones en sí mismas imposibles podrá generar a su vez una crítica iconológica aún más estricta de las posibles consecuencias que su posterior extrañamiento puede generar en el mundo de la vida.
Para concluir una reflexión crítica: Bernhard H. F. Taureck comparte la estrategia hermenéutica utilizada anteriormente por Heidegger y Blumenberg en su crítica de la cultura, pero mostrando los presupuestos pragmático-transcendentales implícitos en su modo de proceder, cosa que antes ambos habían explícitamente rechazado. Para Taureck históricamente ha habido muchas posibles estrategias filosóficas para justificar el significado exacto otorgado al lenguaje metafórico, tratando de hacer compatible la dispersión probabilista de los casos particulares respecto del significado unitario asignado, sin compartir la descalificación generalizada de la historia de la filosofía entonces formulada. Ahora se nos ponen muchos ejemplos del papel desempeñado por el mundo de la vida a este respecto, sin quedarse solamente en las utilizadas por Aristóteles o la filosofía medieval. Por ejemplo, la antes mencionada de Ortega y Gasset. De todos modos ahora cabe preguntarse: ¿no admitiría la metáfora de la vida o la salida de la cueva, o de la legibilidad del mundo, otros usos espirituales mejor compartidos, así como remitirse a otros presupuestos pragmático-transcendentales aún más elevados?

STANDISH, Paul; Beyond the Self. Wittgenstein, Heidegger and the Limits of Language, Avebury, Aldershot, 1992, 275 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Paul Standish en 1992, en Mas allá del yo, ha reconstruido el lugar tan paradójico en que queda la subjetividad transcendental en la filosofía de Heidegger y Wittgenstein. En su opinión, ambos autores trataron de situarse al margen de esta mediación, a pesar de seguir necesitándola, radicalizando aún más la crisis de fundamentos en la que se encontraba la comunicación humana. Tanto Heidegger como Wittgenstein tratan de resolver esta crisis de fundamentación recurriendo a una metafísica del ser de los entes o a un lenguaje ideal propio de la ciencia empírica, situándose para ello más allá del yo, defendiendo un proyecto programático en sí mismo contradictorio. De todos modos en una segunda época ambos autores reconocieron los condicionamientos que ahora conlleva la aceptación compartida de un lenguaje convencional en las relaciones intersubjetivas que uno mismo mantiene con los demás entes o con los demás sujetos, teniendo revisar sus respectivos planteamientos iniciales.
Para el segundo Heidegger el ser humano (el Dasein) se ve obligado a imponer a los demás entes, incluyendo los demás sujetos, incluido el mismo, una determinada voluntad de sentido en sí misma arbitraria, proyectando un determinado ge-stel o armazón previamente construido, sin poder justificar de este modo una intersubjetividad humana verdaderamente compartida. Para el segundo Wittgenstein, en cambio, el habla cotidiana se debe plegar al seguimiento de reglas meramente convencionales impuestas a su vez por el mundo de la vida, sin que el sujeto humano pueda eludir este tipo de condicionamientos. O mejor dicho, en ambos casos se tratan de eludir los condicionamientos que impone la referencia a una subjetividad previamente construida por nosotros mismos mediante la referencia a una preestructura ontológica aún más básica, como ahora ocurre con la localización de la diferencia radical última entre el ser y los entes, o de un mundo de la vida previo situado más allá del yo. Sin embargo en ambos casos el propio sujeto debe desdoblarse, a fin de autorregular este situarse más allá de sí mismo, sin tampoco poder evitar la inevitable aparición de un antropocentrismo aún más generalizado.
Standish reconstruye así la evolución del pensamiento de Heidegger y Wittgenstein en polémica a su vez con diversos filósofos contemporáneos, como Taylor, Rorty, Heaney, Barthes, Foucault, Derrida, Glober, MacIntyre, Cooper, Dearden, Solomon, Parfit, Glover, Allen, Lloyd, Ryle, Hare; así como con diversos literatos, como Borges, Updike, Wolf o Elliot. A su vez pone de manifiesto como la paradoja del sujeto transcendental se ha hecho presente en las más distintas tradiciones del pensamiento contemporáneo, seguidoras a su vez de Heidegger y Wittegenstein. Con este fin da cinco pasos:
a) Se atribuye al lenguaje el carácter de substrato preliminar (Rough Ground) de cualquier relación que el hombre pueda mantener con su mundo entorno, ya se parta desde un punto de vista positivista, socio-lingüístico o expresionista;
b) La mitificación del lenguaje ha contribuido a atribuirle una sabiduría innata en nombre de la ciencia, de la cultura o del propio lenguaje, cuando en la mayoría de los casos se trata de simples proyecciones antropocéntricas en sí mismas falibles;
c) Heidegger y Wittgenstein, así como la mayoría de sus respectivos seguidores, han tratado de eludir la aparición de este tipo de antropocentrismos tratando de localizar un fundamento preliminar más básico al propio yo, ya sea tomando como punto de referencia el ser de los entes, o el propio lenguaje. Sin embargo la larga historia del problema demuestra que la referencia a la subjetividad humana es imposible de soslayar, dada la necesidad de construir y regular el posterior uso de ese mismo lenguaje;
d) Más allá de la autonomía cuestiona la tesis kantiana de la pretendida capacidad de autorregulación de las propias facultades humanas, incluido el uso del lenguaje, por parte de la subjetividad humana, especialmente cuando, siguiendo a Sartre, se le otorga una capacidad ilimitada de autorregulación. Por eso ahora sólo cabe una posibilidad: concebir la autonomía como autenticidad en dependencia de un fundamento preliminar aún más básico, aunque sin tampoco poder eludir las paradojas antes señaladas;
e) Receptividad y límites del lenguaje recapitula todo lo anterior para poner de manifiesto las ventajas y las servidumbres que conlleva el recurso a un marco de referencia compartido, que al menos aporta seguridad y un buen hacer, pero que también genera posibles sinsentidos y prejuicios difíciles de erradicar, como ya antes se ha señalado que ocurre con numerosos antropocentrismos.
Para concluir una reflexión crítica: Según Standish, Heidegger y Wittgenstein pretenden situar el lenguaje más allá del sujeto, cuando a su vez el recurso al sujeto sigue siendo necesario para comprobar las posibles malinterpretaciones antropocéntricas de la apertura que deberían ofrecer del mundo entorno. En este sentido cabe plantearse: ¿No hubiera sido más adecuado aceptar la mediación de una subjetividad trascendental cuyo cometido principal fuera tratar de armonizar el uso de la razón por parte de los diversos sujetos racionales, subsanando los posibles obstáculos que puedan interferir el tránsito de información entre el objeto y el sujeto, mejor que tratar de implantar un más allá del sujeto de suyo imposible? Standish localiza el uso tan destructivo que Heidegger y Wittgenstein hicieron de esta posibilidad de situarse más allá del sujeto, pero no analiza el modo como el propio Kant resolvió esta misma dificultad.

SORENSEN, Roy; Vagueness and Contradictions, Oxford University Press, Oxford, 2000, 200 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Vaguedad y contradicción comparte los principios básicos del supervaluacionismo analítico, a saber: la aplicación de un principio de bivalencia a toda posible proposición, sin admitir otro valor que la verdad o la falsedad, a pesar de admitir la inevitable presencia de casos límite absolutos en la delimitación de los conceptos como se pone de manifiesto en la paradoja del sorites. Por su parte Roy Sorensen contrapone dos posibles actitudes ante la inevitable aparición de este tipo de paradojas: La postura epistémica que atribuye el origen de la vaguedad de los conceptos a nuestra ignorancia acerca de a la posible sanación de los casos límite absolutos, en parte debido a la falta de precisión al definir los criterios de demarcación utilizados en el uso congruente de los conceptos, al modo señalado por Peirce, Brown, o más recientemente Williamson. Por otro lado, el supervaluacionismo analítico que antepone la necesidad de una crítica de sentido aún más estricta, que rechaza toda posible proposición o concepto que se atribuya una completitud desproporcionada respecto a su propio método de justificación, dando lugar a incongruencias y sinsentidos a la hora de delimitar su propio ámbito de aplicación, como ya fue señalado por Russell, Carnap, el primer Wittgenstein, Tarsky, Gödel, Quine o el propio Sorensen. Según Sorensen, la vaguedad en ningún caso se debe considerar como una ventaja que manifiesta la riqueza del lenguaje ordinario, o la capacidad de superar nuestra propia ignorancia al respecto, sino más bien como una patología del lenguaje ordinario producida por el mal uso de los apriorismos de la mente humana cuando pretende ir más allá de sus propios límites presumiendo de una completitud de la que carece, como se pone de manifiesto en la paradoja del sorites. Por eso se considera un sinsentido el seguir sirviéndose de unos criterios de demarcación en sí mismos incompletos cuando su localización corresponde más bien a la lógica y a la ciencia, más que a la epistemología.

GARCIA NOBLEJAS, Juan José, Comunicación y mundos posibles, Eunsa, Pamplona, 2005, 289 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

García Noblejas retrotrae la fundamentación de la comunicación humana a un momento previo al de la ética, la poética y la retórica aristotélica. A este respecto lleva a cabo un análisis previo de los modos plausibles como el libre ejercicio de la acción o praxis humana puede autocondicionar la comunicación recíproca, dando lugar a mundos intencionales semicompartidos, que a su vez configuran de un modo 'de re' o 'de dicto' el peculiar mundo social de los medios de comunicación. Estas modalidades se contraponen a las posibilidades meramente lógicas u ontológicas, donde la libre configuración de estas posibilidades está condicionada por otro tipo de factores externos totalmente ajenos a la voluntad humana. Evidentemente estos análisis de las posibilidades modales presuponen la aceptación previa de una crítica de sentido y de un método explicativo-compresivo, que a su vez prolongan los análisis aristotélicos más allá desde donde entonces se propusieron, sin compartir en ningún caso los planteamientos fisicalistas o positivistas que han sido muy habituales hasta épocas relativamente recientes. De ahí que ahora se superpongan a las propuestas clásicas otros procedimientos más recientes a la hora de abordar este tipo de problemas, recurriendo a Umberto Eco, Peter Geach, Lofti Zadeh, Geoffrey Hawthorn, James Fallows, David Manet, entre otros. En cualquier caso la obra se compone de seis capítulos, dividida a su vez en dos partes, práctica y teórica, así como un epílogo. 1) Democracia y control social de la televisión analiza la posibilidad de un autocontrol de los productos mediáticos, que respete la naturaleza del medio, pero que también tenga en cuenta los pobres resultados de algunas medidas tomadas a este respecto en Estados Unidos y la Unión Europea; 2) Alicia en el país de los mundos posibles describe siete síndromes a los que son propensos los telediarios concebidos como unos espejos opacos, por ser incapaces de reflexionar sobre los posibles efectos perversos de la información que trasmiten; 3) El mundo posible de Tolkien resalta la necesidad de reflexionar sobre el tipo de modalidades plausibles que a su vez genera la fantasía poética en la comunicación de las ideas; 4) El mundo posible de Eco contrapone el papel de la semiótica clásica y contemporánea, defendiendo una necesaria colaboración recíproca, a fin de evitar los extremismos de las propuestas apocalípticas o excesivamente integradas; 5) Pactos de lectura y horizontes de expectativas analiza la interdependencia que los medios de comunicación mantienen respecto de unos mundos intencionales semicompartidos previos, que ahora se afirman como su condición de sentido, pero que a su vez están autocondicionados por nosotros mismos; 6) Razón poética de los primeros principios analiza aquellos supuestos ontológicos y gnoseológicos de la comunicación humana, así como aquellas estrategias de juego, lugares comunes o certezas universales, donde se debería asentar una opinión pública capaz de corregirse a sí misma; 7) Epilogo: una mirada transcendente al cine, no estaba en la anterior edición de 1996, y analiza el modo como el séptimo arte aborda la existencia de Dios. Para concluir una reflexión crítica: ¿Realmente las prolongaciones que la semiótica contemporánea hizo a la poética y retórica aristotélica fueron coincidentes en sus respectivos puntos de vista? El autor es muy consciente de las dificultades que presenta una propuesta de este tipo, y formula sugerencias muy precisas en cada caso para resolver las posibles paradojas que se pudieran generar.

DILMAN, Ilham; Language and Reality. Modern Perspectives of Wittgenstein, Peeters, Leuven, 1998, 303 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Recientemente Ilham Dilman en Lenguaje y realidad ha recuperado la forma tan peculiar como el realismo semiótico del último Wittgenstein prolongó las propuestas kantianas a este respecto, haciendo posible la referencia a un mundo entorno enormemente complejo, a la vez que se superaba las paradojas generadas por el enigmático ‘noumeno’ o cosa en sí. En todos estos casos se rechaza el procedimiento exclusivamente semiótico del método analítico para así eludir la aparición de un nuevo esceptismo, al modo propuesto por Quine, Kripke, o aún antes Descartes o Hume, o incluso un puro naturalismo, como propuso Strawson. En su lugar se justifica un uso verdaderamente pragmático de este método que resalta su enraizamiento en un mundo de la vida previo, por tratarse de una condición de sentido de toda posible superación del escepticismo, o del propio naturalismo, o de la realidad en sí del ‘noumeno’, al modo afirmado por Wittgenstein, Rhees, o aún antes por el propio Kant en su refutación del idealismo. Por ejemplo, Strawson cuestiona el enigmático ‘noumeno’ en nombre de una objetividad y de un mundo de la ciencia aún más esquemático, donde todo lo mental se remite a su base fisiológica correspondiente, sin apreciar que tanto el ‘noumeno’ como la objetividad presuponen la referencia a un mundo de la vida previo aún más complejo, al que se remiten por igual tanto lo fisiológico como lo mental.
Según Dilman, Wittgenstein habría operado en el lenguaje una revolución copernicana similar a la que Kant operó en el escepticismo idealista, por más que en ambos casos sus defensas de un realismo empírico o simplemente semiótico están mezcladas con propuestas nominalistas o simplemente esencialistas de suyo incoherentes, sin llegar en ningún caso a invalidar la totalidad de sus propuestas. La propia evolución intelectual de Wittgenstein se justifica a partir del legar cada vez más central que ocupó el papel de la correcta comprensión de un mundo de la vida cada vez más complejo en la consiguiente intelección de las peculiares relaciones entre lenguaje y realidad, incluyendo ahora también el arte, la religión y la ética, frente al mundo unidimensional de Quine. Finalmente se justifica la gramática profunda que, según Wittgenstein, da sentido al seguimiento de los diversos del lenguaje, justificando así las complejas relaciones recíprocas que ahora establecen entre sí un determinado uso del lenguaje, comportamiento pragmático y un mundo de la vida previo. Sólo así será posible una auténtica crítica de la cultura contemporánea haciendo notar precisamente cuando esta articulación se desvirtúa, ya sea por interferencias de la metafísica, o del escepticismo.

JOSEP CASALS, Afinidades vienesas. Sujeto, lenguaje, arte, XXXI Premio Anagrama de Ensayo, Anagrama, Barcelona, 2003, 685 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Se comprueban las paradójicas afinidades bipolares que se dieron en la cultura finisecular vienesa en el modo de tematizar el sujeto, el lenguaje y el arte, así como sus respectivos contrapuntos, a saber: el mundo, el silencio y la mística, con un propósito antifundamentalista muy preciso: el recurso al método de las polaridades nietzscheanas para articular así ambos extremos de estas relaciones, aunque ahora se utilice con una originalidad y una versatilidad mucho mayor de la que actualmente se ha vanagloriado la postmodernidad. Al menos así ocurrió en siete parejas de autores que ahora se analizan pormenorizadamente a lo largo de tres partes.

En la primera parte se analizan cuatro parejas de autores: se comparan Macht y Nietzsche respecto del valor otorgado en ambos casos a la ciencia y al lenguaje, con una clara ventaja del segundo; Weiniger y Kraus respecto de la subordinación de lo femenino a lo masculino, o del artículo periodístico al ensayo filosófico, con una clara ventaja del segundo; Freud y Schnitzler respecto de la articulación entre el sujeto y el mundo ya sea en el psicoanálisis o en la teoría literaria, otorgando ahora una clara ventaja al primero; Mauthner y Hofmannsthal respecto de la articulación entre el sujeto y el lenguaje, entre el mundo y el silencio, entre lo masculino y lo femenino, sin poder recurrir ya a un fundamento último anterior capaz de establecer un equilibrio entre ambos; Wittgenstein y Musil donde se radicaliza al máximo este método de las bipolaridades nietzscheanas, sin tampoco poder remitirse a unas verdades últimas que sirvan de fundamento arquimédico.

En la segunda parte se analizan otras cuatro parejas de autores referidas específicamente a la teoría del arte: se comparan Mahler y Schönberg respecto de la articulación entre el lenguaje musical y el silencio, ya sea en el nuevo modo de concebir la sinfonía orquestal o en el sistema tonal dodecafónico, sin tampoco poderse remitir a unos cánones artísticos bien fundados; o Klimt y Schiele respecto de la articulación entre el expresionismo y el simbolismo, o entre el eterno femenino y el propio desdoblamiento del sujeto, que permitió el rompimiento con los cánones clasicistas del arte oficial de Makart por parte del movimiento ‘Secession’, que dio lugar al ‘art nouveau’; o Wagner y Loos respecto de la articulación entre los elementos constructivos, la funcionalidad y la ornamentación, postergando claramente esta última, aunque sin poder evitar la generación de otras formas ornamentales nuevas y a la generación de un estilo ‘modernista’ en la articulación de estos tres elementos arquitectónicos.
En la tercera parte conclusiva o Finale se reconstruye la presencia de Nietzsche en el arte de fin de siglo, especialmente en Kokoschka, Broch o Lou Andreas-Salomè, al igual que en las siete parejas antes analizadas, prolongando el uso antifundamentalista del método de las bipolaridades antes descrito, aunque sin compartir su visión trágica de la idea de eterno retorno, ni tampoco la actitud anticultural y antihistoricista que terminó prevaleciendo en la postmodernidad. Con razón o sin ella la Viena finisecular mantuvo un espíritu joven y alegre, totalmente confiada en sus propias posibilidades, a pesar de que en la práctica estaba representando una despedida final sin posible retorno, según Casals.

Para concluir una reflexión crítica. El objetivo final de estas propuestas es llevar a cabo una revisión de la interpretación propuesta por Janik y Toulmin de La Viena de Wittgenstein, discrepando al menos en un punto, a pesar de coincidir sustancialmente en su modo de abordar el problema. Según Casals, Nietzsche fue el punto de partida y de llegada al que se dirigió la cultura vienesa de fin de siglo, sin que tampoco la estética postmodena posterior haya terminado de captar las grandes virtualidades de este tipo de planteamientos antifundamentalistas en el modo de abordar la teoría del arte, la ciencia o la propia ética, siempre abiertos a una posible revisión crítica, con aportaciones a la larga muy novedosas. Según Casals, fue el segundo Wittgenstein en la Investigaciones filosóficas el que más se aproximó a este objetivo al conseguir justificar una creatividad artística que lograra evitar una posible ‘ceguera ante los aspectos’ o a las polaridades internas en este caso de los objetos artísticos, aunque olvida el papel desempeñado por otros teóricos de historia del arte de la Escuela de Viena, especialmente Gombrich, en esta orientación definitiva que la teoría del arte terminaría dando al análisis nietzscheano de las diversas bipolaridades arquimédicas insertas en las más diversas manifestaciones culturales, como yo mismo he comprobado en una reciente publicación (cf. Ortiz de Landázuri, C.; Gombrich, una vida entre Popper y Wittgenstein. I: De Viena a Londres, Cuadernos de la Cátedra Felix Huarte, nº 5, Servicio de Publicaciones, Universidad de Navarra, 2003). En este sentido sugerimos la posibilidad de introducir la pareja Popper y Gombrich, que serviría de colofón y puente respecto de lo posterior, en contraposición a la pareja Mach y Nietzsche con que se empezó.